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Una ola reaccionaria y trumpista gobierna América Latina: vasallos vestidos de ultras

El ultraderechista Abelardo de la Espriella pronuncia su discurso de la victoria el pasado domingo.

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El último líder ultraderechista en llegar a América Latina ha sido el multimillonario Abelardo de la Espriella. El próximo presidente de Colombia ha ganado las elecciones de este domingo prometiendo un recorte del 40% del tamaño del Estado, el fin de las negociaciones con los grupos armados, la vuelta a la mano dura militar y la construcción de 10 nuevas megacárceles al estilo del presidente Bukele (El Salvador). Incluso ha sugerido una salida de la ONU y de la Organización de Estados Americanos (OEA) por ser “directorios políticos de la izquierda”.

De la Espriella, que ha convertido el saludo militar en su símbolo, se hizo famoso por la ostentación de su vida de lujo en redes sociales, mostrando sus vuelos frecuentes en jet privado, su Rolls-Royce Phantom y sus mansiones. También ha mostrado abiertamente su profundo machismo. “El dinero es como las mujeres lindas; si lo persigues, se aleja. Si te apartas, te persigue”, publicó en TikTok. El político ultra también ha prometido venganza contra sus rivales políticos y periodistas.

Sumisión vestida de 'neopatriotismo'

Pero la victoria de De la Espriella no se entiende sola. La derecha y ultraderecha conquistan poco a poco América Latina, donde solo quedan dos grandes bastiones progresistas: México, con Claudia Sheinbaum, y Brasil, con Lula da Silva, que se la jugará en octubre —Guyana, Uruguay y Guatemala también están gobernados por líderes progresistas—. Mención aparte merecen Venezuela, convertido en un protectorado estadounidense; Cuba, al borde del precipicio; y Nicaragua, ocupado en aplastar cualquier disidencia.

“Quitando México, Brasil y Uruguay, prácticamente todo el resto de gobiernos de la región son de derecha o ultraderecha, ni siquiera centroderecha. Ha habido una tendencia a ser más extremistas y existe una desinhibición a la hora de determinados tipos de propuestas que se han normalizado”, me cuenta Anna Ayuso, investigadora sénior para América Latina de CIDOB. Desde 2024 se han celebrado 13 elecciones y la izquierda solo ha ganado tres (México, Uruguay y Guyana).“Este fenómeno es una respuesta más polarizada a un periodo en el que dominó la izquierda. La alternancia es lo normal, lo que ha cambiado es la polarización, el extremismo y las propuestas más derechizadas”, añade.

Desde José Antonio Kast en Chile o Javier Milei en Argentina a De la Espriella, la mano dura con la seguridad y la bukelización de la política, la sumisión a Donald Trump y el tema religioso son los tres grandes elementos comunes de una ultraderecha con características propias en cada país, dice Ayuso. 



El académico José Antonio Sanahuja describe este fenómeno como las “derechas neopatriotas”, que no presentan necesariamente los rasgos fundamentales de la ultraderecha tradicional, como el nativismo. Su núcleo de confrontación no está exclusivamente en el inmigrante, sino en las élites y organismos internacionales. En lo económico, mientras la derecha radical tradicional suele oscilar entre el neoliberalismo y posturas más estatocéntricas, muchos de estos líderes neopatriotas abogan prácticamente por el desmantelamiento del Estado.

“Esto se articula como una trama que consolida un sistema profundamente neocolonial y neoliberal. Se articula la sumisión vasalla [a EEUU] con el neoliberalismo y ultraneoliberalismo”, decía recientemente Pablo Vommaro, director ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Artes y Humanidades (CLACSO). “Se presentan como antisistema y encarnan un supuesto cambio, pero lo que hay detrás es una lógica de subordinación y sumisión”, describía.

Quitando México, Brasil y Uruguay, prácticamente todo el resto de gobiernos de la región son de derecha o ultraderecha, ni siquiera centroderecha. Ha habido una tendencia a ser más extremistas y existe una desinhibición a la hora de determinados tipos de propuestas que se han normalizado

Anna Ayuso CIDOB

Michael Reid, autor de El continente olvidado: una historia de la nueva América Latina escribía tras la victoria de Kast en Chile: “Para entender este giro, hay que mirar primero a lo que este vino a reemplazar. A comienzos de siglo surgió una oleada de populistas de izquierda que capitalizó el deseo de cambio tras las reformas económicas de libre mercado de las décadas de 1980 y 1990. La llamada marea rosa original se vio impulsada en parte por el auge de las materias primas; las economías latinoamericanas crecieron a una tasa media anual de alrededor del 3,5% entre 2000 y 2014. Los gobiernos tenían dinero para gastar, y lo gastaron; líderes como Lula, Evo Morales en Bolivia y Hugo Chávez en Venezuela destinaron sumas cuantiosas a programas sociales y nóminas públicas”.

“Cuando el auge se desvaneció, centristas y conservadores volvieron a alzarse en lugares como Argentina, Chile y Brasil. Pero los ingresos estancados y el débil crecimiento económico volvieron rápidamente impopulares a esos gobiernos. La desigualdad y la justicia social se convirtieron en los temas del momento. Entre 2018 y 2023, los votantes se tomaron revancha: desalojaron al gobierno de turno en 20 de 23 elecciones libres y llevaron al poder a figuras políticas de izquierda como el presidente Gabriel Boric de Chile y el presidente Gustavo Petro en Colombia. Pero esa segunda marea rosa, más débil, duró poco”, explica Reid. Ahora, “los temas que más preocupan a los latinoamericanos han evolucionado de forma que favorecen a la derecha: conseguir un empleo estable, poner comida en la mesa y, quizá por encima todo, mantenerse a salvo”.

El año en que la derecha ganó todo

“Soplan nuevos tiempos para América Latina”, celebraba la derechista Keiko Fujimori, de Perú, tras conocer los resultados en Colombia. Fujimori lidera el recuento aún por terminar tras los comicios en Perú de hace dos semanas. Con un 99,6% escrutado, Keiko mantiene una ventaja de 0,2 puntos y 40.800 votos. Roberto Sánchez, el candidato progresista, amaga con impugnar el voto exterior, pero la hija del expresidente Alberto Fujimori tiene todas las opciones de ganar.

La política también ha prometido mano dura contra la delincuencia y la corrupción, aunque Keiko pasó más de un año en prisión preventiva acusada de recibir financiación ilegal de la constructora Odebrecht. Su caso fue archivado a finales del año pasado. “No se está declarando la inocencia o culpabilidad de la beneficiaria, sino constatando la inviabilidad de proseguir con una imputación carente de sustento jurídico”, indicaba el tribunal, que señalaba que el delito de lavado en modalidad de “receptación patrimonial” por el que se le acusaba no estaba castigado antes de noviembre de 2016.

Manifestantes en Lima, Perú, protestan contra Keiko Fujimori.

Ahora Keiko abraza abiertamente el legado de su padre. “Muchos peruanos resaltan el orden cuando se recuperó la paz [bajo el mandato de mi padre] y resaltan también que se tuvo un estado eficiente que cumplió con las promesas”, dijo durante la campaña. Alberto Fujimori es conocido por el autogolpe de Estado militar que lideró en 1992 para gobernar de manera autoritaria. Fue condenado a 55 años de cárcel (de los cuales cumplió 14) por los delitos de homicidio calificado, lesiones graves y secuestro agravado por trato cruel. Fujimori ordenó a un escuadrón de la muerte, conocido como el Grupo Colina, llevar a cabo dos masacres.

“Keiko es otra cosa”, advierte Ayuso. “Ella es más establishment. Las élites fujimoristas siempre han estado ahí y han saboteado a todos los gobiernos anteriores para volver al poder. Son un poder dentro del Estado. Los otros, como De la Espriella, pueden ser incógnitas, pero el fujimorismo ya sabemos cómo funciona, y lo hace prácticamente como un grupo mafioso en un marco de alta corrupción”.

A principios de año ganó las elecciones de Costa Rica la conservadora Laura Fernández, admiradora confesa de Bukele, proponiendo, una vez más, la mano dura contra la delincuencia como pilar de campaña. Tiene fuertes lazos con grupos evangélicos y católicos, y ha centrado su discurso en la defensa de la “familia tradicional” y en contra de la “ideología de género”. 

En 2025, todas las elecciones celebradas en el continente las ganó la derecha, excepto en Guyana. El ultra José Antonio Kast en Chile; Nasri Asfura en Honduras —quien se define como representante de la “derecha valiente”—; Rodrigo Paz en Bolivia; y Daniel Noboa en Ecuador. El ecuatoriano se considera de centro, pero los analistas lo desmienten y denuncian una clara deriva autoritaria. Junto a Milei en Argentina, la ultraderecha domina buena parte del continente.

“Y mientras la epidemia ultra crece, la democracia se debilita”, concluye Franco Delle Donne.

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Las Venas abiertas de América Latina (2004 edition)

Las venas abiertas de América Latina. Lo sé, no te traigo la última novedad en librerías, sino más bien un recordatorio de un imprescindible. Aunque el argumento principal de Eduardo Galeano es que la situación económica del continente es resultado de la explotación imperial extranjera (europea y estadounidense), es curioso releer hoy algunos pasajes y ver cómo, varias décadas después, esa subordinación política con el imperio del norte sigue vigente, aunque vestida con un discurso ultranacionalista cargado de odio.

“Por el camino perdimos hasta el derecho de llamarnos americanos. Ahora América es, para el mundo, nada más que los Estados Unidos: nosotros habitamos, a lo sumo, una sub América, una América de segunda clase, de nebulosa identificación”.

Gracias por llegar hasta aquí.

¡Hasta la semana que viene!

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