Análisis

Entrevisté a Larijani hace 20 años y ya temía que Occidente buscara un cambio de régimen en Irán

Robert Tait

18 de marzo de 2026 13:56 h

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Ali Larijani siempre creyó, en el fondo, que las potencias occidentales estaban decididas a destruir el régimen revolucionario iraní, por el que él se había batido en el campo de batalla.

Esa convicción íntima resultó premonitoria, como ha quedado demostrado tras su muerte a manos de Israel, la última de un alto cargo del régimen, en lo que según las informaciones conocidas parece haber sido un bombardeo de precisión.

Aquella conclusión personal emergió en la entrevista que le hizo The Guardian en junio de 2006, cuando estaba en medio de unas largas y enrevesadas negociaciones con Occidente acerca del programa nuclear iraní.

En aquella época ya era secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, cargo que siguió ocupando hasta su asesinato. Antiguo comandante de la Guardia Revolucionaria, hace 20 años era la cara visible de una disputa que había alcanzado cotas existenciales para el Estado iraní y su archienemigo israelí.

Si no fuese la cuestión nuclear, habrían venido con otra cosa... La presión a la que nos están sometiendo es motivo suficiente para sospechar

Durante la entrevista que le hicimos tres periodistas de The Guardian, Simon Tisdall, Ewen MacAskill y yo mismo, se había mostrado cauto. Hasta que le pregunté si la preocupación de Occidente sobre el programa de enriquecimiento de uranio de Irán le parecía genuina.

“Caballero, creo que sabe la respuesta a esa pregunta”, respondió vivazmente, clavando la mirada en mis ojos con perspicacia.

“Si no fuese la cuestión nuclear, habrían venido con otra cosa... La presión a la que nos están sometiendo es motivo suficiente para sospechar”.

Fue un momento revelador sobre el verdadero ánimo de un hombre que por lo demás, parecía hermético, a lo que también contribuía que nos hablase a través de un intérprete.

Pasados 20 años, aquella entrevista me parece profética hasta el escalofrío también por otros comentarios que hizo, como su advertencia de que “el precio del petróleo se dispararía” en caso de conflicto, o la discusión del potencial cierre del estrecho de Ormuz.

El otro recuerdo claro que tengo del encuentro es de cuando al acabar la entrevista le agradecí a Larijani en persa que hubiese hablado con nosotros. Sonrió cálidamente, aunque no tengo claro si para agradecerme el intento de comunicarme con él en su lengua materna o de forma condescendiente por mis dificultades para hacerlo.

Aquella no había sido mi primera experiencia con Larijani. Lo había observado durante una rueda de prensa el año previo, cuando se presentó como candidato para las elecciones presidenciales de 2005. Me había resultado un tanto gris, y no dejó gran poso ni en mí ni en el electorado. Los comicios los ganó por el mucho más volátil Mahmud Ahmadineyad.

Que sus sospechas internas de los motivos de Occidente se confirmasen antes de su muerte no debe de haberle sorprendido.

Y aun así, y siendo decididamente leal como era— quizás tenía esperanzas de algo mejor.

Cuando lideraba la seguridad nacional durante el gobierno de Ahmadineyad, Larijani, de carácter pragmático y reflexivo, se revolvía a menudo contra la retórica provocadora y demagógica —y jugosa para los medios— del presidente, que veía como un obstáculo para sus intentes de llegar a un acuerdo con Occidente que dotase a la república islámica de cierta seguridad.

Varias veces trató de dimitir cuando Ahmadineyad acrecentaba la tensión internacional con sus maniobras espectaculares, como la de azuzar repetidamente a Israel y denegar el holocausto con jactancia. Su renuncia fue aceptada finalmente en octubre de 2007. En aquel momento se interpretó como una señal de el ayatolá Ali Jamenei, el líder supremo, se ponía del lado de Ahmadineyad en detrimento de Larijani.

Cuando lideraba la seguridad nacional durante el gobierno de Ahmadineyad, Larijani, de carácter prágmático y reflexivo, se revolvía a menudo contra la retórica provocadora y demagógica —y jugosa para los medios— del presidente

Pero Larijani siguió formando sólida parte del establishment, en el que estaban integrados también sus cuatro hermanos, todos con importantes puestos de responsabilidad.

Fue nombrado presidente del parlamento, un puesto que le mantuvo bajo la luz pública. Y no se alejó un ápice de la órbita de Jamenei, por mucho que sus ideas no fueran las que más pesasen en ese entorno.

Cuando la guerra civil se extendió por la vecina Siria, Larijani fue uno de los que supuestamente se opusieron a la decisión de Jamenei de sostener al régimen de Bashar Al Asad, aliado de Irán, pese a las dudas ante la mortal represión de los rebeldes que Asad estaba llevando a cabo.

Larijani trató de presentarse a la presidencia en otras dos ocasiones, pero su candidatura fue rechazada por el consejo de los guardianes, un órgano de evaluación integrado por clérigos. No se dieron explicaciones, pero algunos analistas especularon con que una de las razones de la negativa fue que su hija viviese en EEUU y dos de sus sobrinos lo hiciesen en Reino Unido y Canadá, respectivamente.

Líder de la represión ciudadana

Los opositores al régimen llamaron la atención sobre esta circunstancia familiar a raíz de la sangrienta represión del último movimiento de protesta en Irán, que se cobró miles de vidas, unas fechas en las que se constató que la figura de Larijani volvía a emerger.

Jamenei puso a Larijani a cargo de la represión de las protestas, según informaciones surgidas del interior del país. Cumplió las órdenes con eficiencia y sin escrúpulos.

Que hubiese seguido ese por esa línea dura es ya una cuestión sobre la que solo se puede especular. Algunas informaciones señalaron que se había opuesto a la decisión de sustituir a Jamenei por su hijo, Mojtaba, en lugar de un candidato más moderado que pudiese haber sido recibido por los iraníes, castigados por la rigidez de la teocracia gobernante, como un gesto conciliador.

Su muerte quita sentido a esas reflexiones. Pero no a su premonición original de que Occidente buscaba un cambio de régimen.

*Robert Tait fue corresponsal de The Guardian en Teherán de febrero de 2005 a diciembre de 2007.