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Justificar que existimos: la conversación que nunca termina

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“¿Por qué yo, como hombre, tengo que pagar las consecuencias de lo que hicieron los hombres del pasado?”.

Este fue el tema de debate en una comida con amigos durante este pasado fin de semana. Salió a raíz de comentar los porcentajes reservados para mujeres en cuerpos de seguridad (entre otros). Es un tema que he hablado recurrentemente con hombres cercanos.

Como nos suele pasar a las feministas, se asumen varias cosas de mí: la primera es que siempre tengo que saber responder a todo; la segunda es que siempre debo atender a todas las cuestiones que, usualmente, hombres que buscan confrontarme me plantean.

Bien, hay días que es así y otros, simplemente, paso de puntillas. Pero ese día sí que estaba animada y entré al barro.

Me doy cuenta de que, cuanto más hablo de según qué temas con (según qué) hombres, más oigo las mismas argumentaciones en bucle. Una y otra, y otra vez. Es un mismo argumentario repetido: que si “para los hombres es injusto que haya porcentajes”, que si “eso favorece la mediocridad”, que si “yo he sacado mejor nota”, que si “no es mi culpa”...

Se confunde “culpa” con “responsabilidad”.

Me sobran motivos por los que, por supuesto, estoy totalmente a favor de este tipo de medidas. Motivos más que conocidos por aquellos que tienen interés en conocer medianamente el tema: por justicia, por representación, por crear referentes, por incorporar la perspectiva de género y diversidad y un largo etcétera.

Pero aun así, podemos simplificar el discurso muchísimo más. Las mujeres formamos parte de este mundo; exactamente somos la mitad de la población. No tendríamos que estar justificando constantemente por qué queremos formar parte de todos los ámbitos. Si se considera que “las mujeres” (así, como si fuéramos un bloque homogéneo a sus ojos) no cumplimos los “estándares” de, por ejemplo, las pruebas de cuerpos de seguridad, quizá habría que replantearse varias cosas. La primera: las propias pruebas. Y la segunda, y más importante: quizá se debería repensar el modelo de seguridad del Estado para que quepamos todos y todas. Si es que eso se desea, claro. O quizá es que simplemente prefieren crear una estructura en la que “no quepamos”... Curioso, ¿no?

Al margen de esto, es revelador observar cómo funcionan la protección entre hombres. Hay una movilización inmediata y un apoyo mutuo total ante lo que consideran una “injusticia”: las plazas reservadas. Ahí sí hay debate, ahí hay argumentación apasionada y una defensa férrea de la “meritocracia”.

Sin embargo, lo que realmente me resulta llamativo es el silencio de esos mismos hombres ante las (muchas) injusticias que viven las mujeres en otras realidades. Cuando la desigualdad cae “del otro lado”, no hay quejas, no hay movilización ni hay indignación en la mesa. La empatía parece estar reservada exclusivamente para lo que ellos perciben como una pérdida de privilegios.

Entrar al barro ese día me sirvió para confirmar que, mientras el foco siga puesto en el “qué hay de lo mío” y no en el “qué nos pasa como sociedad”, seguiremos teniendo la misma conversación circular en cada comida de amigos.

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