ANÁLISIS
La fuerza militar no le ha servido de nada a EEUU con Irán: cómo sería una negociación realista
Tras meses de guerra, Estados Unidos ha tenido grandes dificultades para obligar a Irán a restablecer un tránsito estable por el estrecho de Ormuz, y mucho menos a aceptar las principales exigencias de Washington: el abandono del programa nuclear iraní, el desmantelamiento de su arsenal de misiles y la disolución de sus redes regionales de proxies. El Ejército iraní se encuentra muy degradado y su régimen está debilitado, pero, a día de hoy, sigue impidiendo que la mayoría de los países transporten petróleo, gas, fertilizantes y helio a través del estrecho. La economía mundial está en peligro, la popularidad de Donald Trump en su país está cayendo, Rusia se está beneficiando y la preparación militar de Estados Unidos —especialmente en la región indopacífica— se está viendo afectada.
Estados Unidos es superior a Irán en todos los indicadores de poder nacional que importan. Posee fuerzas militares de una magnitud abrumadora, la mayor economía del mundo y la capacidad de aislar a las naciones de los mercados globales mediante el poder del dólar. ¿Por qué ha sido Irán capaz de frustrar los planes de EEUU de forma tan contundente?
La diplomacia coercitiva
El problema fundamental es que, aunque Trump ha afirmado estar negociando, en la práctica ha recurrido casi exclusivamente a la presión militar y económica en lugar del toma y daca de la diplomacia real. Un planteamiento más viable ofrecería a Teherán garantías e incentivos lo suficientemente sustanciales como para que valga la pena asumir los riesgos de firmar un acuerdo con Washington. Y respetaría las líneas rojas en las que el régimen ha demostrado que no cederá.
La estrategia de Trump es una especie de diplomacia coercitiva. La diplomacia coercitiva puede funcionar y, de hecho, ha funcionado en el pasado. Pero requiere plantear exigencias que el adversario pueda cumplir sin poner en peligro su propia supervivencia. Esa fue, por ejemplo, la lógica que sustentó la diplomacia coercitiva que llevó al líder serbio Slobodan MiloševiÄ a la mesa de negociaciones sobre Bosnia en 1995 y a aceptar un acuerdo sobre Kosovo en 1999.
Sin embargo, en el caso actual de Irán, las exigencias de Washington han rayado en una petición de desarme unilateral. Para Teherán, aceptarlas significaría renunciar precisamente a las defensas que el régimen cree que lo protegen de ser derrocado. Paradójicamente, cuanto más intensifica Washington la presión militar, más probable es que Teherán llegue a la conclusión de que unas capacidades disuasorias más fuertes —incluido el mantenimiento de cierto control sobre el estrecho— son esenciales para la supervivencia del régimen. La retirada de Trump del acuerdo nuclear con Irán en 2018, por su parte, refuerza la idea para Teherán de que Washington podría simplemente quedarse con cualquier concesión y volver a las hostilidades.
Romper el estancamiento significa, por lo tanto, adoptar una posición negociadora más realista que acepte que el objetivo final de EEUU no puede ser el desarme efectivo de Irán
Irán cuenta hoy también con mayor capacidad para absorber la presión que la mayoría de los antiguos objetivos de la diplomacia coercitiva. Los drones, los misiles, las herramientas cibernéticas y las operaciones de información le proporcionan instrumentos para hostigar y amenazar los activos regionales de EEUU, a sus aliados y al transporte marítimo comercial mundial. Y lo que es más importante, Irán cuenta con poderosos apoyos externos. China le está proporcionando un apoyo económico y diplomático fundamental, mientras que Rusia sigue ofreciéndole respaldo militar y político.
Romper el estancamiento significa, por lo tanto, adoptar una posición negociadora más realista que acepte que el objetivo final de EEUU no puede ser el desarme efectivo de Irán. Ningún Gobierno iraní puede aceptar eso y esperar sobrevivir. Como han señalado antiguos negociadores europeos, cualquier acuerdo sustancial sobre las cuestiones fundamentales probablemente también requerirá un alivio de las sanciones a corto plazo para Irán lo suficientemente sustancial como para que los riesgos políticos de las concesiones merezcan la pena para Teherán. Por último, Irán necesitará cierta esperanza de que Washington respete el acuerdo que firme en lugar de dar un giro hacia el cambio de régimen. La participación de terceros —China, Europa, posiblemente los Estados del Golfo— ayudaría a lograrlo.
El aprieto de Trump
Sin embargo, será difícil lograr una mayor flexibilidad en la postura estadounidense, sobre todo porque los aliados de EEUU en la región se opondrán al levantamiento de las sanciones a menos que Irán haga concesiones importantes en los ámbitos nuclear y de misiles. Pero la alternativa es un estancamiento prolongado en el que Rusia sale ganando, la influencia de China crece, los aliados en la región indopacífica ven cómo los recursos estadounidenses se agotan en otra guerra en Oriente Medio y la economía mundial corre el riesgo de entrar en recesión.
Si resulta imposible negociar sobre las cuestiones principales, el mínimo realista es negociar el restablecimiento de la libertad de navegación por el estrecho que existía antes de la guerra y una congelación de la escalada militar. Esta podría ser la dirección que está tomando la Administración, a juzgar por las recientes informaciones de prensa. Trump puede intentar vender el daño infligido a la infraestructura militar y nuclear de Irán como una victoria para los intereses estadounidenses. En realidad, por supuesto, esto no sería un éxito. Pero detendría la erosión del poder estadounidense que esta guerra ha provocado.
El aprieto de Trump en Irán es el resultado previsible de la presunción de que un poder militar y económico abrumador puede sustituir a la voluntad de compromiso. Es una presunción que ha provocado repetidamente decepciones estratégicas a las grandes potencias a lo largo de la era posterior a la Guerra Fría —desde Irak hasta Ucrania—, demostrando una vez más que el poder militar no puede sustituir a la diplomacia real.
Christopher S. Chivvis es investigador principal y director del Programa de Diplomacia Estadounidense en la Fundación Carnegie para la Paz Internacional.