Imagen de las protestas en Teherán (Irán) el 10 de enero. Redes sociales/Zuma Press.
Sarah sentía que ya no tenía nada que perder. Esta empresaria de 50 años residente en Teherán veía cómo los precios se disparaban mientras sus libertades se reducían cada año.
Así que, cuando los manifestantes comenzaron a reunirse en el lujoso barrio de Andarzgoo, en Teherán, el sábado por la noche, no dudó en unirse a ellos. En un vídeo enviado a The Guardian a través de su primo, que vive en el extranjero, se ve a la gente caminando por la calle, alegre, a pesar del halo de gas lacrimógeno que se cierne sobre sus cabezas.
La multitud era heterogénea; familias, personas mayores y hombres caminando codo con codo. El ambiente era tranquilo, hasta que las fuerzas de seguridad se acercaron, empuñaron sus rifles de asalto y comenzaron a disparar a quemarropa contra los manifestantes desarmados.
El siguiente vídeo lo envió apresuradamente. “¡Sinvergüenzas!”, repetía una y otra vez mientras se alejaba en coche, mientras de fondo se oían disparos y se veía pasar a la gente apresuradamente.
Irán se sumió en la oscuridad el jueves. Las autoridades cortaron Internet y las llamadas telefónicas al extranjero, lo que aisló al país del resto del mundo. La retórica del Gobierno, conciliadora al principio, cambió rápidamente. Las ofertas de diálogo se convirtieron en amenazas de pena de muerte contra los manifestantes, a quienes el Gobierno acusó de estar respaldados por Israel y Estados Unidos.
Lo que sucedió a continuación quedó documentado en vídeos borrosos y mensajes de pánico enviados fuera del país por activistas que lograron aprovechar la conexión momentánea por los satélites Starlink de Elon Musk antes de que se bloquease el servicio GPS.
Imagen de las protestas en la capital iraní. Zuma Press Wire/dpa
Miles de personas han marchado cada noche por todo el país, coreando “muerte al dictador”, en referencia al líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, y pidiendo el regreso de la dinastía Pahlavi, que gobernó Irán antes de la revolución de 1979.
Un activista estudiantil de 19 años dijo el viernes: “Esta noche marchamos miles de personas. Vi a niños a hombros de sus padres, a una abuela con el chador coreando 'muerte a Jamenei'. ¿Te das cuenta de lo relevante que es esto?”.
El movimiento de protesta, que comenzó como una modesta manifestación de comerciantes en Teherán contra la repentina depreciación de la moneda del país el 28 de diciembre, escapó del control del Gobierno rápidamente.
Las autoridades cortaron Internet y las llamadas telefónicas al extranjero, lo que aisló al país del resto del mundo. La retórica del Gobierno, conciliadora al principio, cambió rápidamente.
Mientras el presidente iraní, Masud Pezeshkian, pedía diálogo y advertía de que la actuación del Gobierno podría provocar un aumento aún mayor de la inflación, comenzaron a aparecer signos de represión por parte de las fuerzas de seguridad.
El 4 de enero se difundió un vídeo en el que se veía a la policía antidisturbios irrumpir en un hospital que atendía a manifestantes heridos en la provincia occidental de Ilam, lo que conmocionó a los iraníes, indignados por la paliza propinada a pacientes y médicos.
Al menos 538 personas han muerto en los actos violentos que rodean las manifestaciones, según la Human Rights Activists News Agency (Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos), con sede en Estados Unidos, entre ellas 490 manifestantes. El grupo informó de que las autoridades iraníes detuvieron a más de 10.600 personas.
Amnistía Internacional y Human Rights Watch documentaron previamente que las autoridades mataron a al menos 28 personas entre el 31 de diciembre y el 3 de enero, algunas de ellas con rifles y escopetas de postas.
Pezeshkian pidió que se investigara la redada al hospital y otros presuntos malos tratos por parte de las fuerzas de seguridad y, a diferencia de otros funcionarios iraníes, afirmó que el Gobierno iraní era responsable de las quejas de los manifestantes, y no las potencias extranjeras.
Sus promesas de rendir cuentas no fueron suficientes para satisfacer a los iraníes, y las multitudes crecieron. Estaban indignados por el uso descarado de la fuerza contra las manifestaciones, un patrón que ya se vieron en movimientos de protesta anteriores en 2009, 2019 y 2022.
Soran, un manifestante de la ciudad occidental de Kermanshah, dijo el miércoles: “Llevamos décadas viendo cómo las fuerzas gubernamentales utilizan la máxima violencia contra nosotros durante las represiones y esta vez no es diferente. Están disparando a todo el mundo”.
Desde fuera de Irán, la diáspora y las figuras de la oposición comenzaron a pensar que las protestas eran una oportunidad real de derrocar al régimen.
Reza Pahlavi, hijo del difunto sha de Irán, el dictador que fue expulsado durante la revolución de 1979, pidió el jueves que se celebrasen protestas unitarias. A las 20 h tarde, los iraníes de todo el país debían corear consignas desde sus ventanas y tejados, reclamó Pahvlavi, que añadió que anunciaría los siguientes pasos en función de la respuesta sobre el terreno a su llamamiento.
Las autoridades iraníes estaban pendientes. Aproximadamente a la hora señalada por Pahlavi, cortaron Internet. A pesar del apagón, algunos vídeos mostraron multitudes en las calles, muchas de ellas coreando consignas en apoyo al heredero.
Las fuerzas de seguridad estaban en la calle, a la espera. Comenzaron a utilizar la fuerza de forma drástica mientras la información salía a cuentagotas.
Mahsa, una periodista de 28 años de Mashhad, dijo el jueves, antes de que se cortara la conexión de su teléfono: “Están arremetiendo contra la multitud con furgonetas y motos. Los he visto reducir la velocidad y disparar adrede a la cara a la gente. Hay muchos heridos. Las calles están llenas de sangre. Me temo que estoy a punto de presenciar un mar de cadáveres”.
Mientras las calles de Irán estallaban en protestas, el ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, visitaba Beirut. El viernes por la noche acudió al hotel Crowne Plaza para debatir y firmar su libro de memorias, El poder de la negociación.
Durante el debate, restó importancia a las protestas y afirmó que, como en cualquier otro país, las quejas sobre los precios se expresan públicamente en ocasiones.
“Trump ha desplegado la guardia nacional en su propio país. Vimos cómo la policía fronteriza [ICE] mató a una mujer. Pero si Irán hace esto, si se dispara una sola bala, la gente quiere venir a rescatarlos”, despejó, dando por concluido el debate para firmar ejemplares del libro.
Los manifestantes en Irán informaron de lo contrario. Un manifestante que estaba en el barrio de Tajrish Arg detalló que los francotiradores disparaban contra la multitud y afirmó que vio “cientos de cadáveres” en la calle.
Dos relatos antitéticos
La imagen de Irán empezó a dividirse en dos: durante el día, la televisión estatal y los organismos oficiales del Gobierno proyectaron una imagen de normalidad. Retransmitieron manifestaciones a favor del Gobierno e imágenes de gente inmersa en sus actividades cotidianas en barrios en los que no había protestas.
Por la noche, sin embargo, se filtraron al resto del mundo vídeos de las protestas difundidos con gran esfuerzo por los activistas y compartidos con la diáspora iraní. Los vídeos mostraban a miles de personas marchando por las calles de todo el país pese a lo que parecían ser los disparos de las autoridades.
Era difícil discernir la verdadera magnitud de las protestas, ya que pocas personas podían eludir el bloqueo de Internet. La diáspora y las figuras de la oposición en el extranjero amplificaron los pocos vídeos que salieron del país, proclamando que el fin del régimen estaba cerca.
Los escasos testimonios que salieron del país fueron desgarradores. Un manifestante de Teherán envió un mensaje el viernes en el que denunciaba que les habían golpeado con palos y que habían visto cómo las autoridades disparaban munición real contra la multitud. El número de muertos era “muy elevado”, decía, antes de volver a desconectarse.
El viernes apareció un vídeo de cadáveres tendidos en el suelo de un hospital de Teherán, y grupos de derechos humanos afirmaron que, aunque no podían documentar adecuadamente cada muerte, temían que se hubieran cometido masacres.
Un vídeo de un gran almacén médico situado fuera de una morgue improvisada en la zona de Kahrizak, en Teherán, apareció el domingo en las redes sociales. En las imágenes se apreciaban bolsas de cadáveres apiladas en el interior y alineadas en un patio adyacente.
Las familias se reunieron alrededor de los televisores, que mostraron una secuencia de rostros desfigurados. Se oían de fondo los lamentos de las mujeres mientras la gente levantaba las lonas de plástico negro que cubrían a los muertos.
La televisión estatal insistió en que las bolsas para cadáveres contenían a víctimas de los manifestantes, con el argumento de las autopsias demostraban que las heridas eran por arma blanca y no por balas.
Las noticias sobre la matanza llegaron a Washington, donde Donald Trump redobló su amenaza de intervenir militarmente en Irán si el Gobierno mataba a los manifestantes.
El presidente estadounidense dijo en su plataforma Truth Social el sábado por la noche: «Irán está buscando la LIBERTAD, quizás como nunca antes. ¡Estados Unidos está dispuesto a ayudar!». Informaciones de medios señalan que estaba barajando opciones militares atacar Irán.
La amenaza externa endureció aparentemente la postura de las autoridades iraníes contra los manifestantes y alimentó el relato de que Occidente está detrás de las protestas. La policía detuvo a figuras destacadas de las protestas, mientras que el presidente del Parlamento afirmó que podría atacar a Estados Unidos o Israel en caso de intervención militar estadounidense.
Las protestas continuaron a pesar de la represión, y el domingo se estabilizaron. Los manifestantes se encontraron en las calles y se manifestaron protegidos por la noche.
Un manifestante de Teherán declaró: “Con gran dificultad, miles de nosotros conseguimos conectarnos a Internet para poder enviarles las noticias. Estamos luchando por una revolución, pero necesitamos ayuda”.
Una estudiante de 23 años muere durante las protestas por disparos a quemarropa
Una estudiante de 23 años recibió un disparo en la cabeza “a quemarropa” durante las protestas contra el Gobierno en Irán, según ha informado el grupo de derechos humanos Iran Human Rights, basado en Noruega.
Rubina Aminian estudiaba diseño textil y moda en la Universidad Shariati de Teherán. Es una de las escasas víctimas mortales identificadas en las recientes manifestaciones.
Aminian murió el jueves tras unirse a una protesta al salir de la universidad, según el grupo activista, que señaló, citando a familiares que habían hablado con testigos presenciales del suceso, que a la mujer, de la minoría kurda, le habían disparado en la cabeza por detrás a corta distancia.
El grupo añadió en un comunicado que la familia de Aminian se desplazó desde Kermanshah, al oeste de Irán, a Teherán para identificar el cuerpo “entre los cadáveres de cientos de jóvenes”.
El grupo citó a una fuente cercana a la familia que relató: “Tras mucho esfuerzo, la familia de Rubina logró finalmente recuperar su cuerpo y regresar. Sin embargo, al llegar se encontraron con que las fuerzas de inteligencia habían rodeado su casa y no les permitían enterrarla”. La familia se vio “obligada a enterrar el cuerpo junto a la carretera” entre Kermanshah y la cercana Kamyaran, según el grupo.
El tío de Aminian, Nezar Minouei, la describió a la CNN como “una chica fuerte, valiente, a la que no se podía controlar ni tomar decisiones por ella”. “Luchó por cosas que sabía que eran justas y luchó con fuerza. Estaba sedienta de libertad, sedienta de derechos para las mujeres, de sus derechos”, añadió.