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OPINIÓN | Cumplir la ley, por Ignacio Escolar

ANÁLISIS

Qué han mostrado las elecciones presidenciales sobre las divisiones en Francia y más allá

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La vuelta decisiva de las elecciones presidenciales de Francia sacó a la luz un país profundamente fracturado. Del mismo modo que el Brexit puso al descubierto las divisiones en Reino Unido, ahora tenemos dos bloques electorales en Francia, caracterizados por perfiles opuestos geográfica y sociológicamente.

La brecha que los separa es, en primer lugar, generacional, ya que Emmanuel Macron atrajo el 70% de los votos de los mayores de 65 años y el 68% entre los votantes de entre 18 y 24 años. Ambos grupos tienen una característica común: ninguno de ellos tiene una presencia activa significativa en el mercado laboral.

Puede que la pandemia, la guerra en Ucrania y las presiones inflacionistas hayan ayudado a Macron a convencer a las personas mayores, ya preocupadas antes por la amenaza que supone Marine Le Pen para la estabilidad política. El compromiso polémico de Macron de elevar la edad de jubilación tres años, hasta los 65 (y que después suavizó hasta los 64), también estimuló el apoyo de la franja de edad de los mayores. Quienes ya están jubilados, al fin y al cabo, se alegraron por una reforma que prometía una garantía para financiar el sistema de pensiones sin costarles un sacrificio personal. Por el contrario, Le Pen montó un ataque feroz contra la propuesta, lo que impulsó el apoyo a la candidata en un amplio segmento de la población trabajadora, alarmada por la perspectiva de tener que esperar varios años más para cobrar la jubilación. Las encuestas mostraban un empate técnico entre Macron y Le Pen entre los ciudadanos en edad laboral. 

División educativa y de ingresos

Pero el abismo entre estas dos naciones francesas contrapuestas, que tomó forma durante el recuento de votos el pasado 24 de abril, es más que generacional: es sociológico. Macron obtuvo el 74% de los votos entre los altos ejecutivos del mundo empresarial y las clases profesionales con mayor cualificación, mientras que su rival consiguió un 58% de apoyo entre los votantes de la clase trabajadora, desde empleados en puestos administrativos hasta trabajadores manuales. Entre los autónomos y las clases medias, Macron ganó por un 60% frente a un 40%.

Esta división en Francia entre los que tienen y los que no tienen está parcialmente relacionada con la diferencia en los ingresos (el 76% de los votos de aquellos que ganan más de 2.500 euros netos al mes estaban a favor de Macron frente a solo un 44% de aquellos con menos de 900 euros), pero también se trata de una separación cultural. En Francia, como en Reino Unido, la división educativa se ha convertido en un asunto definitorio, asociada con una desigualdad profesional y de ingresos, pero también porque lleva a diferentes visiones culturales. 

Los niveles educativos tienden a tener una gran influencia en la actitud de la gente hacia la sociedad, el mundo que la rodea, las minorías y la autoridad. Este fenómeno se tradujo en las urnas francesas de forma casi caricaturesca. Así, el 78% de quienes poseen un título universitario de mayor nivel votó a Macron, igual que lo hizo el 63% de quienes poseen un diploma básico universitario. La contienda estuvo mucho más ajustada entre los votos de personas sin educación o formación más allá del bachillerato: el 53% lo votó frente a un 47% que lo hizo por Le Pen. En cuanto a los votantes franceses que dejaron la escuela sin obtener el bachillerato, Le Pen ganó el 56% de sus votos.

Exclusión

El sociólogo Emmanuel Todd ha identificado acertadamente el fenómeno de la estratificación educativa como causante de una “modificación” o cambio en las pautas de los votantes. En los años 80 y 90 en Francia aumentó marcadamente la proporción de los jóvenes que obtenían el bachillerato y después continuaban sus estudios en la enseñanza superior. Con el tiempo, este cambio hacia una situación en la que quienes tienen el diploma del bachillerato y los graduados conforman la mayoría ha desembocado en una restratificación profunda de toda la población, ligada a los logros educativos, y no solo en la gente joven. Las repercusiones culturales y sociales de esta transformación educativa son inmensas.

Mientras que en los años 80 en Francia lo normal era no tener el bachillerato, ahora las personas que no lo tienen son una minoría. De la misma forma, en los años 80 tener el bachillerato era un indicador sociocultural valorado. Hoy en día es a menudo la exigencia mínima. Las personas que buscaban empleo sin un bachillerato o diploma básico hace 40 años podían acceder a un abanico de puestos de trabajo. Ahora las posibilidades han menguado y han dejado a estos grupos limitados mayoritariamente a oficios o puestos no cualificados. Son los que tienen los salarios más bajos y los menos valorados. Es casi como si este esfuerzo inmenso para elevar el nivel educativo medio hubiera ayudado a que el movimiento de Le Pen explotara el resentimiento y la percepción de una exclusión cultural y social entre aquellos que no han conseguido subir en la escala educativa.

Reconfiguración social

Se puede añadir una división regional a esta tensión sociocultural. Macron ganó fácilmente en la capital, con un 85% de los votos de los parisinos, pero también obtuvo amplias mayorías en las principales ciudades francesas: 81% en Nantes, 80% en Lyon y Burdeos, 77,7% en Estrasburgo e incluso 77,5% en Toulouse. Mientras tanto, Le Pen prevaleció en la Francia “periférica” o, dicho en otras palabras, en ciudades pequeñas, municipios rurales y en antiguos cinturones industriales de peso actualmente en declive.

Si esta descripción sociológica y cultural tiene un llamativo parecido al paisaje electoral que tomó forma en las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos o durante el Brexit, es porque están en marcha las mismas placas tectónicas en todas partes. La globalización, sinónimo de un declive postindustrial, la concentración de la riqueza y diplomados en las grandes ciudades, pero también el incremento de los flujos migratorios, combinado todo ello con una revolución educativa, han reconfigurado profundamente las sociedades occidentales.

La antigua división política izquierda/ derecha ya no atiende a un paisaje socioeconómico que seguirá marcando a los ganadores y perdedores del nuevo orden para enfrentarlos. En la contienda presidencial francesa, los dos “clanes” del país hallaron a sus respectivos héroes. 

* Jérôme Fourquet es director de opinión del Ifop (Instituto Francés de Opinión Pública) y autor de La France sous nos yeux (Francia ante nuestros ojos).

Traducción de María Torrens Tillack

La vuelta decisiva de las elecciones presidenciales de Francia sacó a la luz un país profundamente fracturado. Del mismo modo que el Brexit puso al descubierto las divisiones en Reino Unido, ahora tenemos dos bloques electorales en Francia, caracterizados por perfiles opuestos geográfica y sociológicamente.

La brecha que los separa es, en primer lugar, generacional, ya que Emmanuel Macron atrajo el 70% de los votos de los mayores de 65 años y el 68% entre los votantes de entre 18 y 24 años. Ambos grupos tienen una característica común: ninguno de ellos tiene una presencia activa significativa en el mercado laboral.

Puede que la pandemia, la guerra en Ucrania y las presiones inflacionistas hayan ayudado a Macron a convencer a las personas mayores, ya preocupadas antes por la amenaza que supone Marine Le Pen para la estabilidad política. El compromiso polémico de Macron de elevar la edad de jubilación tres años, hasta los 65 (y que después suavizó hasta los 64), también estimuló el apoyo de la franja de edad de los mayores. Quienes ya están jubilados, al fin y al cabo, se alegraron por una reforma que prometía una garantía para financiar el sistema de pensiones sin costarles un sacrificio personal. Por el contrario, Le Pen montó un ataque feroz contra la propuesta, lo que impulsó el apoyo a la candidata en un amplio segmento de la población trabajadora, alarmada por la perspectiva de tener que esperar varios años más para cobrar la jubilación. Las encuestas mostraban un empate técnico entre Macron y Le Pen entre los ciudadanos en edad laboral. 

División educativa y de ingresos

Pero el abismo entre estas dos naciones francesas contrapuestas, que tomó forma durante el recuento de votos el pasado 24 de abril, es más que generacional: es sociológico. Macron obtuvo el 74% de los votos entre los altos ejecutivos del mundo empresarial y las clases profesionales con mayor cualificación, mientras que su rival consiguió un 58% de apoyo entre los votantes de la clase trabajadora, desde empleados en puestos administrativos hasta trabajadores manuales. Entre los autónomos y las clases medias, Macron ganó por un 60% frente a un 40%.

Esta división en Francia entre los que tienen y los que no tienen está parcialmente relacionada con la diferencia en los ingresos (el 76% de los votos de aquellos que ganan más de 2.500 euros netos al mes estaban a favor de Macron frente a solo un 44% de aquellos con menos de 900 euros), pero también se trata de una separación cultural. En Francia, como en Reino Unido, la división educativa se ha convertido en un asunto definitorio, asociada con una desigualdad profesional y de ingresos, pero también porque lleva a diferentes visiones culturales. 

Los niveles educativos tienden a tener una gran influencia en la actitud de la gente hacia la sociedad, el mundo que la rodea, las minorías y la autoridad. Este fenómeno se tradujo en las urnas francesas de forma casi caricaturesca. Así, el 78% de quienes poseen un título universitario de mayor nivel votó a Macron, igual que lo hizo el 63% de quienes poseen un diploma básico universitario. La contienda estuvo mucho más ajustada entre los votos de personas sin educación o formación más allá del bachillerato: el 53% lo votó frente a un 47% que lo hizo por Le Pen. En cuanto a los votantes franceses que dejaron la escuela sin obtener el bachillerato, Le Pen ganó el 56% de sus votos.

Exclusión

El sociólogo Emmanuel Todd ha identificado acertadamente el fenómeno de la estratificación educativa como causante de una “modificación” o cambio en las pautas de los votantes. En los años 80 y 90 en Francia aumentó marcadamente la proporción de los jóvenes que obtenían el bachillerato y después continuaban sus estudios en la enseñanza superior. Con el tiempo, este cambio hacia una situación en la que quienes tienen el diploma del bachillerato y los graduados conforman la mayoría ha desembocado en una restratificación profunda de toda la población, ligada a los logros educativos, y no solo en la gente joven. Las repercusiones culturales y sociales de esta transformación educativa son inmensas.

Mientras que en los años 80 en Francia lo normal era no tener el bachillerato, ahora las personas que no lo tienen son una minoría. De la misma forma, en los años 80 tener el bachillerato era un indicador sociocultural valorado. Hoy en día es a menudo la exigencia mínima. Las personas que buscaban empleo sin un bachillerato o diploma básico hace 40 años podían acceder a un abanico de puestos de trabajo. Ahora las posibilidades han menguado y han dejado a estos grupos limitados mayoritariamente a oficios o puestos no cualificados. Son los que tienen los salarios más bajos y los menos valorados. Es casi como si este esfuerzo inmenso para elevar el nivel educativo medio hubiera ayudado a que el movimiento de Le Pen explotara el resentimiento y la percepción de una exclusión cultural y social entre aquellos que no han conseguido subir en la escala educativa.

Reconfiguración social

Se puede añadir una división regional a esta tensión sociocultural. Macron ganó fácilmente en la capital, con un 85% de los votos de los parisinos, pero también obtuvo amplias mayorías en las principales ciudades francesas: 81% en Nantes, 80% en Lyon y Burdeos, 77,7% en Estrasburgo e incluso 77,5% en Toulouse. Mientras tanto, Le Pen prevaleció en la Francia “periférica” o, dicho en otras palabras, en ciudades pequeñas, municipios rurales y en antiguos cinturones industriales de peso actualmente en declive.

Si esta descripción sociológica y cultural tiene un llamativo parecido al paisaje electoral que tomó forma en las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos o durante el Brexit, es porque están en marcha las mismas placas tectónicas en todas partes. La globalización, sinónimo de un declive postindustrial, la concentración de la riqueza y diplomados en las grandes ciudades, pero también el incremento de los flujos migratorios, combinado todo ello con una revolución educativa, han reconfigurado profundamente las sociedades occidentales.

La antigua división política izquierda/ derecha ya no atiende a un paisaje socioeconómico que seguirá marcando a los ganadores y perdedores del nuevo orden para enfrentarlos. En la contienda presidencial francesa, los dos “clanes” del país hallaron a sus respectivos héroes. 

* Jérôme Fourquet es director de opinión del Ifop (Instituto Francés de Opinión Pública) y autor de La France sous nos yeux (Francia ante nuestros ojos).

Traducción de María Torrens Tillack

La vuelta decisiva de las elecciones presidenciales de Francia sacó a la luz un país profundamente fracturado. Del mismo modo que el Brexit puso al descubierto las divisiones en Reino Unido, ahora tenemos dos bloques electorales en Francia, caracterizados por perfiles opuestos geográfica y sociológicamente.

La brecha que los separa es, en primer lugar, generacional, ya que Emmanuel Macron atrajo el 70% de los votos de los mayores de 65 años y el 68% entre los votantes de entre 18 y 24 años. Ambos grupos tienen una característica común: ninguno de ellos tiene una presencia activa significativa en el mercado laboral.

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