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The Guardian en español

El primer ministro de Albania se aferra al poder pese a las protestas y disturbios en las calles de la capital

Choques entre manifestantes y la policía antidisturbios en Tirana, el 15 de octubre de 2026.

Helena Smith

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El primer ministro de Albania, Edi Rama, ha afirmado que no dimitirá, mientras el movimiento de protesta en las calles, que dio inicio hace varios meses en contra de los planes para construir un complejo turístico respaldado por la familia Trump, ha derivado en violencia, con enfrentamientos que sacuden la capital esta semana.

El jueves, tras los llamamientos de los estudiantes —quienes esta semana tomaron el control de las manifestaciones antigubernamentales que han convulsionado Tirana desde junio—, Edi Rama afirmó: “Los gobiernos se cambian mediante elecciones democráticas. Tuvimos elecciones el año pasado, no una revolución”. Las declaraciones de Rama a la agencia Reuters se produjeron horas antes de que estallaran nuevos enfrentamientos frente al Ministerio de Educación, donde la policía antidisturbios respondió al lanzamiento de piedras por parte de algunos manifestantes con gases lacrimógenos y cañones de agua.

“Mi responsabilidad es escuchar, atender las preocupaciones legítimas y hacer que Albania siga avanzando”, añadió el jefe del Gobierno. Añadió que la alternativa equivaldría a “una traición a los albaneses que me otorgaron un mandato sólido para completar las negociaciones de adhesión a la Unión Europea (...) No permitiré que la violencia descarrile el futuro europeo de Albania”.

Rama, quien el año pasado logró un histórico cuarto mandato, se ha comprometido a integrar su país en el bloque de los 27 para al año 2030. Albania fue en su día el Estado estalinista más aislado del continente europeo.

Los disturbios de esta semana contrastan con las protestas, en gran medida pacíficas, de los últimos meses y representan el mayor desafío al que se ha enfrentado hasta ahora el veterano líder.

El jueves, tras una noche de enfrentamientos callejeros entre manifestantes y la policía antidisturbios, los residentes se despertaron y encontraron las fachadas de los comercios destrozadas, los semáforos destruidos y edificios gubernamentales y bancos incendiados y saqueados. Se estima que 89 personas, incluidos 61 agentes, resultaron heridas.

Rebrote de las protestas

Este rebrote de violencia ha generado un clima de incertidumbre, en medio de los indicadores que sugieren que la paciencia de la opinión pública ante el Gobierno socialista de Rama —que lleva 13 años en el poder— podría estar finalmente agotándose.

“Los jóvenes albaneses están cansados de tanta corrupción y de tanta arrogancia. Quieren vivir en un país mejor y no temen recurrir a la violencia”, afirma Afrim Krasniqi, director del Instituto Albanés de Estudios Políticos en Tirana. “No hay forma de hacer pronósticos. Nadie puede decir qué ocurrirá a continuación”.

Rama, que emergió él mismo del movimiento de protesta, llegando a convertirse en el rostro de la violencia estatal cuando, hace 30 años, se atrevió a criticar al primer Gobierno poscomunista de Albania, ha criticado las actuales movilizaciones.

“Los estudiantes son el futuro. Son quienes miran hacia adelante, quienes quieren ir más lejos y más rápido”, afirmó el jueves durante una visita a las instalaciones del Colegio de Europa en Tirana, dañadas por un incendio. “Hoy, esto es la ruina que han dejado unas manos que no son —y que nunca podrán ser— manos de estudiantes. Son las manos que intentan hundir a Albania cada vez que el país trata de levantarse”.

Si bien se mostró dispuesto a dialogar con las generaciones más jóvenes sobre el aumento de los costes de la educación —una de las principales quejas que ha avivado las protestas—, advirtió de que no se tolerarán los actos de vandalismo.

Durante casi cinco meses, los manifestantes se han reunido a diario frente a la oficina de Rama para protestar por los planes de un polémico complejo turístico promovido por Jared Kushner, yerno del presidente estadounidense, Donald Trump. El proyecto contempla la construcción a lo largo de un litoral virgen (una zona de conservación de una belleza natural excepcional), que incluye la isla deshabitada de Sazan.

Bautizada como la “revolución de los flamencos” —debido al riesgo que el desarrollo urbanístico supondría para la fauna y los ecosistemas delicados—, las manifestaciones han congregado a grupos de diversos tamaños. Los participantes también han exigido la dimisión del primer ministro.

A pesar de la oposición, Rama se ha negado rotundamente a dar marcha atrás, defendiendo el proyecto como un “regalo” que impulsará la economía y generará puestos de trabajo, muy necesarios en Albania, transformando el país en un destino turístico de alto nivel.

¿Un punto de inflexión?

Sin embargo, Krasniqi considera que el movimiento de protesta “ha llegado a un punto de inflexión esta semana”, a pesar de que las manifestaciones también se han visto inspiradas por un descontento estudiantil similar que recorre Europa, especialmente Francia. “El gobierno ha tenido más de cuatro meses para dialogar con la gente que ha estado saliendo a la calle a diario. En lugar de eso, optó por menospreciarla y desestimarla. Ahora, los estudiantes se han sumado al movimiento y parece que llevan la iniciativa”.

Krasniqi señala que, por primera vez, ha escuchado a jóvenes decir que están dispuestos a sufrir daños físicos o a ir a la cárcel si ese es el precio a pagar “para garantizar la democracia” en su país. “Sus reivindicaciones son muy distintas a las de los manifestantes [de la revolución de los flamencos]. Piden una mejor educación, mejores instalaciones universitarias y una sociedad que les ofrezca esperanza. Además, no consideran que Albania deba estar en venta”.

Con un valor de unos 4.000 millones de euros, el complejo turístico respaldado por la familia Trump supondría la mayor inversión que ha recibido el país hasta la fecha. La semana pasada, Kushner defendió el proyecto y reconoció que tanto él como su firma de inversión, Affinity Partners, están “apostando por un país que nunca ha tenido un proyecto de esta envergadura”.

“No hay garantías”, afirmó el yerno de Trump. “Estamos asumiendo ese riesgo porque creemos en Albania y creemos en los albaneses. Si tiene éxito, el proyecto supondría una inversión de aproximadamente 4.000 millones de euros y generaría un número considerable de empleos, actividad económica y visibilidad internacional para Albania”.

Esta semana, los ecologistas —quienes encabezaron inicialmente la oposición al proyecto— expresaron una opinión muy distinta. Meses después del inicio de las protestas, la indignación persiste ante una iniciativa que, según muchos, solo beneficiará a la élite, tal y como denuncia Aleksandër Trajçe, director de la principal organización conservacionista del país: Protección y Preservación del Medio Natural en Albania. “El malestar por el proyecto [de Kushner] ha allanado el terreno para la violencia que estamos presenciando, ya que, día tras día, los manifestantes se han topado con la arrogancia de un gobierno que se ha negado a escucharles o a ceder lo más mínimo”.

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