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El estallido social de Albania contra el megaproyecto de lujo de la familia Trump: “Nuestro país no está en venta”

Miles de manifestantes en Tirana durante las protestas contra un proyecto turístico de lujo vinculado a Jared Kushner el pasado fin de semana.

Helena Smith

Vlorë / Tirana —
24 de junio de 2026 22:00 h

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Para Ina Shkurti, al igual que para tantos albaneses, la isla de Sazan ha desempeñado un papel fundamental. De niña se bañaba en sus aguas “siempre tranquilas y de color verde esmeralda”; de adolescente, la isla aparecía en sus sueños; y ya de adulta, se convirtió en una parte imborrable de la memoria y el anhelo que la llevaban de vuelta, cada verano, a Vlorë, su ciudad natal al otro lado del mar.

Lo que Shkurti nunca imaginó fue que los planes para construir un megacomplejo turístico en Sazan —uno de los dos lujosos complejos de la costa sur de Albania impulsados por Ivanka Trump y su marido, Jared Kushner— desencadenarían una revuelta, un levantamiento que ha convulsionado al Estado balcánico en un episodio de repulsa ante los excesos percibidos de “una clase oligárquica podrida”, justo cuando el país espera concluir las negociaciones de adhesión a la UE.

“¿Que si estoy indignada? Por supuesto que lo estoy”, dice la cartógrafa mientras los contornos del afloramiento deshabitado se hacen visibles desde una lancha rápida que se dirige a toda velocidad hacia sus costas. “Sazan es nuestra única isla. Es un pequeño paraíso que ocupa un lugar especial en los corazones y las mentes de los albaneses. Que venga una pareja rica, la urbanice y luego nos niegue el acceso sería un crimen”.

“Este Gobierno ya no nos representa”

Desde la caída del comunismo, hace más de tres décadas, Albania no se había visto sacudida por una furia colectiva semejante. Shkurti, de 32 años, cuya familia emigró a EEUU cuando ella tenía 11, es un ejemplo típico de las decenas de miles de personas, tanto dentro como fuera del país, que han salido a la calle en lo que se ha bautizado como la “revolución de los flamencos”, debido a la amenaza que suponen los complejos turísticos propuestos para la fauna silvestre y los delicados ecosistemas de esas zonas.

“Este Gobierno ya no nos representa”, dice. “Ha optado por representar a inversores oligarcas como Ivanka Trump y Jared Kushner. Estas protestas no van a cesar, aunque ya no se centren exclusivamente en ellos”.

Cada día, explica, amigos de la diáspora albanesa llegan en avión para sumarse a las manifestaciones. En la mayor de ellas hasta la fecha, miles de personas se reunieron en Tirana el fin de semana pasado, muchas de ellas procedentes de Estados Unidos y otras partes de Europa, para sumar sus voces a la ola de disconformidad.

El Gobierno, al parecer, no quiere creer que toda esta gente que sale a la calle esté en su contra. Esta ausencia de diálogo, esta falta de empatía, esta negativa a querer encontrar una solución, es peligrosa

Afrim Krasniqi Director del Instituto Albanés de Estudios Políticos

En un país donde prácticamente no existe tradición de disturbios cívicos, las protestas —sin líderes y apartidistas— han pillado desprevenidos a los responsables políticos de Tirana y a la UE. Cada vez más, los manifestantes tienen en el punto de mira a una clase política a la que culpan de la caótica transición del país tras el régimen estalinista represivo. Aumenta el temor a una crisis.

En medio de los llamamientos diarios a su dimisión, Edi Rama, el primer ministro, ha optado por responder con nerviosismo, humor y una ira apenas disimulada. Pero este veterano socialista, anteriormente aclamado en Bruselas por sus políticas visionarias y un artista de carácter jovial en tiempos más tranquilos, también se ha negado a dar marcha atrás. Elegido el año pasado para un cuarto mandato con la promesa de llevar a este país, antaño aislado, a la UE, ha calificado la inversión de 1.400 millones de euros como vital para que Albania se convierta en el “destino turístico de lujo más atractivo” del Mediterráneo.

Activistas ecologistas, grupos de la sociedad civil, familias y jóvenes en una manifestación en el centro de Tirana contra el proyecto turístico de lujo.

“Hay que preguntarse adónde va a parar todo esto”, dice Afrim Krasniqi, director del Instituto Albanés de Estudios Políticos, quien no descarta que los manifestantes adopten medidas de protesta “más radicales”. “El Gobierno, al parecer, no quiere creer que toda esta gente que sale a la calle esté en su contra. Esta ausencia de diálogo, esta falta de empatía, esta negativa a querer encontrar una solución, es peligrosa”.

Un entorno natural rico

Han pasado tres semanas desde que estallaron las protestas, después de que las excavadoras comenzaran a talar zonas boscosas y a arrasar dunas antiguas para dejar espacio a las obras en una zona protegida situada al otro lado del agua, frente a Sazan.

La reserva de Pishë Poro-Narta, donde se encuentra uno de los últimos ríos salvajes de Europa, abarca gran parte de la península de Zvërnec; sus costas arenosas protegen una laguna interior que constituye una importante ruta migratoria para cientos de aves raras y más de 70 especies en peligro de extinción.

Las tensiones se recrudecieron aquí —el primer emplazamiento previsto para el proyecto— cuando los opositores se enfrentaron a los guardias de seguridad privados que habían levantado apresuradamente una valla para impedir el acceso del público. En el caos que se desató, mientras los manifestantes intentaban escalar la barrera, se grabó a un terrateniente local siendo arrastrado por los guardias, con el cuerpo esposado dando tumbos sobre el terreno rocoso ante la mirada atónita de los testigos. Los agentes de policía, de forma controvertida, decidieron no intervenir.

Al fin y al cabo, Sazan es un monumento histórico. Tengo amigos que crecieron en esos edificios, y tanto la isla como Zvërnec son hábitats importantes para los flamencos, las focas monje y las tortugas bobas. La idea de construir un complejo turístico de 10.000 habitaciones en la península desató lo que creo que se podría llamar una explosión

Kostandin Xhaho Ecologista

En un pódcast publicado al día siguiente, Ivanka Trump se deshizo en elogios hacia el proyecto inmobiliario y hacia “esta preciosa península con una laguna a un lado y el océano al otro” que ella y su marido, como principales inversores del proyecto, pretenden transformar. “Es de una escala enorme”, dijo sobre los planes para urbanizar Sazan, una antigua instalación militar de la era soviética cuyo frondoso paisaje de higueras silvestres y flores está salpicado de edificios abandonados que en su día utilizaron el personal y sus familias. “No solo la isla, sino que tenemos ocho kilómetros de costa justo enfrente [de ella]”, comentó con entusiasmo la hija del presidente de EEUU, refiriéndose a la costa desde la que se han podido ver las violentas escenas de este mes.

“La gente se enfadó mucho”, dice Kostandin Xhaho, un ecologista afincado en Vlorë. “Al fin y al cabo, Sazan es un monumento histórico. Tengo amigos que crecieron en esos edificios, y tanto la isla como Zvërnec son hábitats importantes para los flamencos, las focas monje y las tortugas bobas. La idea de construir un complejo turístico de 10.000 habitaciones en la península desató lo que creo que se podría llamar una explosión”.

La perspectiva de que lo que los críticos tildan de “la peor clase de élite global” saquee las reservas naturales de un país que sigue siendo uno de los más pobres de Europa pronto despertó una profunda indignación ante un expolio que ponía de relieve otras desigualdades.

El proyecto obtuvo la aprobación preliminar después de que el Parlamento albanés modificara las estrictas leyes que protegen las zonas ambientalmente sensibles, aunque no hay pruebas de que Kushner tuviera ningún papel en dicho cambio. Como muestra de la percepción de falta de transparencia en torno al proyecto, los opositores afirman que los inversores siguen siendo un misterio, con sus identidades ocultas tras una sociedad pantalla de múltiples capas con sede en los Países Bajos. Los continuos procesos judiciales por disputas inmobiliarias en Zvërnec también han contribuido a avivar la indignación popular.

“Nuestro país no está en venta”

“Lo que queremos es una nueva Albania”, dice Justina Prenga, de 24 años, que recientemente viajó desde la ciudad norteña de Shkodër para unirse a los manifestantes en la capital, donde cada noche se escuchan gritos de “Rama ik” (Rama, dimite) frente al edificio de los años 30, ahora cerrado, que alberga la oficina del primer ministro. “Somos la generación Z y decimos 'ya basta', nuestro país no está en venta”.

La indignación, dice, ha ido “mucho más allá” de los Kushner, aunque sus amigos no sabían “si reír o llorar” cuando escucharon en el pódcast la versión “al estilo de Cristóbal Colón” de Trump sobre el descubrimiento de Sazan. “Queremos que se detenga este proyecto, pero, en realidad, se trata de todos los males de Albania. Sali Berisha también debería dimitir. Él ha convertido a nuestro país en lo que es hoy, así que también debería ir a la cárcel”, dice, refiriéndose al principal líder de la oposición, un expresidente y ex primer ministro al que en su momento se le prohibió la entrada en Reino Unido por sus supuestos vínculos con el crimen y la corrupción.

Miles de manifestantes se concentran en el centro de Tirana durante el vigésimo primer día consecutivo de protestas contra un proyecto de desarrollo turístico de lujo vinculado a Jared Kushner.

Envuelto en una gigantesca bandera albanesa roja y negra, Lizander Saraci se muestra de acuerdo. Gestor de riesgos en un banco privado, es un ejemplo típico de una generación más mayor que también se ha sumado al movimiento.

“Han pasado más de 30 años y nuestros hospitales siguen siendo terribles, nuestro sistema educativo es una mierda, no hay trabajo y todo el mundo se está marchando”, dice este padre de dos hijos, que asiste con frecuencia a las protestas con sus hijos. “Las manifestaciones son enormes porque la gente está harta de esta injusticia. Están hartos de toda la corrupción. Uno de nuestros lemas es ”stop a la dictadura del dinero sucio“, porque hemos aprendido por experiencia que este tipo de proyectos solo benefician siempre a unos pocos ricos”.

La semana pasada, el Parlamento Europeo también se pronunció al respecto. En una resolución, los eurodiputados respaldaron a los manifestantes e instaron al Gobierno a detener cualquier nueva construcción en zonas protegidas. Algunos condenaron a los “capitalistas depredadores” que habían aprovechado la legislación que permite a los inversores estratégicos acelerar proyectos similares —una ley que Bruselas ha calificado de injusta y cuya derogación lleva mucho tiempo pidiendo a Tirana—. Los responsables de la UE afirman que, sin un acuerdo sobre la legislación medioambiental, no se podrán concluir las negociaciones de adhesión. “Esperaríamos que Albania, a un año y medio de este objetivo…, se hubiera alineado con estas normas [de la UE]”, dice Silvio Gonzato, embajador de la UE en Albania, a The Guardian.

¿Realmente queremos ese tipo de desarrollo cuando, claramente, la infraestructura apenas puede soportarlo?

Ina Shkurti Cartógrafa

Una vez más, Rama se mantuvo firme al reaccionar ante la votación del Parlamento Europeo, comprometiéndose a continuar con el proyecto de Zvërnec “basándose en una evaluación de impacto ambiental conforme a las normas de la Unión Europea”.

Ha calificado en repetidas ocasiones la mayor inversión de la historia de Albania como “una bendición” que no solo proporcionará puestos de trabajo muy necesarios, sino que “a la larga se traducirá en aproximadamente un 25% más de árboles y espacios verdes”.

El año pasado, este país de tres millones de habitantes recibió a unos 12 millones de turistas, muchos de ellos atraídos tanto por su belleza natural como por su asequibilidad. “También se trata de una cuestión de rumbo”, dice Shkurti. “¿Realmente queremos ese tipo de desarrollo cuando, claramente, la infraestructura apenas puede soportarlo?”.

No todos se oponen

Pero Rama tiene sus partidarios. Albert Pushka, propietario de un restaurante de pescado recién inaugurado a las afueras de Vlorë, está tan entusiasmado que ha bautizado el local como 'Ivanka'. Cuando se le pregunta por los acontecimientos, Walter Dimraj, de 48 años, levanta el pulgar al estilo Trump y dice: “Albania tiene que madurar. Tiene que aprovechar esta oportunidad. Si no lo hacemos nosotros, lo harán los griegos”.

Elpiniqi Merkuri, psicóloga y presidenta del consejo municipal de Vlorë, está convencida de que el complejo turístico contribuirá a reforzar la confianza en un momento en el que la generación mayor aún “no encuentra el valor” para hablar de la brutalidad del pasado. “La gente tiende a sentirse más tranquila y optimista cuando ve desarrollo, nuevas oportunidades y entornos bien diseñados”, dice, mientras vacas y ovejas deambulan por la zona donde los obreros han iniciado recientemente las obras.

Imagen de archivo del primer ministro albanés, Edi Rama.

De pie junto a las salinas con vistas a la laguna, Ledi Selgjekaj desearía poder estar de acuerdo. Aquí es donde la joven ornitóloga ha venido durante los últimos cinco años, levantándose al amanecer para observar el comportamiento y los patrones de cría de las aves costeras.

“Por aquel entonces, acababan de comenzar las obras de construcción del nuevo aeropuerto internacional de Vlorë”, dice, mientras mira a través de sus prismáticos más allá de los humedales, hacia su torre de control. “Y fue entonces cuando empezamos a ver cómo se interrumpían los corredores ecológicos y cómo los chacales y otros depredadores se cebaban con la fauna de la laguna”.

Los flamencos y sus nidos llenos de huevos se vieron especialmente afectados, explica. “El aeropuerto, cuando entre en funcionamiento, va a ser un desastre. Si estos complejos turísticos siguen adelante, será la sentencia de muerte”, dice.

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