Congelada
Leía con estupor hace unas semanas la noticia de que la Real Federación española de fútbol (RFEF) había incorporado como ayuda a la maternidad, la financiación de la congelación de óvulos, entre otras técnicas. La propuesta de la Federación, en un intento, a mi juicio, de evitar polémicas, se presentaba bajo un argumento aparentemente incontestable: “nos lo han pedido ellas”. Como si este dato proporcionara una especie de “tranquilidad”, o disipara cualquier duda de la “honestidad” de la medida. Sin embargo, lo más llamativo de todo es precisamente aquello que quedaba fuera del debate: cómo ayudar a las deportistas que quieren ser madres durante su carrera profesional. Este es el meollo. No otro. Retrasar la maternidad mediante la financiación de la congelación de óvulos puede ser, en determinadas circunstancias, un mal menor o una alternativa legítima, pero difícilmente debe convertirse en LA solución.
Recuerdo cuando, hace ya algunos años, Apple y Facebook anunciaron la financiación del tratamiento de congelación de óvulos para sus empleadas como una iniciativa destinada a retener el talento. Se presentaba como un beneficio, sí, pero si profundizabas en el discurso que acompañaba esta medida, afloraba una idea inquietante: congelar durante tus años fértiles, para poder afrontar los años más productivos para la empresa. Todavía me permito utilizar este ejemplo en mis formaciones, para abrir un debate que sigue plenamente vigente.
La profesionalización del deporte femenino ha situado en el debate público la maternidad y sus obstáculos, y no son pocas las deportistas que han decidido alzar la voz. Ana Peleteiro, atleta, que decidió ser madre tras ser bronce olímpico en Tokio 2020, criticaba esta medida de la RFEF y recordaba que el verdadero desafío consiste en asegurar que ser madre no suponga una penalización profesional en tu carrera. Blanca Manchón, olímpica en windsurf en Tokio 2020, tiraba de ironía para señalar lo supuestamente idílico de financiar la congelación de óvulos de las futbolistas: las deportistas podrían esperar a ser madres al terminar sus carreras deportivas, no dar problemas durante su etapa competitiva, y después descongelar óvulos y quedarse embarazadas a los 40 años. Maravilloso.
Y es que lo preocupante es que hemos terminado adaptando los tiempos reproductivos a las exigencias de las estructuras laborales, en lugar de transformar estas estructuras para hacer posible la maternidad. Ahí reside el quid de la cuestión.
Porque congelar óvulos no es conciliar. Congelar óvulos es, en gran medida, desplazar la mirada de lo verdaderamente importante. Es asumir que la maternidad y la trayectoria profesional son incompatibles, y que corresponde a las mujeres modificar sus proyectos vitales para encajar en un modelo organizativo que permanece inalterado. Es hacer oídos sordos a nuestros propios tiempos biológicos y sociales, convirtiendo maternidad y profesión en adversarias irreconciliables, cuando el verdadero reto debería ser abordar, de una vez por todas, las condiciones que hacen posible la (bendita) conciliación.
En el fondo, las madres, y también algunos padres, nos parecemos hoy a los funambulistas. No solo caminamos sobre la cuerda floja que supone compatibilizar las distintas esferas de la vida, sino que además nos vemos en la obligación de demostrar constantemente que somos capaces de hacerlo todo al mismo tiempo y sin perder el equilibrio.
Nota al pie:
Las federaciones deportivas españolas y las ligas profesionales estarán obligadas a elaborar un plan específico de conciliación y corresponsabilidad con medidas concretas de protección en los casos de maternidad y lactancia, que deberán poner a disposición de las entidades deportivas integrantes de la federación (artículo 4 de la Ley 39/2022, de 30 de diciembre del Deporte).
Se consideran nulas de pleno derecho las cláusulas contractuales tendentes a permitir o favorecer la rescisión unilateral del contrato por razón de embarazo o maternidad de las mujeres deportistas (Preámbulo de la Ley 39/2022, de 30 de diciembre del Deporte).
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