Ponemos etiquetas a las personas, pero no las actualizamos
Nos han dicho desde pequeños que poner etiquetas a las personas no estaba bien, pero somos un país de poner etiquetas (¡no digamos ya de motes!) y esto ocurre, como ya he comentado otras veces, porque nuestro cerebro no puede analizar desde cero a cada persona cada vez que se encuentra con ella, por eso va construyendo mapas que le permiten anticipar cómo va a actuar una persona en función de la experiencia, y nos dice “es amable”, “no te fíes”, “no escucha” o “tiene mal genio”. Es la manera que tiene nuestro cerebro de reducir la incertidumbre y ahorrar energía.
Y esas opiniones generalmente las compartimos con otros, lo cual muchas veces también es necesario, porque es la manera que tenemos de protegernos como especie. Si el grupo me dice “no te fíes de fulanito” está evitando que yo y otros seamos víctimas de fulanito.
Pero etiquetar supone reducir a alguien en una definición. Entonces, el problema no está en poner etiquetas sino en hasta dónde definen a la persona en cuestión. No hablo de cuando hay difamación o mala intención, hablo de cómo afectan esas opiniones que tenemos y hacemos de la gente y que nos parecen “normales”. Si creo que mi abuela, por ser mayor, es frágil, la excluiré de algunas conversaciones y eso puede que la haga sentirse inútil o aislada y me perderé su sabiduría.
Por eso hay que tener en cuenta que estas opiniones o etiquetas van a condicionar cómo nos comportemos con los demás.
Y ¿Qué pasa cuando esta etiqueta queda obsoleta?
El otro día vi que faltaban las llaves de casa de la mesa de la entrada, supuse que un invitado muy querido que está pasando las vacaciones con nosotros se las había llevado. Al momento entré en pánico. Mi invitado tiene la etiqueta de “todo lo pierde”, así ha sido desde niño, y mis llaves son complicadas para hacer copias. Cuando lo vi le pregunté por las llaves y me confirmó que se las había llevado y que estaban en su bolsillo. Me sinceré mostrándole la preocupación que había tenido porque sé que pierde las cosas constantemente, a lo que me respondió muy seriamente “llevo cuatro años sin perder nada”. Luego, su madre me confirmó que había trabajado para cambiar eso y que así era.
El problema es que una etiqueta se parece mucho a una fotografía. Puede reflejar cómo era alguien, pero las personas no somos una foto, somos una película.
La pena es que somos muy eficaces conservando opiniones antiguas sobre las personas. Una persona que tuvo dificultades para tomar decisiones en una etapa de su vida y pasa a ser «el indeciso». Otra persona reaccionó mal en un conflicto y queda convertida en «la agresiva». Alguien necesitó mucha ayuda cuando llegó a un trabajo y, años después, quienes lo conocieron entonces siguen tratándolo como si todavía no supiera arreglárselas solo. No necesariamente existe una mala intención. Muchas de las etiquetas que más limitan no se hacen para hacer daño, simplemente se instalan, dejan de cuestionarse y empiezan a funcionar como si fueran hechos objetivos. Y ahí se puede producir una situación injusta.
Además, una vez que nos hemos formado una opinión sobre alguien, tendemos a fijarnos especialmente en lo que la confirma. Si pensamos que una persona es desorganizada, recordaremos fácilmente el día que olvidó una cita y daremos menos importancia a las ocasiones en las que planificó bien. Los hechos que contradicen nuestra opinión suelen parecernos excepciones y los que la respaldan se convierten en pruebas. De este modo, la etiqueta se va reforzando a sí misma, incluso cuando la realidad empieza a cambiar.
¿Y qué pasa con las etiquetas que nos ponen a nosotros y no nos gustan?. Decir «yo ya no soy así» no es suficiente, para cambiarlo hay que entregar evidencia nueva. En coaching decimos “la acción mata el juicio”, es decir, cambia tu manera de actuar si quieres que los demás cambien determinada opinión sobre ti; demuestra con actos que están en un error.
Por eso la responsabilidad es compartida. Quien observa debe conservar la disposición a revisar sus etiquetas. Quien ha cambiado debe generar comportamientos que permitan percibir ese cambio. Para actualizar una relación suelen ser necesarios los dos movimientos: alguien que muestre quién es hoy y alguien dispuesto a dejar de mirar únicamente quién fue ayer.
La próxima vez que pienses «es que siempre ha sido así» o «ella nunca cambiará», quizá merezca la pena detenerte un momento y preguntarte: ¿estoy mirando a la persona que tengo delante o sigo mirando una fotografía tomada hace años?
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