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Dentro del centro para personas sin hogar que visitará el Papa en Madrid: jóvenes y asalariados en busca de un alquiler

Lourdes Barragán

Madrid —
12 de mayo de 2026 22:19 h

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Aunque el estereotipo diga lo contrario, para verse en la calle no hace falta ser alcohólico, drogadicto o venir de una pobreza extrema. Basta con un golpe de mala suerte y unas circunstancias adversas para que, en un mercado inmobiliario cada vez más tenso, tener una casa o pagar el alquiler deje de estar al alcance de muchos. “Yo me vi en una situación complicada, solo y sin redes familiares a las que poder volver”, confiesa Carlos, que tiene 35 años y ha pasado el último mes en un centro temporal para personas sin hogar. Después de días complicados, ha encontrado trabajo como ayudante de pintor. “Cuando no tienes casa, tampoco hay donde ducharte o asearte antes de una entrevista, por ejemplo. Y entonces, todo empeora”, explica desde la habitación compartida donde ahora pasa las noches. Él logró una plaza en el CEDIA de Lucero, un centro de atención e información las 24 horas que pertenece a Cáritas y que, pocas semanas después de su marcha, recibirá una visita especial: la del papa León XIV.

El mismo día de su llegada, después de un primer recibimiento institucional en el Palacio Real, la segunda parada de León XIV será este espacio de acogida en la calle Cullera. Está en el distrito de Latina y no es un recurso público, aunque sí gratuito para los usuarios: forma parte de la red de Cáritas Diocesana, el brazo de la Iglesia católica para acciones sociales. Un día, una delegación del Vaticano acudió a ver las instalaciones y observar sus actividades, con talleres de inclusión para los usuarios o herramientas de atención psicológica. Tiempo después supieron que el Papa había escogido este centro de personas sin hogar para conocerlo personalmente en su primer viaje oficial a Madrid.

El espacio dispone actualmente de 92 plazas, con 47 de ellas dirigidas a hombres para pasar la noche, 20 para las mujeres y otras 25 que funcionan como centro de día. La mayoría de la gente permanece aproximadamente un mes, aunque el responsable del centro avisa de que cada caso es muy distinto: hay quienes llegan en situación de alta vulnerabilidad y necesitan más tiempo, e incluso un 20% de sus usuarios tienen un trabajo remunerado, pero necesitan ahorrar para pagar la fianza y el primer mes de un alquiler. “Hace años ayudábamos a algunos a pagar la entrada para un piso de alquiler. Ahora, cuando lo hacemos, es para acceder a una habitación que puede llegar a los 600 euros mensuales”, destaca Juan José Gómez, al frente del centro.

“Intentamos ayudarles a recuperar su dignidad, primero con recursos básicos como una cama, comida, ropa o ducha y, luego, orientándoles en la búsqueda de empleo o con apoyo psicológico”, añade en declaraciones a los medios ofrecidas esta mañana. Sobre qué empuja a estas personas a terminar en situación de calle hay múltiples respuestas. El propio coordinador del centro señala que cada vez acuden más jóvenes en situación precaria, e incluso dos de cada diez usuarios llegan con trabajo y cobrando un sueldo, pero no pueden permitirse un alquiler en un mercado “inaccesible”, en palabras de Gómez. En 2025 pasaron por allí 2.534 personas, pero solo dieron plaza a 880.

“Está claro que es un recurso limitado para la alta demanda que existe en Madrid, pero es la capacidad que tenemos”, reconoce Gómez, aludiendo a que el CEDIA debe ser un complemento de los espacios públicos disponibles. Uno de ellos, precisamente, es la campaña anual contra el frío, en la que el Ayuntamiento despliega un dispositivo especial junto al Samur Social para ofrecer alojamiento o comida caliente y evitar las noches al raso en invierno. Allí fue la primera vez que Carlos, actualmente en el CEDIA de Cáritas, accedió a un servicio destinado a personas sin hogar. Alguien que conoció en esos días le recomendó buscar plaza en este centro de la Iglesia, sin saber aún que acabaría entre los lugares que recibirán en junio a León XIV.

“Yo espero que la visita del Papa nos traiga visibilidad y cambie en algo las políticas públicas del Ayuntamiento. Porque quien diga que nos va bien en materia de servicios sociales, miente”, sentencia el joven, apuntando a centros “sin limpieza o higiene” que prefiere no mencionar. En total, la red municipal dispone de seis espacios de acogida (San Isidro, La Rosa, Juan Luis Vives, Puerta Abierta, Beatriz Galindo y Pedro Meca) repartidos en la capital. Todos ellos suman 1.210 plazas disponibles que, este año, pretenden ampliarse hasta las 1.400. Sin embargo, por sí sola no puede absorber toda la demanda de que existe: solo el año pasado, los equipos de calle del Ayuntamiento de Madrid atendieron a más de 13.000 personas sin hogar.

“Al Papa también le pediremos que se mejoren las políticas sociales destinadas al sinhogarismo”, añade uno de los trabajadores de Cáritas en la calle Cullera, en una jornada de puertas abiertas que ha tenido lugar este martes. A lo largo del año pasado, atendieron a más de 2.500 personas en situación de calle. Pero el proyecto empezó siendo algo mucho más pequeño: un recorrido en furgoneta con café caliente para los perfiles vulnerables. De eso hace ya medio siglo, y no fue hasta 2008 que aterrizaron en Lucero ya como centro integral de acogida. Actualmente, entre sus usuarios hay una mayoría de hombres (75%), y solo un 25% son mujeres. Acuden sobre todo españoles, latinoamericanos u otros migrantes de origen magrebí y subsahariano, según ha expuesto el responsable del centro.

Sin embargo, le preocupa que en los últimos años reciban cada vez a más jóvenes. “La edad media es de 37 años, pero la mayoría entra en una horquilla de entre 35 y 50 años”, ha añadido, incidiendo en que la realidad actual de Madrid son “unos sueldos muy precarios” y un difícil acceso a la vivienda. Esteban, trabajador del centro y migrante de 26 años, explica que en sus instalaciones hay distintos modelos de habitación (individuales, dobles o con cinco camas) ya que “el sueño es complicado” y cada persona tiene unas necesidades concretas. “Algunos roncan, otros tienen problemas para dormir y muchos chicos llegan de madrugada, agotados de trabajar”, subraya. Así que tratan de adaptarse a cada situación individual en un contexto donde cada vez más usuarios tienen empleo, pero no vivienda.

En su experiencia, el miedo más habitual entre quienes viven en la calle no es únicamente dormir al raso, sino perder las pocas pertenencias que conservan. Por eso, también incluyen servicios de consigna que el centro mantiene en la planta baja. Otras veces, resume el empleado, “lo único que tienen cabe al lado de la cama”. Las duchas, la ropa limpia o el acceso a una cena caliente forman parte de una rutina básica que, para muchos, resulta imprescindible antes de acudir a una entrevista de trabajo o intentar mantener un empleo precario.

Esteban insiste en que el recurso tiene limitaciones y que no puede dar respuesta a todos los perfiles. Antes de acceder, cada persona pasa una entrevista previa y existen criterios específicos de admisión, como la exclusión de mayores de 65 años o de personas con patologías graves que requieren otro tipo de atención especializada.

Han llegado a recibir solicitudes de familias enteras, parejas o personas con trayectorias muy distintas que, en otros recursos sociales, se encuentran “listas de espera de hasta un año” para poder entrar. Aunque el responsable del centro apuntala que muchos de sus usuarios han podido dejar la calle, los trabajadores reconocen que a veces “es difícil lograr una mejora si no hay cambios estructurales” en la atención al sinhogarismo. “Hace falta iniciativa propia, pero también recursos reales para que el trabajo pueda dar resultados”, concluye otro de los empleados del centro. Para la visita del Papa, tratarán de no enredarse en preparativos: quieren que se los conozca sin edulcorantes.