La Comunidad de Madrid nació queriendo ser moderna: la bandera del mejor diseñador y el himno del filósofo ácrata
El pasado 2 de mayo falleció José María Cruz Novillo, el hombre que diseñó España, parafraseando el título de un documental que versa sobre el personaje. Los obituarios se llenaron de los nombres de instituciones y empresas a las que dio una identidad gráfica reconocida por todos (Correos, Cuerpo Nacional de Policía, Antena 3 Radio, Renfe, ONCE, Repsol…). El día de su fallecimiento, fiesta oficial de la Comunidad de Madrid, subraya una de sus creaciones más presentes –maldito centralismo–: la bandera de dicha comunidad autónoma, que diseñó junto con el poeta y periodista Santiago Amón.
La Constitución de 1978 había dejado la puerta abierta a lo que luego conoceríamos como Estado de las autonomías, que en ese momento estaba por definir. Los pactos autonómicos de 1981 entre UCD y PSOE y la aprobación en julio de 1982 del proyecto de Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico (conocido como LOAPA) adoquinaron el camino, y Madrid dejó de ser cosa de castellanos viejos con la constitución de su propia comunidad en 1982. Como en la capital somos más chulos que nadie, se hizo “por motivos de interés nacional”.
Cruz Novillo y Amón recibieron el encargo de crear un símbolo nuevo y recurrieron para ello a imaginarios extra heráldicos –nada de cuarterones– con mimbres de la tradición madrileña. “Para una Comunidad nueva, un nuevo diseño”, dijeron. El escudo fue también llevado a cabo por ambos.
A principios de 1983 se reunieron con Javier Sesma, consejero de Presidencia de la Comunidad de Madrid, y comenzaron a revisar posibilidades. Pronto, decidieron que el rojo carmesí del pendón de Castilla debía dominar en la bandera. En realidad, Super Warm Red de Pantone. La definición concreta es la que hace la Ley 2/1983, que regula la bandera, el escudo y el himno: “La bandera de la Comunidad de Madrid es roja carmesí, con siete estrellas de plata, de cinco puntas colocadas cuatro y tres, en el centro del lienzo.”
El trabajo requirió de mucha documentación y no está exento de polémica: ¿rojo carmesí o morado? Blanca Cid Villagrasa explicaba de esta manera la elección en la revista de la Asamblea de Madrid:
“La primera duda que se suscitó fue cromática, esto es, morada o carmesí. La aparición del morado como color distintivo de Castilla no se remonta más allá del siglo XVII y en parte fue por la confusión promovida por el Conde Duque de Olivares, o derivadas, según cuentan del 'pendón morado' que él hacía ondear en un regimiento suyo, de nombre 'Castilla'. Sin embargo, no era pendón sino estandarte, y no era morado sino rojo carmesí (la intemperie convirtió en morada la tela roja). El auténtico color de Castilla era el rojo carmesí”.
“Pero tampoco estaba nada claro qué color era el carmesí. Carmesí proviene de la palabra 'Quermes' que significa 'el color del quermes', y si del quermes se obtuvo un color rojo encendido, de la cochinilla se logró un 'grana subido', llamado 'carmesí'. En él preponderaba el matiz vivo del rojo sobre el apagado grana hasta el extremo de que, 'carmesí' se equiparó a 'tela roja sin otra diferencia específica”
La querella sobre el color no fue solamente historiográfica: el Grupo Popular enmendó el uso de la palabra rojo, intentando que figurara solamente carmesí.
Las siete estrellas de cinco puntas, comunes al escudo, representan las de la constelación de la Osa Mayor recortándose sobre la sierra de Guadarrama y simbolizan también las cinco provincias que limitan geográficamente la Comunidad. Una vez más, el grupo popular intentó que las estrellas no fueran de cinco puntas, aludiendo a razones de tradición heráldica y, quizá, tratando de evitar la similitud con las estrellas revolucionarias que poblaban otros símbolos en la época.
Un himno en el que Madrid nos habla en primera persona
Una vida paralela a la bandera –y no menos curiosa– tiene el himno de la Comunidad de Madrid. Porque sí, Madrid tiene un himno y es de lo más curioso. La música pertenece a Pablo Sorozábal (hijo del compositor de zarzuelas del mismo nombre) y la letra a Agustín García Calvo. Quien nos habla en el himno es la propia Comunidad de Madrid, que se narra en primera persona. Empieza:
Yo estaba en el medio:
giraban las otras en corro
y yo era el centro.
Ya el corro se rompe,
ya se hacen Estado los pueblos,
y aquí de vacío girando
sola me quedo.
En 2020 salió publicada en El País la correspondencia mantenida entre Enrique Tierno Galván y Agustín García Calvo en 1983 a propósito de la letra. A ambos les unía un pasado en la universidad y en la oposición al régimen franquista. En 1965, los catedráticos Agustín García Calvo, José Luis López Aranguren y Enrique Tierno Galván fueron expulsados de la universidad madrileña acusados de apoyar las protestas estudiantiles que se sucedieron aquel año. Unos años después, el uno convertido en alcalde y el otro en figura de la contracultura, unieron fuerzas para pergeñar el himno de una nueva autonomía.
La iniciativa de ofrecer a Agustín García Calvo la redacción del himno le corresponde, sin embargo, al socialista Joaquín Leguina, primer presidente de la CAM. El lingüista y filósofo ácrata aceptó el encargo desinteresadamente –cobraría una peseta por el trabajo–, pero no se lo tomó con la solemnidad que suelen afrontarse este tipo de encargos. Le contaba entonces al periódico El País que “si fuese un himno para una entidad nacional, o un himno a España o al Mercado Común o el Himno de Artillería, habría dicho que no. Pero la autonomía de Madrid es una fantasía política muy clara y coloca las cosas en otro plano. A lo mejor me divierte la idea, pero igual resulta un himno demasiado divertido”.
El resultado final llegó después de corregir muchas propuestas. Aunque cuesta creerlo leyendo la ya de por sí curiosa letra vigente, las primeras versiones eran aún más tocantes con el absurdo, razón por la cual Leguina se vio obligado a recurrir a la interlocución de Tierno Galván. Como muestra, un botón. En su versión primigenia incluía el verso: “Mire, Anacleto, las vueltas que da el mundo para estarse quieto” [en referencia al personaje de cómic Anacleto, agente secreto].
Una de las discusiones lingüísticas de mayor enjundia entre el viejo profesor y el anarquista de salón (que podría ser el del café La Manuela, en Malasaña) fue la introducción en el texto de la palabra nada como definitoria de una entelequia oficializada entonces en Comunidad Autónoma llamada Madrid. Había un verso que decía “capital de la nada, oficinas”, que desaparecería. El concepto nada también mutaría en el de algo en otra parte del libreto. De “que, para no ser nada/ soy madrileño” pasó a ser “que solo por ser algo/soy madrileño”. El himno se estrenó en 1984 pese a la oposición popular (del partido, que entonces era aún Alianza Popular).
Como en el caso de la bandera y el escudo, el himno también se oficializó a través de la Ley 2/1983. Allí se dice en sus artículos 6 y 7 que: “El himno de la Comunidad de Madrid se compone del poema de tres estrofas que figura como Anexo I de la presente Ley y la correspondiente partitura musical que figura como Anexo 2”.
Los anexos musicales, con sus negras y sus corcheas, permiten que en los actos oficiales suene comúnmente el himno solamente a través de la música de Sorozábal. Cada cierto tiempo, alguien comparte en redes un vídeo glorioso en el que el propio García Calvo canta el himno en el Ateneo de Madrid acompañado de la poeta Isabel Escudero (su pareja) y el público de la institución. ¡Qué pena que no se cante más!