Desmontar el antiguo teleférico de Madrid es destruir un icono para la ciudad y acabar con una experiencia irrepetible
Hace más de una semana comenzaron unas obras importantes en pleno corazón de la Casa de Campo. Se trata de la renovación del Teleférico de Madrid. Mucho se podría decir respecto a lo que va a suponer que se duplique la velocidad y se multiplique por 1,5 la capacidad para mover usuarios, pues quienes quieran disfrutar de las vistas de la cornisa de la ciudad y la ribera del Manzanares, pues lo harán solo durante cinco minutos y en cabinas bastante llenas, justo lo que contrario a lo que se quiere cuando se pretende exprimir al máximo una experiencia como es la de surcar el cielo de Madrid.
Pero esta tribuna no va en esa dirección, sino en el análisis de lo que supone esta renovación a nivel patrimonial. El término “renovación” no ha resultado casual. Es el eufemismo que se ha elegido para enmascarar la inmensa pérdida que va a suponer para nuestra ciudad que se desmantele un símbolo de primer orden, pues nuestro teleférico no se va a renovar, sino que se va a sustituir por una suerte de telecabina de estación de esquí suiza.
El Teleférico de Madrid conecta la Casa de Campo con el Balcón de Pintor Rosales desde el 20 de junio de 1969. Este recorrido por un entorno tan especial como es la cornisa de la ciudad ha convertido a este bien en un icono paisajístico muy reconocible de nuestro paisaje urbano, que trasciende su función práctica de transporte recreativo para ser un elemento simbólico de la ciudad. Su perfil se ha convertido en un emblema visible desde diversos puntos de Madrid, contribuyendo a su identidad como ciudad y aportando una perspectiva única y reconocible a su paisaje urbano. Así, el Teleférico de Madrid constituye un elemento imprescindible para explicar los elementos declarados BIC de Casa de Campo y las protecciones del Parque del Oeste y del paisaje de la cornisa del río Manzanares. Tanto es así que la estampa del Teleférico ha constituido un elemento recurrente de postales e instantáneas que han configurado la imagen y el recuerdo que tenemos de la Casa de Campo a nivel colectivo. Por ello, su modificación sustancial es una gran pérdida, pues supondrá una pérdida irreparable para la integridad y legibilidad del conjunto patrimonial histórico de Casa de Campo.
¿Quién puede asegurarnos que no serán más elementos de la Casa de Campo los que se modifiquen en el futuro? No es una pregunta menor si tenemos en cuenta que, en paralelo, las obras de soterramiento de la A-5 también están modificando el paisaje en varios puntos de su contorno, tanto con talas como con el descalce de un tramo de la tapia original del siglo XVIII y la construcción de nuevas obras hidráulicas cuyos volúmenes están alternado el paisaje de la franja de la Casa de Campo paralela a la autovía.
Con estos movimientos, la Casa de Campo está hoy más desprotegida de lo que lo ha estado desde su declaración como BIC en 2010. No solo desde un punto de vista ambiental, que también si tenemos en cuenta las talas y trasplantes necesarios para ejecutar las obras (como también pasará en el Parque del Oeste), sino por la pérdida de memoria de la historia contemporánea. El Teleférico de Madrid tuvo una gran trascendencia en lo que se refiere a su aportación al discurso desarrollista del segundo franquismo, dando al desarrollo económico una significación respecto al ocio y el tiempo libre que la mejora de las condiciones económicas permitía. Esta cuestión es relevante porque, para su construcción, se buscó una estética propia que, a día de hoy, hace que la instalación del propio teleférico, así como los locales adscritos tengan un valor en sí mismos desde un punto de vista patrimonial, pues representan un tipo edificatorio singular cuya disposición estaba pensada para integrar las estaciones del teleférico dentro de un proyecto mucho más amplio y ambicioso que supuso también la construcción del Parque de Atracciones, el nuevo zoológico y una reforma profunda de los espacios en que se celebraban las Ferias Internacionales del Campo. Pero también la propia instalación industrial es un ejemplo de esmerada arquitectura industrial con vocación de emblema de marca, que trataba de subrayar el discurso del desarrollo económico y social de este periodo y la búsqueda de la proyección nacional e internacional de los valores turísticos de la ciudad de Madrid.
Con estas obras, perdemos además un icono que ha permanecido hasta ahora tal y como se diseñó inicialmente. Perdemos, por ello, una auténtica pieza de museo al aire libre que hubiera merecido ser conservada, algo que no ha sucedido porque nuestro gobierno municipal no siente como propia la ciudad, sino que insiste en ponerla al servicio del turista. Y ahí un teleférico más moderno, aunque pierda su esencia, resulta más rentable. Es esta la clave de bóveda de esta operación, pues tanto la renovación como el plan de explotación que tiene previsto el equipo de Almeida mira en exclusiva hacia un incremento de la producción de transporte y al beneficio económico en sus nuevos restaurantes y tiendas, sin entender que el valor del Teleférico de Madrid no está solo en su existencia, sino en la experiencia que proporciona al usuario montar en un elemento industrial único a nivel mundial. Y, es que, incluso para quien no valore la ciudad por lo que es, sino por lo que ofrece al visitante, nuestro teleférico era ya un reclamo turístico tal como estaba, precisamente por conservar su carácter original y por ofrecer una experiencia irrepetible.
Sí, irrepetible, pues actualmente es el único representante tecnológico a nivel mundial de telecabina desembragable de movimiento unidireccional continuo, con dos cables, uno tractor y otro portador (lo que en terminología actual se denomina “2S”) que sigue en uso manteniendo sus piezas originales. Así, ¿quién puede asegurarnos que alterar su diseño y su funcionamiento no supone poner en riesgo ese valor diferencial que hoy lo distingue y lo hace singular, también para el turista? Si se transforma en un mero medio de transporte, intercambiable y prescindible, cuando su verdadera fuerza reside en ser un elemento único que conecta paisaje, historia y memoria colectiva, puede dejar de resultar atractivo. Lejos de destruir este emblema de nuestro patrimonio industrial, con el que se extingue una tipología industrial completa, debería haberse protegido. Era tan sencillo como sustituir el cable portador que se había averiado y mantener el resto de sus elementos estructurales y mecánicos, que aún funcionaban perfectamente, para mantener el testimonio único e íntegro de la cultura de los teleféricos que nos ha brindado hasta ahora el Teleférico de Madrid.
Pero la pérdida más grande que vamos a sufrir es la sentimental. Todas las generaciones de madrileños desde 1969 hemos crecido con el teleférico como parte de nuestra vida. Esa continuidad durante casi 60 años ha actuado como un lazo simbólico que ha vinculado su historia con la nuestra y estas con nuestro presente. Con esta “renovación” no destruyen nuestros recuerdos de infancia, que permanecerán con nosotros, pero sí eliminarán la posibilidad de volver a ese lugar en el que fuimos tan felices y reconocer ese teleférico al que íbamos con nuestras familias, a veces a montar y otras a verlo surcar nuestro cielo. Lo que se está desmantelando ha sido mucho más que un medio de transporte, ha sido una pieza fundamental de nuestras vidas. La falta de protección administrativa y el ansia por poner en venta Madrid están destruyendo nuestro teleférico. Tan empeñado como está Almeida buscando un icono para la ciudad, resulta que ya lo tenía y se lo está cargando.