Se oyó fuera del estadio
DENME MAYÚSCULAS MÁS GRANDES
La agónica victoria de Argentina contra Cabo Verde —sí, ese Cabo Verde que también por aquí nos tomamos a choteo— nos privó de uno de los mayores espectáculos que el fútbol ofrece fuera del estadio: los insultos de los fans de la albiceleste, disciplina en la que son imbatibles. Aquellos ya clásicos “cementerio de canelones”, “tobogán de piojos” o “termotanque de sida” se hubiesen quedado en nada si Vozinha, Lopes Cabral —¡qué golazo!— y compañía los hubiesen apeado del Mundial. En Qatar, tras perder con Arabia, describían a los saudíes como “hijos de mil putas que se criaron tomando agua del mismo río donde cagó su vecino dos minutos antes” y cuyo deporte nacional era “el lanzamiento de mujeres y granadas”. ¿Qué no hubieran dicho de los tiburones azules, y de su propio equipo, en caso de caer derrotados...? “DENME MAYÚSCULAS MÁS GRANDES”.
Una previa de ese ingenio la dejó el usuario de X @Chapamariano_ en una conversación sobre la envidia que provocaba en Argentina la celebración de las victorias inglesas con música de Oasis. Un hilo que llegó al propio Liam Gallagher. El de Mánchester contestó a un comentario de Chapa en el que recordaba —¡como elogio!— que los hermanos se fundían el subsidio del paro (UB40) “en drogas y alcohol”. “No hay nada malo en eso ¿En qué más lo vamos a gastar?”. Fue entonces cuando llegó la réplica inesperada: “¿Qué onda, pedazo de loro? Te estaba defendiendo, yo hubiera hecho lo mismo con el subsidio. Era una discusión de argentinos. No saltés que no hay charquito”. Chapa se ha puesto como bio de X Walnut whopper, el apelativo que le dedicó el vocalista y cuya traducción aún genera debate en internet.
De pura casualidad, en 2014 me vi la final del Mundial entre Alemania y Argentina en un bar de Menorca rebosante, cómo no, de ingleses. Sobre el papel, ninguno de los dos equipos parecía santo de la devoción de aquella ruidosa parroquia. Por un lado estaba la cicatriz de la Segunda Guerra Mundial pero, por el otro, las más recientes Falklands y, sobre todo, la Mano de Dios. Una rápida encuesta sin valor científico —sumada al posterior disgusto— dejó claro que los hijos de la Pérfida Albión torcían por los de Messi. Dunkerque o el blitzkrieg dejaron heridas profundas y allí no tienen un Feijóo que reduzca estas cosas a una “una pelea de abuelos”. Las Malvinas, por tanto, solo suponen una herida abierta en Argentina. Seguramente, también por aquello que decía el chiste: “Quedamos segundos”. Como la albiceleste en Brasil, aunque esta vez para disgusto de los británicos.
Esta semana, la eliminación, el mismo día, de Japón y Alemania, provocó que se multiplicasen los chistes sobre 1945. ¿Qué sería de un evento como el Mundial sin las referencias políticas? Estados Unidos abrió sus puertas a antiguos enemigos —más complicado lo tuvieron los actuales— y los dos se volvieron a casa tan aprisa que no tuvieron tiempo de volver a atacar Pearl Harbor. La tercera pata del Eje, Italia ni siquiera consiguió clasificarse —le pasó como a España en la IIGM, que cayó en su propia eliminatoria—, y eso “es peor que te cuelguen boca abajo”.
La frase es de Manu Sánchez, uno de los que –fuera del estadio– le están sacando más rendimiento a este Mundial, y que tampoco se resistió a jugar con estos símiles. Lo hizo en un speech en el que volvía a defender la plurinacionalidad de España —la que representa un combinado con Lamine, Nico Williams, Oyarzábal o Borja Iglesias— antes de lanzar su gran propuesta: “Banderas tienen todos; persianas, nada más que nosotros”. Un invento muy útil, ahora “que pretenden de nuevo ponernos cara al sol” y que él atribuye a aquella época en la que el astro rey “no se ponía en nuestro imperio”, como cantaban Los Nikis. De aceptar su propuesta, en la previa contra Portugal, mientras suena el himno, deberían desplegar sobre el césped una veneciana rojigualda. Si los lusos contestan con un estandarte de rizo americano, vamos directos a la prórroga.
Las arengas de Sánchez (Manu) enfadan a la caverna como todo lo que rodea a esta versión de La Roja, un apodo que aún levanta urticaria a ultras como el exbaloncestista Alfonso Reyes. “Están mamando España sanchista muy por encima de sus posibilidades”, resumía Ramón Espinar al compartir el vídeo de Bardem, Pe y Rosalía celebrando la victoria frente a Austria, país natal de cierto aspirante a pintor.
Puede que Espinar no tenga ni idea de lo que es una mariscada, pero aquí dio en el clavo. Hasta el nombre del hermano de Lamine, Keyne, parece elegido para defender una mayor intervención del Estado en la economía –“impuestos y paguitas”–, que siga abasteciendo de cryptobros y streamers a la selección nacional de Andorra.
Keyne —el niño, en singular, no el economista— se convirtió en un meme instantáneo, santo subito, por su celebración del segundo gol de Oyarzábal. En Twitter, al periodista Fran Guillén le molestaba que “la rubia de delante” ocultase la mitad de la celebración. Borja Iglesias, rápido como si estuviese en el área chica, le respondía: “La rubia de delante te ha dado hoy un doblete, amigo”. La mujer era, efectivamente, la amatxu de Mikel.
Se está hablando poco del papel de Borja —y de su inseparable cámara— en este equipo. El Panda, inédito aún sobre el verde —“no me has visto fallar”, respondía con ironía a uno de sus críticos— se encarga en las redes de frenar las internadas por la banda derecha de los extremos de la caverna. En la grada, intercambió camisetas —las de sus clubs— con Alexia, el mismo día en que esta dejó otra imagen para la historia con Pe y con Rosalía.
Al abrazo de los goleadores tampoco le faltaba simbolismo: Borja fue el primero en renunciar a la selección tras el beso de Rubiales a Jenni Hermoso, antes incluso de que Putellas lanzase el que acabó siendo lema de aquella revuelta histórica: #SeAcabó. Los dos saltaron sin saber si había charquito. Hay elogios que también merecen mayúsculas más grandes.