Que los señores malos no nos roben el fútbol
En el año 2021, el cantautor italiano Diodato publicaba su canción “L'uomo dietro il campione”, compuesta para la película Il Divin Codino que narraba la vida del futbolista Roberto Baggio. La letra de la canción habla de cómo los recuerdos futbolísticos de las entonces niñas y niños italianos ayudan a afrontar la juventud y, en última instancia, la vida. El penalti fallado por Baggio en aquella sofocante tarde de 1994 en Pasadena, California, forma parte para siempre de la memoria colectiva no solo de Italia, sino también de toda una generación, la mía, que vivimos esa Copa del Mundo Estados Unidos 94 como la primera.
En la canción de Diodato, el artista italiano nos canta:
“Più di vent'anni in un pallone, / Más de veinte años en un balón,
Più di vent'anni ad aspettare quel rigore, / Más de veinte años esperando ese penalti,
Per poi scoprire che la vita, / Para después descubrir que la vida,
Era tutta la partita. / Era todo el partido.
Era nel raggio di sole, / Estaba en el rayo de sol,
Che incendiava i tuoi sogni di bambino, / Que encendía tus sueños de niño,
Era nel vento che spostava il tuo codino, / Estaba en el viento que movía tu coleta,
Che a noi già quello sembrava un segno divino.“/ Que a nosotros ya nos parecía una señal divina.
El penalti fallado. La coleta mecida por el viento. La divinidad hecha hombre. Hacernos soñar. Eso es lo que el fútbol consigue. Hay que ser poeta para decirlo tan bonito.
Las niñas y los niños italianos lloraron ese penalti hasta que se dieron cuenta, como Diodato, de que en la derrota fue cuando más aprendieron lo que era la vida. Que se pierde muchas más veces de las que se gana y que a medida que crecemos vamos alejándonos más y más de lo que fuimos.
En esa Copa del Mundo España no llegó a semifinales, algo que con el tiempo también se convirtió en una suerte de identidad de lo que éramos. No demasiado malos; no lo suficientemente buenos. “A ver si esta vez pasamos de cuartos.” Lloramos también, como las niñas y los niños italianos viendo el balón de Roberto Baggio perderse en la inmensidad del cielo californiano. Lloramos de rabia, sin polarización, por la nariz de Luis Enrique. Eran otros tiempos.
Pero aprendimos. Aprendimos que la vida era injusta y que el tabique roto de Lucho merecía un pase a semis. Aprendimos que, demasiadas veces, lo que nos separa de nuestros sueños son unos señores malos que pueblan el mundo y que uno de ellos en forma de árbitro húngaro nos había dejado sin alcanzar este.
Pasaron los años y ganamos. Ganó Italia y también España y ni todos los “Sándor Puhles” del mundo, tal era el nombre del ignominioso colegiado, pudieron con el hombre bueno que era Iniesta de mi vida. Pero no recuperamos la inocencia. La promesa del fútbol se vio amenazada para siempre de una sombra alargada y funesta, la de la injusticia, no solo la deportiva, y la muerte de los sueños. Vinieron mundiales que recordaban a otros pasados, tufos de dictaduras y violaciones de derechos humanos. En 1978, en la Plaza de Mayo no le llamaban todavía sportswashing, pero la idea ya la entendían.
La infancia tenía eso, te permitía creer que podían pasar cosas extraordinarias. Como la coleta de Baggio, que era lo nunca visto y ya te indicaba que aquel joven era capaz de hacer cosas increíbles. Y además era budista. Lo nunca visto. Pero falló el penalti. No siempre ganan los que más lo merecen y aquellas cosas que deseábamos tanto poseer nunca llegaron. Yo nunca jugué tampoco como Patri Guijarro, aunque por aquel entonces todavía no sabía que quería ser como ella. Lo dicho, otros tiempos. Algo bueno deberá tener el presente, digo yo.
Así que los sueños no llegaron, pero el fútbol se quedó aquí para siempre, todavía insinuando con cabezonería que en algún instante mágico podemos ser felices. También se quedaron los señores malos. Los señores malos son cada vez más. Y ahora ya no visten de árbitro húngaro, sino de presidentes, de agentes de inmigración asesinos y de genocidas. Y nos damos cuenta de que la edad adulta es una mierda y que ahora, que tenemos la casi completa seguridad de que sí vamos a pasar de cuartos, ya no lo disfrutamos como lo haríamos antes, cuando no sabíamos nada. Cuando todavía no conocíamos a Lamine Yamal ni sabíamos por qué narices sería tan importante, décadas después, que un chaval de Rocafonda pasease aquella bandera en un momento de gloria. Cuando solo nos importaba que Lucho dejase de sangrar y que el húngaro pitase el maldito penalti, que además era clarísimo y no hacía falta ningún VAR para verlo.
Veremos el mundial, para qué engañarnos. Deberíamos no verlo, por todo lo que representa y promete en términos negativos, pero lo veremos. Porque no aspiramos a la divinidad como Roberto Baggio. Los seres humanos, en nuestras contradicciones e hipocresías, solo deseamos algunos instantes de felicidad. Y, tal y como nos recuerda Enrique Ballester, “el fútbol ni siquiera necesita un gol para hacernos estúpidamente felices, un poquito de vez en cuando, en un momento y sin esfuerzo.”
Los señores malos nos roban casi todo. Que no nos roben el fútbol.
El mundial lo vamos a ver, pero no será en silencio. Alzaremos la voz para gritar los goles de Mikel Oyarzabal y Borja Iglesias y para exigir a la FIFA y a los tres países anfitriones que este sea un mundial sin miedo, sin represión y sin excusas. Amnistía Internacional te lo explica aquí.
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