Prácticamente un inútil
Ganamos la final mañana
España fue campeona del mundo, como supimos cinco días antes de la final, justo después de ganar en semis a Francia de esa manera tan pletórica y minuciosa que incluso nos asustamos. Algunos tuvimos que ver ese partido en diferido una vez acabó en directo, con la alegría de que el resultado fue exactamente el mismo. Pero saberlo es una cosa, amigos, y otra que suceda. De hecho, podíamos tener conocimiento del triunfo de la selección, por nuestras fuentes, o nuestras figuraciones, y que al final ganase Argentina, y que la copa viajase en otra dirección. Cuántas veces, cuántas, se saben las cosas equivocadas. Ni respondiendo “cuatro” a la pregunta “cuánto son dos y dos” puedes quedarte tranquilo. Aparece uno de esos árbitros que le tocan a Argentina, y te hace ver que dos más dos también son cero.
Baste decir que, con el partido ya muy avanzado, apareció un pequeño gráfico en la pantalla que indicaba que España había disparado veinte veces en busca del gol, y Argentina ninguna, estadística simpatiquísima de la que se derivaba que el encuentro estaba empatado. Pero insisto, lo supimos, así que el sábado, para ir adelantando trabajo, escribí las tres primeras líneas de esta columna, es decir: “España fue campeona del mundo, como supimos cinco días antes de la final, después de ganar en semis a Francia de esa manera tan pletórica y minuciosa que incluso nos asustamos”. Y ahí lo dejé –lo peor estaba hecho– para irme a la piscina a nadar, como Kafka la tarde de agosto de 1914 que Alemania declaró la guerra a Rusia. En muchas ocasiones todo lo que uno necesita es un comienzo, como en aquella lejanísima época en la que a los coches solo les pedías el milagrito de que arrancasen.
Tuve que regresar de la piscina sin ponerme el bañador porque recordé que desde la victoria ante los franceses no había dejado de invitar a amigos a venir a ver la final a la terraza, y me convenía pasar por el súper para llenar la nevera antes de que cerrase. Me había excedido con los mensajes de convite. Aunque no estaba nervioso porque cuatro años antes, en vísperas de organizar una fiesta en el mismo sitio, cuando se me había ido mucho más la mano con los invitados, consulté a un arquitecto cuántas personas podía soportar la terraza antes de colapsar y que hubiese amigos muertos. “Con esos metros, y ese año de construcción, hasta 270 puedes meter”, me dijo, y se me pasaron las preocupaciones para varios años.
Todo estaba en su sitio –bebidas, comida, sillas, individuos, banderas– cuando a los cinco minutos de comenzar la final, todos como locos porque ya habíamos tenido dos ocasiones, empezó a llover en Ourense y hubo que abandonar la terraza en estampida, como ñúes, poner a cubierto la televisión, y hacer sitio en el salón, con espacio para ocho personas, a diecinueve, y aun así seguir dándoles de beber y comer. Al descanso se despejó el cielo, cesó la lluvia y volvimos a hacer mudanza a la terraza, acarreando nuevamente por el pasillo el televisor. Se nos iba la final en procesiones y ocasiones falladas. También nos perdimos las actuaciones del descanso, tras las cuales el resultado siguió siendo el mismo, inexplicablemente.
En la siguiente hora y pico todo transcurrió en una nebulosa, fue como ver al caos bailar el vals: un-dos-tres, un-dos-tres, en esa especie de monotonía coja de la que se quejaba el señor Burns en Los Simpson, en ese capítulo en el que se preguntaba “¿Dónde está el cuatro? Toda música necesita un cuatro”. En algún momento de desesperación me vi rezando para encontrar un vaso limpio. No pedía ganar, ojo, porque eso a lo mejor ya lo estaban pidiendo otros, y no convenía duplicar esfuerzos. Primero un vaso, después una ración de salpicón que alguien había mezclado durante una pausa de hidratación, y quizás a continuación un gol. Para cuando al fin llegó todo, incluso más de lo que habíamos pedido, como las hostias que repartieron los jugadores y técnicos de Argentina al acabar la final, fue imposible no recordar que todo eso ya lo sabíamos desde el pasado martes. Pero a veces conviene olvidar las cosas rápido, para enterarse de ellas otra vez a los pocos días, con gran sorpresa.