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CRÓNICA

La vida en La Habana, oscura como la boca de un lobo: “¿Cuándo se acabará este martirio?”

Una montaña de basura arde en medio de la noche oscura en una calle del barrio Habano Centro.
6 de septiembre de 2026 21:24 h

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Las incubadoras se apagaron. Ocurrió una noche de agosto en un hospital de La Habana, cuando se detuvo el grupo electrógeno. La ciudad llevaba horas sin corriente eléctrica, como casi todas las noches de este año, y aquel viejo motor era lo único que separaba a los pacientes de la oscuridad y el calor sofocante. Cuando se paró el generador, se desplomó hasta la esperanza.

En Cuba, la respuesta a una avería así no está en un almacén de repuestos ni en un contrato de mantenimiento, sino en las manos de unos mecánicos capaces de resucitar máquinas muertas con piezas que ya no se fabrican en ninguna parte. Ese ingenio ha sostenido durante décadas al país, pero hasta los milagros se están acabando en Cuba.

Los apagones rematan lo poco que la escasez ha dejado en pie. Con el generador averiado, la vigilancia de los pacientes más frágiles la hacen médicos sin dormir, mal pagados, mal comidos y con una linterna en la mano.

Fuera del hospital, esa misma noche, La Habana está tan oscura como la boca de un lobo. Ni farolas, ni ventanas iluminadas. El mar negro que empieza en el Malecón se ha extendido tierra adentro hasta cubrir la ciudad entera, y sobre ese fondo emergen unas pocas islas de luz. Son los grupos electrógenos de un hotel que resiste o de un raro negocio con propietario solvente. Cada oasis encendido en mitad de la noche se anuncia con un motor diésel que retumba entre los soportales y rebota en las fachadas de puntal alto. De los cortes de luz no se salva nadie, ni la Embajada española en Cuba, colgada de unas placas solares insignificantes.

Lo peor es llegar a la casa a las 12 de la noche, con un calor de morirse, y que no haya corriente para poner el ventilador. Uno se acuesta y no duerme. Y al otro día, vuelta a lo mismo, con el cuerpo hecho leña. Y todo para ganar en un mes lo que cuesta un litro de aceite

Rosana T. Camarera

Un apartamento acumula en agosto un calor que después suelta, despacio, durante toda la noche; sin ventilador, no hay tregua. Los vecinos suben los colchones a las azoteas o los sacan directamente al portal. Los ancianos se sientan en el quicio de la puerta abanicándose con un cartón, esperando el amanecer para sumarse a las eternas colas. Los niños duermen a ratos, sudando.

Rosana T., camarera de 29 años en un paladar —restaurante— de El Vedado, lo cuenta al final de su turno: “Lo peor no es el trabajo. Lo peor es llegar a la casa a las 12 de la noche, con un calor de morirse, y que no haya corriente para poner el ventilador. Uno se acuesta y no duerme. Y al otro día, vuelta a lo mismo, con el cuerpo hecho leña. Y todo para ganar en un mes lo que cuesta un litro de aceite”.

Y lo más difícil de sobrellevar no es la falta de suministro, sino su imprevisibilidad. La luz se va sin aviso y nadie sabe cuándo volverá. Pueden ser seis horas o pueden ser 40. La ciudad ha aprendido a organizarse alrededor de una hora diaria de electricidad y ese cálculo decide cuándo se cocina, cuándo se lava, cuándo se carga el teléfono y cuándo se intenta dormir.

Ni siquiera el corazón monumental de La Habana Vieja se libra ya de la oscuridad. Su cableado subterráneo la mantuvo como el último reducto con corriente, el escaparate que había que tener encendido para el visitante. Ahora también se apaga.

El petróleo del último petrolero

El origen inmediato de la crisis tiene forma de barco ausente. A comienzos de 2026, el corte de los envíos procedentes de Venezuela y México dejó a la isla al borde del colapso energético. En marzo llegó, pese a la presión de Washington, el último cargamento ruso a bordo del Anatoli Kolodkin, unas 100.000 toneladas de crudo, pero fue apenas un alivio puntual. El endurecimiento de la política estadounidense había convertido de facto el suministro de petróleo en un cuello de botella, con amenazas de sanciones y aranceles para quienes intentaran abastecer a Cuba.

Desde entonces, el horizonte se ha ido quedando sin barcos. El último crudo ruso solo dio para llegar a finales de abril, según reconoció el ministro cubano de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, que cifró en ocho los buques de combustible que la isla necesita cada mes para sostener la generación eléctrica y lo poco que queda en pie de la economía. El segundo envío ruso anunciado por Moscú —el petrolero Universal, sancionado por Estados Unidos y la Unión Europea— quedó a la deriva en mitad del Atlántico norte el 21 de abril y allí siguió durante semanas sin llegar a puerto.

Una gasolinera cerrada en La Habana, donde la falta de combustible se ha convertido en uno de los principales problemas para la economía.

A partir de entonces, las consecuencias se encadenan. Sin combustible no hay generación eléctrica. Sin electricidad no hay bombeo de agua y sin agua ni corriente no hay negocio que funcione ni comida que se conserve. Los apagones pudren lo poco que llega al interior de los refrigeradores de los cubanos, de modo que el hambre en La Habana no viene solo de lo que falta en el mercado, viene también de lo que se echa a perder en casa.

El combustible que queda se vende a cuatro dólares el litro, un precio fuera del alcance de la inmensa mayoría. La movilidad en La Habana la han salvado los motocarros eléctricos chinos, que han desplazado a los almendrones —coches estadounidenses clásicos— y a las guaguas —autobuses— en una ciudad donde el transporte público y privado está prácticamente detenido.

Las cuentas que no salen

La economía habanera se ha partido en dos mitades que apenas se comunican: quienes tienen acceso a dólares —una remesa, un negocio privado, alguna migaja del turismo decreciente— y quienes viven de un salario estatal o de una pensión. El salario medio apenas alcanza los 13 dólares al mes, unos 6.900 pesos. Un litro de aceite cuesta ya alrededor de 4.000 pesos, casi el 60% de ese salario, y un kilo de leche en polvo puede alcanzar los 6.500 pesos, prácticamente lo mismo que cobra un trabajador medio en un mes. “Mi hermana está en Tampa y me manda 100 dólares cuando puede. Con eso yo vivo”, afirma Wendy A., peluquera de 36 años.

Mauro P., de 57 años, empezó a pedalear un bicitaxi al salir de la cárcel. “Me metieron tres años. ¿Sabe por qué? Por tener 136 dólares. Me los había mandado un tío de Nueva Jersey y yo los tenía guardados en una lata. Tenencia ilegal de divisa, se llamaba”, recuerda. “Salí en el 93. Y ese mismísimo año despenalizaron el dólar. Salí de la prisión y, en la esquina de mi casa, había un cartel de una tienda que solo vendía en dólares”.

“Hoy —dice—, no eres nadie en este país si no tienes a alguien afuera que te mande dólares o un turista que te pague en divisas o te dé una propina. Este país entero funciona con el papel ese que a mí me costó tres años de mi vida. No pido que me devuelvan nada. Pero me faltaron al respeto”, dice.

Hoy no eres nadie en este país si no tienes a alguien afuera que te mande dólares o un turista que te pague en divisas o te dé una propina

Mauro P. Taxista

Se ha derrumbado, además, el sector que sostenía la entrada de divisas. Entre enero y junio de 2026 llegaron a Cuba 387.591 visitantes internacionales, frente a los 985.606 del mismo periodo del año anterior: un desplome del 60,7%, casi 600.000 personas menos. Y la curva no se ha estabilizado, se ha hundido: en junio solo entraron 28.100 visitantes en todo el país.

La crisis ha empezado a llevarse por delante incluso la propia planta hotelera. El 29 de julio, ante la Asamblea Nacional, el primer ministro Manuel Marrero admitió que siete cadenas internacionales habían cesado sus operaciones en la isla, que entre todas gestionaban el 46% de las más de 80.000 habitaciones del país y que hoy está cerrado el 73% de las instalaciones hoteleras, con 25.000 trabajadores en paro.

Tres de esas siete cadenas son españolas. Meliá Hotels International, que llegó a ser el mayor operador extranjero de Cuba con 34 hoteles y cerca de 14.000 habitaciones, comunicó a la CNMV que cancelaba todos sus contratos el 24 de julio; Iberostar y Barceló confirmaron por las mismas fechas que ya no gestionan ningún establecimiento en la isla. Se marcharon también la canadiense Blue Diamond Resorts, la indonesia Archipiélago International y la turca ATG. El detonante fue la orden ejecutiva firmada por Donald Trump el 1 de mayo, que impuso sanciones secundarias a las empresas extranjeras con vínculos comerciales con GAESA —el conglomerado militar que controla el turismo cubano a través de su filial Gaviota—, y el ultimátum del Departamento de Estado, que dio de plazo hasta el 5 de junio para cortar esos lazos.

Esto no es una temporada mala. Esto es que los operadores han decidido que Cuba no es un destino seguro. Y cuando un turoperador te saca del catálogo, no te devuelve tan fácilmente

Pablo R. guía turístico en paro

En La Habana no hace falta acudir a las estadísticas para comprobarlo: basta levantar la vista y ver los hoteles cerrados y, junto a ellos, también numerosos restaurantes.

Pablo R., de 46 años, estudió Historia del Arte, habla inglés e italiano y durante 18 años explicó a visitantes de 30 países por qué La Habana Vieja es Patrimonio de la Humanidad. Hoy no tiene trabajo, ni él ni ninguno de sus compañeros. “Esto no es una temporada mala. Una temporada mala es que llueva mucho o que suba el euro. Esto es que los operadores han decidido que Cuba no es un destino seguro, porque no lo es con esta negrura. Y cuando un turoperador te saca del catálogo, no te devuelve tan fácilmente”.

Debajo queda todo un tejido de oficios que vivía de aquel flujo que hoy agoniza. Rosana, la camarera, explica: “Lo que se cobraba de verdad era la propina, y la propina era en fula —dólares—. Un turista te dejaba cinco, 10 dólares y con eso resolvías la semana. Eso se acabó”.

En la calle Obispo, donde antes bastaba media hora de espera, Claudia B., de 43 años, 20 de ellos en la prostitución, camina de la Plaza de Armas al Floridita sin cruzarse con un extranjero. “El problema no es la vergüenza, mi amor, el problema es que no hay clientes”, zanja. Tiene una hija de 16 años y una madre enferma que necesita medicación que no hay en ninguna farmacia “y que en la calle vale lo que vale. La cuenta no da. Y el que te diga que da, te está mintiendo o vive de lo que le manda el hermano de allá afuera”.

El festín final de los buitres

La basura, antes de verse, se huele. La recogida de residuos ha desaparecido en buena parte de La Habana, más allá de unos pocos metros de escaparate turístico que también empiezan a resquebrajarse. El resultado son montañas de desechos que ocupan aceras y esquinas enteras, y unas calles que hieden a putrefacción e invocan a la muerte. Mientras, las ratas y las moscas juegan con los niños en las aceras, sobre ellos, planean las auras tiñosas (Cathartes aura), los grandes buitres carroñeros de cabeza desnuda que en La Habana forman parte del paisaje urbano y que parecen prepararse para el festín final.

“Los camiones no salen porque no hay diésel, y el poco que hay se reparte entre generar electricidad y mover los coches de bomberos, que son los que más trabajan, entre apagar la basura en llamas y atender los derrumbes de edificios”, dice Alexis C., músico de 40 años. Arde la basura en Lawton, en Alamar, en Guanabacoa, en Centro Habana, en La Víbora, en El Vedado, de día y de noche. Es un acto de higiene desesperada que engendra un problema nuevo: lo que arde es principalmente plástico, y el humo negro entra por unas ventanas abiertas precisamente porque no hay ventilador. Las llamas, además, se propagan con facilidad hacia edificios que llevan décadas sin mantenimiento y amenazan ruina.

Los niños que están llegando ahora vienen malnutridos. Muchos tienen problemas respiratorios. Llegan deshidratados o con gastroenteritis porque la poca comida que hay está en mal estado

Médica del Hospital Centro Habana

Lo que viene después de la acumulación de basura es previsible, y la Organización Panamericana de la Salud (OPS) lleva meses anunciándolo: con epidemias simultáneas de dengue y oropouche en todo el país, advierte de que el riesgo sigue siendo muy alto. El brote de chikungunya arrancó en julio de 2025 y se ha extendido a toda la isla. A esa lista se suman la leptospirosis y la hepatitis A, dos enfermedades que encuentran en el agua estancada, la basura acumulada, los mosquitos y los roedores su caldo de cultivo ideal. “El Che, que fue médico antes que comandante, no habría aprobado unas calles así. Él sabía que lo primero en medicina es la higiene”, añade Alexis.

Y el círculo se cierra donde empezó, en el hospital de Centro Habana. “Los niños que están llegando ahora vienen malnutridos. Muchos tienen problemas respiratorios. Llegan deshidratados o con gastroenteritis porque la poca comida que hay está en mal estado”, describe una médica que prefiere mantener el anonimato. “Yo puedo tratar a un niño de una bronquitis, pero no puedo mandarlo a una casa distinta”. La cadena de frío de las vacunas es, en sus palabras, “una guerra diaria”.

No exagera: el pasado 10 de agosto, el presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, admitió que 67.000 menores de un año no tienen actualizado su esquema de inmunización, una situación que calificó de inédita en un país que hizo de la vacunación infantil su orgullo. En la misma comparecencia reconoció que la mortalidad infantil se ha duplicado hasta superar el 9,8 por mil y que en la capital alcanza los 14 por mil.

La Habana se queda muda

Hay una pérdida que no figura en ninguna estadística y que quizá sea la señal más elocuente de todas: en La Habana también se está ahogando la música en vivo. Los clubes de jazz y las salas de conciertos han ido enmudeciendo uno tras otro por la misma cadena de causas y efectos. Sin corriente no suenan los equipos y sin turistas no hay caché. Han cerrado El Gato Tuerto y La Zorra y el Cuervo. También La Casa de la Música ha bajado la persiana, como tantos otros locales míticos de la noche habanera.

Alexis explica: “Aquí antes tú abrías la ventana a las ocho de la noche y te entraba música de cuatro sitios a la vez. Reguetón del de abajo, un bolero de la vieja de enfrente, alguien dándole a un cajón en la azotea. Uno se quejaba y todo: 'Coño, bajen eso”, recuerda. “Ahora abro la ventana y lo que entra es calor y el sonido insoportable del generador del vecino. Ni la radio se oye”. Y remata: “Yo no sabía que La Habana se podía quedar muda. Eso yo no lo sabía”.

Algo parecido le ha pasado a la canción de autor. Edmundo R., trovador de 51 años, lleva tres décadas escribiendo en un país donde la crítica se dijo siempre de medio lado. “Uno dice 'la lluvia' y todo el mundo entiende otra cosa. Silvio lo hizo, Carlos Varela lo hizo, todos lo hicimos”, explica. “Este año se me acabó el metaforeo”.

Aquí antes tú abrías la ventana a las ocho de la noche y te entraba música de cuatro sitios a la vez. Ahora abro la ventana y lo que entra es calor y el sonido insoportable del generador del vecino. Ni la radio se oye

Alexis C. músico de 40 años

Tenía escrita una canción sobre el apagón, con su imagen de la vela; la cantó en enero y la descartó en julio. “Estás cantándole a un tipo que lleva 20 horas sin corriente, que no ha podido bañar al niño porque no hay agua, que le entra por la ventana el humo del basurero que están quemando en la esquina, y tú le vas a hablar de la vela como si fuera una postal. Ese hombre no necesita una metáfora, necesita que alguien diga en voz alta que tiene hambre”.

Entre la espada y la pared

Cuba está atrapada entre dos fuerzas que actúan a la vez y que ningún argumento racional puede explicar. En El hombre que amaba a los perros (Tusquets, 2009), el escritor cubano y premio Princesa de Asturias de las Letras Leonardo Padura describió así los durísimos años del Período Especial tras la caída de la URSS: “Asediados por el hambre, los apagones, la devaluación de los salarios y la paralización del transporte —entre otros muchos males—, Ana y yo vivimos un período de éxtasis”. Casi tres décadas después, la pregunta resulta inevitable: ¿podrían hoy Iván y Ana alcanzar aquel extraño “éxtasis”?

Aunque nadie formula la situación de 2026 mejor que Mauro, desde el sillín de su bicitaxi. “Los americanos nos tienen la mano en el cuello, eso es verdad y no hay quien lo niegue, pero el que sufre no es ningún dirigente: el que sufre soy yo y esa vieja que va ahí buscando agua”, dice mientras pedalea por la calle Galiano. “Las termoeléctricas se cayeron solas, compadre, se cayeron de viejas. Esas no las tumbó el rubio desagradable. Esas llevan 40 años sin mantenimiento, y el que lo sabía, lo sabía. Nos tienen entre la espada y la pared y esto no hay quien lo aguante”.

La espada es el endurecimiento del embargo estadounidense, que ha terminado de estrangular una economía ya precaria. La pared es la rigidez de un régimen zombi. Durante las últimas décadas el Estado cubano invirtió en levantar hoteles mientras el campo se descapitalizaba hasta obligar al país a importar la mayor parte de lo que come y las medidas de apertura desesperadas aprobadas este verano llegan sin divisas para financiarlas y sin combustible para moverlas.

Yo tuve miedo toda mi vida. Lo que pasa es que ahora tengo más hambre que miedo, y a mi edad uno hace la cuenta rápido. Además, ¿de qué me van a acusar, de cantar?

Edmundo R. Trovador

El resultado es un país detenido en el tiempo. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) proyecta para 2026 una contracción del 6,5%, la peor de todas las economías de América Latina y el Caribe. El economista cubano Pedro Monreal cree que se queda corta y calcula una caída de al menos el 15%, a la altura de la de 1993, el peor año del Período Especial, cuando el PIB se desplomó un 14,9%. En todo caso, quien padece las 40 horas sin corriente es la enfermera de Centro Habana, el jubilado que baja a buscar agua con dos cubos o el recién nacido de una incubadora que se apagó.

Mauro, que atravesó aquellos años del Período Especial siendo un veinteañero, señala una diferencia entre aquel tiempo pasado y la actualidad: “En los 90 había un plan. Malo, con mucho abuso, pero había un plan: turismo, dólar, remesas… Se levantó una industria de la nada y funcionó. Ahora yo miro alrededor y no veo cuál es el plan. Veo hoteles vacíos que costaron millones mientras las infraestructuras se pudrían”.

“Uno ya no pide una vida mejor, pide poder vivir”

La consecuencia menos esperada de todo esto es que la gente ha dejado de tener miedo a hablar. Es lo que sucede cuando no tienes nada que perder.

El hambre y el insomnio han ido erosionando un miedo que lleva décadas instalado en la isla. Suenan las cacerolas desde los balcones. A veces la gente baja a la calle; a veces corta el tráfico. La respuesta oficial sigue siempre el mismo orden: corte de internet en la zona, despliegue policial, algunos arrestos, y, después, la devolución puntual de la corriente al barrio que ha protestado. La luz, en La Habana, se ha convertido también en una forma de castigo y de recompensa.

Interior de una carnicería de La Habana Vieja con muy poco género disponible.

Edmundo, el trovador, hace su propio cálculo del riesgo. “¿Que si tengo miedo? Yo tuve miedo toda mi vida. Lo que pasa es que ahora tengo más hambre que miedo, y a mi edad uno hace la cuenta rápido. Además, ¿de qué me van a acusar, de cantar? Somos muchos los que estamos golpeando cazuelas. Ojalá salgamos todos porque no pueden meter presa a una ciudad entera”.

“¿Cuándo se acabará este martirio?”, grita un hombre por la calle en una de esas noches. La pregunta circula por la ciudad en distintas versiones, y las respuestas que se oyen en las colas y en los quicios de las puertas van del agotamiento a la incredulidad. “Algo tiene que cambiar”, dice uno. “Tengo 70 años y llevo toda mi vida escuchando que algo tiene que cambiar. Pero siempre que ha cambiado algo, ha sido a peor”, replica otro.

Mauro pedalea cansado y solo aspira a una cosa: “Llegar a la casa, bañarme y que haya corriente para el ventilador. Ya no pido más nada. A los 57, en Cuba, uno ya no pide una vida mejor. Pide poder vivir”.

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