Miles de mapaches invaden la sierra de Mallorca: “Cuando son pequeños son monos, pero luego dejan de quererlos”
Miles de mapaches (Procyon lotor), víctimas de la irresponsabilidad humana que los introdujo en Mallorca, se extienden hoy por la Serra de Tramuntana. El Servei de Protecció d’Espècies intenta reducir su población, el Consorcio para la Recuperación de la Fauna de las Illes Balears (COFIB) coloca trampas y captura centenares de ejemplares cada año y el Institut Mediterrani d’Estudis Avançats (IMEDEA-CSIC/UIB) trata de averiguar cuántos siguen ahí fuera. La estimación más reciente sitúa la población de 2023 en unos 3.000 mapaches, aunque el intervalo posible va de 1.500 a 5.000.
Durante años, la presencia del mapache en Mallorca se midió por los ejemplares que caían en las trampas, pero nadie sabía realmente cuántos vivían en libertad. La primera estimación procede de un estudio encargado por la Conselleria al Grup d’Ecologia i Demografia Animal (GEDA) del IMEDEA. El equipo de Giacomo Tavecchia ha analizado las capturas realizadas por el COFIB entre 2019 y 2023 mediante un método estadístico denominado removal analysis. No se trata simplemente de contar los animales atrapados, sino de utilizar las capturas mensuales para calcular también los que continúan fuera. La estimación final todavía no se ha publicado y el equipo trabaja ahora en actualizarla con los datos de capturas más recientes.
La cifra tiene un margen considerable de incertidumbre. Hay propiedades privadas y zonas de difícil acceso donde resulta complicado instalar trampas y, para afinar el cálculo, sería necesario conocer la probabilidad de que un mapache entre en ellas. Tavecchia lo explica con una imagen muy mallorquina: “Es como intentar averiguar cuán grande es una ensaimada mirando solo un pequeño trozo”. Los modelos no son perfectos, admite, pero permiten obtener por primera vez el orden de magnitud de una población que permanecía oculta detrás de las estadísticas de capturas.
'Es como intentar averiguar cuán grande es una ensaimada, mirando solo un pequeño trozo', explica Giacomo Tavecchia sobre la dificultad de calcular cuántos mapaches viven en libertad
Del jardín particular a toda la Serra
El Servei de Protecció d’Espècies sitúa la primera constancia de un mapache en Mallorca en marzo de 2005: un ejemplar abandonado por una persona. Los primeros animales documentados en libertad aparecen en 2006 y las primeras capturas mediante trampeo, en septiembre de 2010. La presencia de la especie se atribuye principalmente a escapes o liberaciones de animales mantenidos en cautividad, tanto en instalaciones zoológicas como por particulares. Tavecchia considera “muy probable” que se produjeran varias introducciones a lo largo de los años y no una sola, en una época en la que las medidas para impedir la expansión de especies exóticas no existían o llegaron demasiado tarde.
La presencia de la especie se atribuye principalmente a escapes o liberaciones de animales mantenidos en cautividad, tanto en instalaciones zoológicas como por particulares
Elizabeth Fernández Torvales, veterinaria experta en animales exóticos de Exotely, Clínica Veterinaria de Palma, ya no recibe mapaches en la consulta porque su tenencia está prohibida desde hace años. Los ejemplares que permanecían en manos de particulares antes de la normativa podían ser regularizados y quedarse con sus propietarios, pero ya no podían adquirirse nuevos animales.
Todavía recuerda los mapaches que llegaban a consulta hace 20 o 25 años. Uno de sus propietarios quería que le limaran los colmillos porque le hacía daño al jugar. Como mascotas, su comportamiento tiene poco que ver con lo que sugiere su apariencia. “Cuando son pequeños son muy monos”, explica. “Al crecer, sin embargo, se convierten en animales fuertes, capaces de arañar y morder, y algunos propietarios acaban desprendiéndose de ellos”, señala.
Cuando son pequeños son muy monos. Al crecer, sin embargo, se convierten en animales fuertes, capaces de arañar y morder, y algunos propietarios acaban desprendiéndose de ellos
El resultado se observa hoy a lo largo de la Serra. El Servei de Protecció d’Espècies sitúa el mayor número de capturas en Bunyola, seguido de Puigpunyent y Valldemossa, pero ya se han registrado avistamientos y alguna captura en Pollença, Mancor y Alcúdia. Su diagnóstico es que el mapache ocupa toda la Serra de Tramuntana. Fuera de ella no se ha confirmado, por ahora, la existencia de poblaciones reproductoras establecidas, aunque sí se han producido detecciones puntuales.
Carol Cerezo ha sido testigo casi por casualidad de esa expansión. Trabaja por la zona de Valldemossa y Deià, donde se ha encontrado en dos ocasiones con mapaches mientras conducía. La primera vez, en la estrecha carretera que baja de Valldemossa al Port des Canonge, vio a dos adultos y tres crías cruzando el asfalto. “Me sorprendió un montón. No sabía que había mapaches en Mallorca”. Meses después, cerca de Bens d’Avall, entre Deià y Sóller, otro ejemplar caminó delante de su coche sin apartarse. “Creía que era un gato gordo, y cuando giró y me miró le vi el antifaz dibujado en la cara”, recuerda.
Una especie preparada para prosperar
El éxito del mapache no depende de unas condiciones especialmente favorables, sino de su capacidad para aprovechar casi cualquier entorno. Es un omnívoro generalista y oportunista, de hábitos principalmente nocturnos y crepusculares, que puede alimentarse de frutos, insectos, huevos, pequeños vertebrados, carroña o incluso basura. Trepa, nada y se instala en ambientes forestales, rurales y urbanos. Esa plasticidad ayuda a entender cómo un animal originario de Norteamérica ha logrado adaptarse a territorios tan distintos.
El clima tampoco parece ser la clave. Tavecchia recuerda que existen grandes poblaciones en Canadá y que la especie se ha extendido por el norte de Europa. “Tiene una gran capacidad de adaptarse a climas diferentes”. En Mallorca se añade una circunstancia delicada: es una isla. Las comunidades animales insulares son más reducidas y muchas especies han evolucionado durante miles de años sin determinados depredadores y competidores. Tampoco existen grandes carnívoros como el oso, el lince o el lobo, que podrían competir con el mapache en otras partes de su área de distribución.
El mapache es un animal omnívoro y oportunista, capaz de adaptarse al entorno: trepa, nada y se instala en ambiente forestales, rurales y urbanos. En un entorno como Mallorca, una isla, las especies están menos adaptadas a estos depredadores foráneos
En libertad, el mapache suele tener una camada al año. Lo habitual son entre dos y cinco crías y las hembras alcanzan la madurez sexual durante su primer año. En Hokkaido, donde Japón vivió un proceso de invasión comparable al que vive Mallorca, un estudio detectó gestación en el 66% de las hembras de un año y en el 96% de las adultas, con camadas medias de 3,6 y 3,9 crías, respectivamente. Los datos de Mallorca apuntan a una capacidad reproductiva igualmente elevada: el 86% de las hembras maduras analizadas había lactado o estaba lactando, frente al 40% del estudio anterior. Esa cifra confirma que la población se reproduce ampliamente, aunque los datos no permiten saber cuántas crías sobreviven.
En todo caso, la población mallorquina de mapaches ya ha dejado atrás la fase más incierta de cualquier invasión. Los estudios anteriores al trabajo del IMEDEA concluyeron que está naturalizada, es decir, que se reproduce y se mantiene por sí sola. Naturalizada, sin embargo, no significa que haya dejado de ser invasora: una especie puede llevar décadas en un territorio y continuar alterando las relaciones del ecosistema.
Más trampas, más capturas
Mientras la población se consolidaba, el dispositivo de control también fue creciendo. Hasta la fecha 3.684 mapaches han sido capturados en trampas en Mallorca. A ellos se suman otros registros por hallazgos, colisiones con vehículos, abandonos, avistamientos y otras causas. En 2025 el dispositivo alcanzó 1.017 puntos de trampeo. Ese año fueron eutanasiados 767 mapaches y hasta finales de julio de 2026 otros 438. “Más trampas, más capturas”, resume Tavecchia.
A pesar de ello, los cálculos de Tavecchia indican un crecimiento de alrededor del 20% anual. Según ese modelo, las capturas y eutanasias del COFIB redujeron aproximadamente a la mitad ese aumento de la población de mapaches, pero todavía no consigue invertir la tendencia. “La población crece más rápido de lo que se puede capturar”, explica Tavecchia. Su conclusión resume buena parte de la historia de esta invasión: “Hemos llegado tarde”.
El impacto que aún no se puede medir
El avance del mapache abre una pregunta más difícil que la de cuántos hay: qué daños puede causar. El Servei de Protecció d’Espècies reconoce que no existen estudios específicos que permitan cuantificar su impacto sobre especies autóctonas concretas ni determinar de manera concluyente cuáles están siendo afectadas.
Entre las especies que preocupan, Tavecchia señala al ferreret (Alytes muletensis), un anfibio endémico de la Serra de Tramuntana. No se ha demostrado que los mapaches estén provocando su declive, pero todavía se sabe poco sobre las interacciones de una población invasora en expansión. Faltan datos sobre sus movimientos, reproducción, proporción de jóvenes y adultos, colonización de nuevos territorios y posibles parásitos transmisibles a animales domésticos y ganado. “Necesitamos más información”, insiste el investigador.
Guillem Ferrer, vecino de Mancor de la Vall, capturó tres mapaches en su finca en unas tres semanas. Empezó con dos jaulas propias y el COFIB instaló otras dos. Ferrer no ha observado daños importantes: no le han tocado los tomates ni otras hortalizas del huerto, aunque atribuye a los mapaches la desaparición de las uvas.
“Los mapaches solo intentan sobrevivir”
La captura plantea también un dilema sobre qué hacer con los animales una vez atrapados. Quique Gimeno, portavoz de Satya Animal, considera que los mapaches son, en última instancia, “víctimas” de una situación provocada por el ser humano: “A los mapaches se les ha introducido aquí; lo único que hacen es intentar sobrevivir”. La organización defiende que antes de recurrir a métodos letales deberían estudiarse y agotarse otras posibilidades de control de la población y reclama que las decisiones se apoyen en la evidencia científica y en la experiencia acumulada en otros lugares.
Gimeno admite la dificultad del problema en una isla y que puede haber pocas alternativas a la eliminación directa, pero sostiene que la muerte de los ejemplares debería ser “absolutamente la última” opción. Al mismo tiempo, reclama actuar en el otro extremo del problema: evitar nuevas introducciones. Aunque la legislación ha endurecido las condiciones para la tenencia de animales exóticos, Satya advierte de que todavía existe tráfico y compraventa, especialmente de forma ilegal, y reclama más recursos para controlarlos. “Los mapaches no son los culpables de nada”, insiste Gimeno.
Capturar muchos animales, además, no significa necesariamente que la población disminuya. Los cálculos de Tavecchia sitúan en torno al 30% la eutanasia anual necesaria para que empiece a decrecer. Hasta ahora se logra alrededor del 14%. “Es un esfuerzo muy grande”, recalca, pero todavía insuficiente para cambiar el signo de la curva.
Capturar muchos animales no significa necesariamente que la población disminuya. Los cálculos del experto Giacomo Tavecchia sitúan en torno al 30% la eutanasia anual necesaria para que empiece a decrecer. Hasta ahora se ha logrado alrededor del 14%
Ahí aparece el dilema de los próximos años. El Servei mantiene la erradicación como objetivo operativo y el dispositivo de seguimiento y captura continúa orientado hacia ella. Tavecchia es más escéptico: “Es difícil que se pueda erradicar el mapache”. No dice que sea imposible, pero plantea que una población extendida por la Serra puede obligar a cambiar de horizonte. “Si no podemos erradicar el problema, mejor empezar a manejarlo. Y por esto necesitamos más información”.
El “síndrome del peluchismo”
El mapache tiene, además, una ventaja que poco tiene que ver con su biología: nos cae bien. Su antifaz, las orejas redondeadas, las manos casi humanas y una larga tradición de dibujos animados han construido una imagen difícil de asociar con una especie invasora. Tavecchia y sus compañeros llaman informalmente a ese fenómeno “el síndrome del peluchismo”. “Los animales que tienen pelo, orejas visibles y ojos frontales generan más simpatía. Si se puede hacer un peluche de este animal, entonces será más simpático”, explica.
Esa simpatía no es irrelevante. Las invasiones biológicas empiezan muchas veces antes de que alguien coloque la primera trampa. Durante años se compraron animales exóticos sin valorar qué ocurriría cuando dejaran de ser pequeños. Fernández Torvales lo ha visto con mapaches, pero también con coatíes, tortugas y cerdos vietnamitas. “Cuando son pequeños son muy monos, pero luego el cerdo crece, el coatí crece o el mapache crece y dejan de quererlos. Y algunos acaban soltándolos en la naturaleza”.
Para Tavecchia, la experiencia del mapache encierra una lección que va más allá de esta especie. Ante una nueva invasión, actuar pronto resulta mucho más eficaz que intentar recuperar el terreno cuando la población ya se ha establecido. Hay que priorizar las introducciones recientes, valorar cuáles causan mayores daños y cuáles todavía pueden erradicarse y, cuando eso deja de ser posible, gestionar sus poblaciones para reducir el impacto. El futuro, advierte, probablemente traerá nuevas especies y no siempre habrá información ni recursos suficientes para actuar contra todas ellas.
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