La Feria y la religión de madera
La Fuensantica ya está en la Catedral. Murcia ha cumplido, una vez más, con el ritual, miles de personas acompañando una imagen de madera por las calles de la ciudad, autoridades en primera fila y una institución pública que parece sentirse especialmente cómoda cuando religión y política caminan juntas.
Y aquí conviene hacer una precisión para que nadie confunda las cosas. El problema no es que los creyentes veneren a la Virgen. El problema es que los poderes públicos pretendan convertir esa devoción particular en una especie de ceremonia de carácter oficial de obligado cumplimiento simbólico.
Estamos en pleno siglo XXI. Han pasado casi cincuenta años desde que España dijo no al nacionalcatolicismo impuesto por la dictadura. Sin embargo, seguimos asistiendo a una escenificación institucional que parece sacada de otra época.
La Feria es de todos. También de quienes no creen en Dios. De quienes profesan otras religiones o de quienes consideran que una imagen religiosa es simplemente eso, una imagen.
Por eso resulta legítimo preguntarse qué tiene de devoción cristiana convertir el traslado de una figura de madera arriba y abajo de la ciudad en el gran acontecimiento institucional que abre nuestras fiestas.
Porque si hablamos de cristianismo, quizá deberíamos hablar menos de procesiones y más de su mensaje.
Jesús de Nazaret no dejó instrucciones sobre cómo organizar procesiones, ni sobre cómo adornar imágenes, ni sobre cómo colocar a las autoridades en primera fila. Habló de los pobres, de los excluidos, de los enfermos, de los emigrantes y de la obligación de amar al prójimo.
Eso sí es cristianismo.
Lo demás puede ser tradición, cultura, folklore o hasta fanatismo. Y todo ello merece respeto. Pero tampoco debemos confundir la tradición religiosa con la esencia del cristianismo. Y menos aún utilicemos la religión como decorado institucional.
Porque resulta bastante curioso contemplar a determinados dirigentes políticos participar solemnemente en actos religiosos mientras, fuera de las iglesias, la localidad continúa teniendo enormes problemas de acceso a la vivienda, falta de atención a nuestros mayores, desigualdad, precariedad laboral, exclusión social o la infinita mejora de los servicios públicos.
La publicidad es magnífica, autoridades, flores, solemnidad, música y un trono.
La pregunta es qué ocurre al día siguiente con las personas que no tienen una vivienda digna, con las familias que no llegan a fin de mes o con los jóvenes que tienen que marcharse porque aquí faltan oportunidades.
Mucho incienso y poca justicia social no parece precisamente el mejor resumen del Evangelio.
Murcia puede y debe conservar sus tradiciones. Nadie pretende negar cualquier manifestación religiosa, ni impedir que quien quiera venere una imagen o acompañe a la Fuensantica con todo el fervor que le provoque.
Lo que deberíamos exigir es algo mucho más sencillo, que las instituciones públicas entiendan que representan a todos. Porque la Virgen de la Fuensanta puede ser la patrona sentimental de quien quiera, pero no es de todos. El Ayuntamiento no tiene feligreses tiene ciudadanos.
Y esos ciudadanos vecinos de la localidad merecen unas fiestas plurales en honor de ellos, abiertas y verdaderamente de todos.
Quizá va siendo hora de que Murcia deje de confundir tradición con identidad, religión con cultura y devoción con política.
La Feria puede seguir teniendo huertos, barracas, pólvora, música y tradiciones taurinas. Pero una sociedad democráticamente avanzada debería ser capaz de celebrar sus fiestas sin necesidad de persignarse ante ellas.