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Otoño confitado

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Esta tarde, merendando un poco de queso con nueces, los recuerdos me han llevado de vuelta hasta el barrio de Lavapiés. Me acordaba de los otoños que pasé allí, del súbito olor a leña, a brasero o a bodega que se sentía en algunas calles al caer la noche, como si de repente, en lugar de caminar por Madrid, me moviera en un pueblo de la sierra.

Es una sensación que te acompaña unos instantes, hasta que te encuentras frente al rótulo de una frutería paquistaní o de los almacenes chinos, pero tratas de perseguirla, olvidándote del resto. Es algo que puede suceder a ciertas horas en la calle de la Cabeza, por ejemplo, llamada así por una tremenda historia que han contado esta mañana en la radio.

Según el locutor, que conocía la historia de un libro de texto del colegio, había en esta calle una casona donde vivía un señor con su criado. Un día, sin que se conozca la razón, tuvieron una fuerte disputa entre ellos, el criado mató al señor y escapó con su cabeza.

Algunos meses más tarde, este criado fue a una carnicería en busca de una cabeza de cordero. El tendero se la preparó y la envolvió en un paquete. En el camino de vuelta, el paquete que llevaba empezó a llamar la atención de la gente porque chorreaba e iba dejando un reguero de sangre.

Un alguacil se acercó con desconfianza y le preguntó qué llevaba bajo el brazo. El criado le explicó que venía de la carnicería, pero no contento con la respuesta, el alguacil le ordenó que abriese el paquete. El criado lo abrió con toda confianza: entre los pliegos, apareció la cabeza del señor. Horrorizado, el alguacil miró de nuevo al criado, que presenciaba la escena con la cabeza y los ojos del cordero degollado.

En este mismo barrio existen una calle de la Espada y otra del Espejo, con sus respectivas historias o leyendas dignas de conocer, antes de que al Ayuntamiento de turno se le ocurra un día cambiarles el nombre. Por cierto, yo también le he cambiado el final a esta historia porque no me terminaba de cerrar la versión en la que prenden al criado. Tal vez porque en mi humilde familia, las cabezas de cordero se reservaban para las grandes ocasiones.

La nomenclatura de las calles siempre me ha parecido el hilo de un laberinto invisible. Encontraréis también en Lavapiés una “Calle de los Estudios” en cuyo cartel alguien añadió en su día: “Que no conducen a nada”.

Esta tarde, merendando un poco de queso con nueces, los recuerdos me han llevado de vuelta hasta el barrio de Lavapiés. Me acordaba de los otoños que pasé allí, del súbito olor a leña, a brasero o a bodega que se sentía en algunas calles al caer la noche, como si de repente, en lugar de caminar por Madrid, me moviera en un pueblo de la sierra.

Es una sensación que te acompaña unos instantes, hasta que te encuentras frente al rótulo de una frutería paquistaní o de los almacenes chinos, pero tratas de perseguirla, olvidándote del resto. Es algo que puede suceder a ciertas horas en la calle de la Cabeza, por ejemplo, llamada así por una tremenda historia que han contado esta mañana en la radio.