La IA no carga con toda la culpa: otras actividades habituales generan más emisiones contaminantes
Una parte poco conocida del mundo digital depende de enormes sistemas de refrigeración que trabajan sin descanso. La inteligencia artificial necesita agua porque los equipos que procesan millones de operaciones generan grandes cantidades de calor y deben mantenerse dentro de márgenes seguros para evitar averías o pérdidas de rendimiento.
Esa demanda aumenta a medida que crecen los centros de datos y se multiplican las consultas. El consumo hídrico aparece, por tanto, como una consecuencia del esfuerzo necesario para alimentar y enfriar una infraestructura que funciona de manera continua.
La inteligencia artificial abrió el debate sobre su impacto ambiental
El debate sobre el coste ambiental de la inteligencia artificial ha ganado fuerza en los últimos años. Según informa BBC Science Focus, la expansión de esta tecnología ha puesto de relieve hasta qué punto los servicios digitales dependen de grandes cantidades de energía y agua.
Un informe publicado a comienzos de 2026 calculó que el uso global de la IA, en particular los centros de datos que la hacen posible, genera cada año una cantidad de CO₂ comparable a la de toda la ciudad de Nueva York. Otra estimación señala que entre cinco y 50 consultas a ChatGPT pueden requerir medio litro de agua para refrigerar los servidores.
Cuando se compara la actividad digital con hábitos cotidianos, la diferencia resulta llamativa. Un análisis de Greenly calcula que una suscripción anual a Netflix con tiempos medios de visionado produce alrededor de 17 kilos de emisiones de CO₂, una cifra similar a la de un trayecto de unos 97 kilómetros en un coche de gasolina.
Otras actividades tienen una huella mucho mayor. Un vuelo entre Londres y Berlín genera alrededor de 170 kilos de CO₂ por pasajero en clase turista, cerca de diez veces más que las emisiones atribuidas a un año de uso medio de Netflix. Por su parte, consumir un solo filete de solomillo puede suponer entre 20 y 30 kilos de CO₂, según su tamaño.
Las distintas actividades en internet tampoco tienen el mismo coste ambiental. Leer publicaciones de texto en LinkedIn requiere menos recursos que pasar horas viendo vídeos en TikTok. Algo parecido ocurre dentro del propio universo de la inteligencia artificial. Una consulta escrita a un chatbot consume bastante menos capacidad de procesamiento y transferencia de datos que una petición destinada a crear un vídeo mediante IA.
El entrenamiento de los modelos dificulta calcular el impacto real de la IA
Las comparaciones exactas siguen siendo complicadas porque cada tecnología utiliza infraestructuras diferentes. Andy Masley, escritor especializado en inteligencia artificial y tecnología, calculó que una consulta media en ChatGPT genera 0,28 gramos de CO₂. Según explicó, esa cantidad equivale aproximadamente a reproducir un vídeo durante 35 segundos, subir nueve fotografías a una red social o utilizar un ordenador portátil durante un minuto.
Aun así, medir el efecto total de la IA presenta dificultades añadidas, ya que también habría que incluir los recursos empleados para entrenar cada modelo, un apartado mucho más difícil de cuantificar.
Greenly concluyó que los juegos físicos emitieron mucho más CO₂
Entre las actividades digitales con mayor demanda de recursos aparecen los videojuegos en la nube. Este sistema obliga a mantener servidores en funcionamiento permanente para ejecutar las partidas y enviarlas a los usuarios en tiempo real. Sin embargo, un informe de Greenly publicado en 2025 introdujo un matiz relevante.
El estudio concluyó que los videojuegos físicos pueden resultar hasta 100 veces más intensivos en carbono que la transmisión en línea cuando se tienen en cuenta la fabricación de discos, los embalajes, el transporte de los productos y su eliminación posterior en vertederos o instalaciones de incineración.
Los asesores británicos alertaron sobre los riesgos hídricos
Las cifras asociadas a la inteligencia artificial han despertado preocupación en algunos organismos públicos. Asesores del Gobierno británico integrados en la Government Digital Sustainability Alliance advirtieron de que la expansión de los centros de datos vinculados a la IA podría llegar a amenazar la seguridad hídrica tanto a escala nacional como mundial.
El interés por estas cifras forma parte de una discusión más amplia sobre el efecto de la actividad humana en el entorno. BBC Science Focus recuerda que prácticamente cualquier acción cotidiana tiene algún coste ambiental, desde la alimentación hasta el transporte o el uso de dispositivos conectados.
La atención que recibe ahora la inteligencia artificial responde a su rápido crecimiento y a la magnitud de la infraestructura que necesita para operar. Aun así, las estimaciones recogidas por distintos análisis apuntan a que las decisiones relacionadas con los desplazamientos, las compras o la dieta siguen teniendo un impacto mucho mayor en el balance ambiental de una persona.
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