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Torre Pacheco y la 'underclass'

1 de agosto de 2025 06:00 h

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Lo sucedido en Torre Pacheco ha vuelto a situar en el debate público a los jóvenes de origen migrante. En la prensa escrita, desde el inicio de los acontecimientos, han ido apareciendo varios artículos centrados en estos jóvenes. Es el caso, por ejemplo, del escritor Arturo Pérez Reverte, que en una columna reciente opinaba sobre lo sucedido alertado del problema que representan los hijos de la inmigración marroquí o argelina para nuestra sociedad. En paralelo a este tipo de textos, cargados de estereotipos y alarma social, hemos leído otro tipo de repotajes que, con mucha mejor intención, han tratado también de responder a la pregunta de “¿qué pasa con los hijos de inmigrantes?” Es sobre este segundo tipo de artículos, más empáticos y críticos con la situación de la población inmigrante en la Región de Murcia, sobre los que me gustaría llamar la atención.

En estas columnas y reportajes de denuncia es habitual encontrar palabras como “desarraigo”, “marginación”, “fracaso”, “abandono”. Es decir, el imaginario de la exclusión social referida a poblaciones concretas que habitan en espacios concretos. Al encontrarme con este enfoque de la exclusión me venían a la mente las advertencias que el sociólogo francés Löic Wacquant hizo hace unos años a quienes informaban sobre las periferias urbanas. Su crítica, fundamentalmente, consistía en, por un lado, cuestionar la noción de underclass (“infraclase”) para hablar del proletariado urbano afroamericano o de origen migrante, y, por otro lado, advertir del peligro de importar la noción de gueto desde EE.UU. para explicar otras periferias urbanas (francesas, fundamentalmente).

En sociología está muy superado el concepto de gueto como analizador de contextos urbanos europeos, poniendo de manifiesto el racismo que se esconde detrás del uso público que se hace de esta categoría. ¿Pero qué pasa con la noción de underclass? En un libro de 2024 (El diablo en la ciudad; Siglo XXI) Wacquant rastrea la génesis de este término, muy utilizado en EE.UU. entre la década de los 70 y los 90, tanto en medios como en la academia, tras los disturbios en Nueva York en 1977. Según el autor, a finales de los años setenta se empieza a hablar de un nuevo «animal urbano», una «minoría en el seno de una minoría», instalada en las periferias de las grandes ciudades norteamericanas y que coloniza el debate público: la underclass. El concepto servía para explicar el surgimiento del precariado urbano negro y la descomposición social del gueto. En cambio, según Wacquant, el uso de esta categoría respondía más a los pánicos morales y racistas de las clases medias estadounidenses.

En España el concepto underclass apenas se ha utilizado en la academia o en los medios de comunicación. Sin embargo, lo ocurrido en Torre Pacheco ha permitido descubrir enfoques similares al informar sobre los hijos de origen migrante que viven en zonas agrícolas, incluso en la prensa más comprometida. Una similitud que se basa, principalmente, en la idea de que estos jóvenes forman una suerte de subclase (“una minoría dentro de una minoría”), articulada sobre ciertas características sociales compartidas: origen marroquí, familia asalariada agrícola, desarraigo y exclusión social.

En el caso de la prensa más conservadora, este marco se utiliza para destacar los comportamientos “antisociales” de estos jóvenes-hijos, que son vistos como un nuevo sujeto urbano amenazante y expulsable. En el caso de la prensa más progresista, esta perspectiva sirve para denunciar las dificultades de las familias migrantes para garantizar a sus hijos unas condiciones de vida dignas, víctimas de un sistema socio-productivo que favorece la “marginación social” y la prolongación de la condición migrante en sus hijos.

Aunque vistos desde otra luz, en los artículos de denuncia estos jóvenes se representan, por lo general, de manera homogénea en narraciones que sirven para hablar del sistema dominante que se critica, pero no de ellos. Una aproximación que, si bien es útil para tomar conciencia de la insostenibilidad social del campo murciano, genera algunos problemas.

Primero, estos artículos tienden a poner el foco en los jóvenes de origen migrante como un nuevo problema público (de desatención, de desarraigo, de marginación), presentados como una “subclase” desligada del resto de jóvenes de clase trabajadora de municipios agrícolas con los que comparten ciertas necesidades y demandas. Segundo: la separación simbólica de los jóvenes de origen migrante con respecto a su contexto social de referencia, enfatiza su necesidad de asimilación/integración, en lugar de pensar, desde otra perspectiva, el modo a través del cual construimos sociedades integradas, no colectivos integrables. Tercero: muchos de estos artículos hacen un uso retirado de ciertos imaginarios mediáticos de la marginalidad urbana europea (Francia, Reino unido), ligados a otros “jóvenes-hijos” de la migración, que por el momento confunden más que explican. Y, por último, estos reportajes tienen el peligro de favorecer un “efecto arrastre” para las ciencias sociales más perezosas del trabajo empírico sobre el terreno, que pueden asumir e incorporar ciertas ideas bienintencionadas pero prefabricadas sobre los sujetos y sus prácticas.

Creo que el caso de Torre Pacheco demuestra uno de los grandes éxitos de la ultraderecha, haber conseguido imponer un marco de discusión del que es muy difícil salir: la vinculación entre la inseguridad vecinal y los hijos de familias migrantes, especialmente marroquíes y argelinas, considerados un grupo específico, homogéneo. Una asociación sobre la que hay que salir al paso para desmentir o explicar, sin duda, pero que define el carácter de la discusión pública más de lo que pensamos.

Afortunadamente, existen muchas y buenas excepciones a estos problemas de enfoque. También en estos últimos días hemos podido leer piezas periodísticas que, si bien hacen una crítica de los elementos específicos que afectan a los jóvenes de origen migrante de áreas agrícolas, no reproducen una imagen esencialista y miserabilista de estos.

Todo texto que denuncie una cacería organizada y legitimada políticamente como la que hemos presenciado en Torre Pacheco es un aporte positivo. Sin embargo, corremos el riesgo de reproducir ciertas imágenes que, cargadas de buena voluntad, son malas radiografías de lo social. Hagamos el esfuerzo por elaborar relatos más justos, matizados y útiles de la sociedad, aunque la urgencia de los tiempos actuales lo haga más difícil. Ahora es quizá más importante que nunca.

Miguel Ángel Sánchez es sociólogo e investigador en el Departamento de Sociología de la Universidad de Murcia.