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Hogar, peligroso hogar

Hay ocasiones, más de las que creemos, en que el hogar puede ser un infierno, una ratonera de la que es difícil escapar, un espejismo de dulzura que se transforma en amargura a las primeras de cambio

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Manifestación contra la violencia machista en Las Palmas de Gran Canaria.

Manifestación contra la violencia machista ALEJANDRO RAMOS

“Hogar, dulce hogar”. Seguramente estaremos ante la frase más utilizada en los felpudos de las viviendas (Aquí, quizás, en pugna con el “Ongi etorriak”). Más de una vez la habremos utilizado para no manchar el suelo de nuestros anfitriones, pero en muchas otras para recordar nuestro propio hogar ¿Quién no se ha sorprendido mencionando esta frase tras un espléndido, pero agotador, viaje vacacional? ¿Cuántas veces, en frías y desapacibles noches de invierno nos hemos acurrucado junto a nuestros seres queridos gozando del calor hogareño? ¿Cómo no recordar los acuciantes deseos de encontrarnos tranquilamente entre nuestras cuatro paredes, en vez de soportar estoicamente una jornada inacabable de trabajo? En esos momentos siempre el deseo de tranquilidad, de sosiego, de calor familiar hace necesario el recuerdo a la dulzura de nuestro hogar.

Wikipedia nos aclara que tal dicho proviene de una canción estadounidense de los años veinte del siglo XIX, que fue recuperada en tiempos de su guerra civil (1861-65), utilizada por ambos bandos y prohibida en el bando unionista por la influencia que causaba y la deserción masiva que provocaba en sus filas. Frecuentemente el hogar como anhelo, añoranza o melancolía de lo que en otros momentos no se tiene.
Sin embargo, desgraciadamente, no siempre es así. Hay ocasiones, más de las que creemos, en que el hogar puede ser un infierno, una ratonera de la que es difícil escapar, un espejismo de dulzura que se transforma en amargura a las primeras de cambio. Nos lo explicó María José Díaz-Aguado, catedrática de Psicología de la Educación, en la Complutense madrileña, al recordarnos uno de los mensajes de la ONU para el recién pasado 25N: el lugar más peligroso para la mujer es su propio hogar. En España, el 52 % de todos los asesinatos han sido provocados por parejas o exparejas en el entorno de la propia vivienda.

Cuesta digerir estos datos. El hogar como sepultura, la vivienda como cárcel definitiva. Es descorazonador conocer que el mismo día internacional de denuncia de la violencia contra la mujer, el siniestro contador de víctimas sumaba una más, la número 46, a su lista macabra. Como ha sido frustrante escuchar a la directora Icíar Bollaín, cuando afirmaba que apenas ha habido avances en la sociedad, 15 años después del estreno de su película, 'Te doy mis ojos'. “Hay más conciencia social, pero tengo la sensación de que sigue todo por hacer”, ha reconocido con pesadumbre.
Así mismo, es preocupante recibir algunas de las conclusiones de ponentes que intervinieron en la edición número 12 de Gizatergune, ('Violencia de género en jóvenes y adolescentes: prevención, atención y sensibilización para su erradicación') organizada por la Diputación Foral de Bizkaia. Por ejemplo, la que daba la propia Díaz-Aguado sobre el estudio evolutivo realizado en España sobre la igualdad y prevención de la violencia de género (años 2010 y 2013): aunque el 40 % de los entrevistados reconocía haber tratado el tema en la escuela, los avances en igualdad eran imperceptibles. Otro más: aumentaba el número de mujeres que
estudiaba dos o más horas al día y el de hombres que lo hacía menos de una hora.

El lugar más peligroso para la mujer es su propio hogar

Llegados a este punto, la pregunta es recurrente. ¿Por qué la Escuela no logra mejores resultados en su empeño en conseguir parámetros similares de igualdad entre hombres y mujeres? No quiero olvidarme de la tremenda competencia que la institución educativa debe soportar en su pugna diaria con medios, redes sociales y costumbres ancestrales, a la hora de introducir conocimientos distintos a los que la propia sociedad transmite. De hecho, el único cambio significativo detectado (en aumento, se entiende) entre las y los jóvenes encuestados en 2010 y 2013 había sido el uso de Internet: el 95 % lo usaba a diario; uno/a de cada cuatro, más de 3 horas diarias.

Ahora bien, apartando esos agentes que pueden obstaculizar a la Escuela, la pregunta vuelve: ¿estamos utilizando los medios a nuestro alcance? Preguntas similares se ha hecho Maite Domenech (El Diario de la Educación 23/11/18) y su respuesta es, cuando menos, original: Si la responsabilidad de modificar conductas poco saludables en el alumnado le corresponde al profesorado, la respuesta indudable es No. Y se pregunta a su vez: ¿está preparado realmente para llevar a cabo esta tarea? ¿Está suficientemente formado en su propia sexualidad como para transmitir ideas nuevas que hagan reflexionar y evolucionar de tal forma que se rompa la cadena hereditaria de repetición de roles asignados socialmente? Se responde de forma muy crítica al señalar que es imposible romper con los modelos actuales desde parámetros educativos similares; habría que apostar por otros que nos enseñaran a relacionarnos con el otro, a sentir nuestro propio cuerpo y a descubrir el de nuestra compañera/o, que nos acerque a conocer nuestra energía sexual. Si no, estaremos metidos en un bucle infernal que imposibilitará que la juventud reciba una formación distinta a la tradicional.

Desconozco si esta debe ser la receta adecuada, pero intuyo que los pasos para remover nuestras creencias escolares deben ir en la misma dirección o en otra muy cercana. Porque seguimos observando en las aulas la frecuente confusión de amor con control, cariño con posesión, confianza con sometimiento. Y también es tarea docente ayudar a discernir. En ocasiones no advertimos con la suficiente firmeza que no únicamente existe el maltrato físico; que también hay otro, el psicológico, que al ser menos perceptible inicialmente es mucho más dañino y persistente. Olvidamos recordar que los celos, la humillación, el control enfermizo masculino en una relación no indican manifestaciones de amor, sino de posesión y afloran personalidades maltratadoras.

Debemos, como profesionales educativos, intervenir ante tales situaciones, no escondernos tras la idea de que la vida se encargará de poner los límites precisos en cada caso. Quizás entonces sea ya demasiado tarde para enderezar conductas de maltrato y de sumisión. Debemos abrir los ojos y las conciencias de quienes sólo conocen en sus hogares la violencia y el miedo y mostrarles las virtudes del ser humano: compasión, empatía, valor, perdón…

Tenemos que ser intolerantes con las actitudes machistas y repetir, como la profesora Díaz-Aguado que el machismo es imposible de cumplir, a la vez que se dan a los jóvenes alternativas de vida que no les hagan caer en ese estrés del rol machista (autosuficiencia, fuerza, liderazgo). Tenemos, por último, que perseverar en la vigilancia de quienes disfrazan estos brotes machistas como situaciones excepcionales, porque si no seremos encubridores/as de los maltratadores. Es probable que como recogía Jorge Marirrodriga (El País, 27/11/18) existan estudios que inciden en que nos estamos volviendo una civilización enfadada, que generación tras generación aumentan sentimientos de soledad o de falta de relaciones personales y que esa soledad no es inofensiva, sino que radicaliza a la hora de pensar, hablar, conducir o votar.

Puede ser, pero conocer tales tendencias no nos acerca a la igualdad, sino que aumenta las diferencias de género: ellos, reforzando su rabia y violencia; ellas, aumentando su angustia y temor. Por eso tenemos que reforzar nuestro compromiso con la enseñanza de valores, única herramienta que hará a nuestro alumnado solidario, justo, humano. Porque la igualdad, como exponía Teresa Laespada en la presentación de la jornada de Gizartegune, no es una opción; es un principio democrático a conquistar y mantener. Y en ese aprendizaje, apunto, la Educación es un agente imprescindible.

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