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¿Para k keremos hunibersitarios?

La patronal Confebask ha hecho público un informe muy interesante sobre las necesidades de empleo y cualificaciones de las empresas vascas. Según sus datos, las empresas tienen más necesidad de personas con formación profesional que universitarios, quedando quien no tenga formación en posiciones de absoluta marginación laboral.

Reconozco que los datos no son ninguna novedad. Lleva tiempo hablándose de la diferencia entre lo que los jóvenes estudian y lo que luego el mercado demanda. Según el estudio, de los 25.100 puestos de trabajo que se prevén a lo largo de 2016 en el País Vasco, casi la mitad demandarán una formación de grado medio o superior en FP y sólo el 30% buscarán universitarios (en su inmensa mayoría ingenierías y estudios económico/financieros).

Es fácil deducir, y no falta quien lo hace siempre, que hay que dejarse de mandangas y adaptar la formación a lo que el mercado va a demandar. Una actitud que se presenta, además, con marchamo de certeza y modernidad.

Ciertamente las familias que se han esforzado para que sus hijos tuviesen la mejor formación posible no lo hicieron pensando en el progreso social y cultural de la patria, sino que creían estar invirtiendo en el bienestar de sus vástagos, facilitándoles el ascenso social. Es en ese sector donde mejor cala la idea de que hay que estudiar lo que se demande. De hecho la desazón de haberse equivocado entra como un cuchillo caliente en la mantequilla o -mejor- como un puñal en la espalda.

Pero la parte más interesante del informe viene de que las “quejas” empresariales no se quedan el aspecto formativo sino que el estudio señala que el 44% de ellas dice tener dificultades para contratar, no por problemas salariales, sino por una deficiencia en la “actitud del demandante” que en un 48% parecen no tener la «disposición o interés» deseable.

Las empresas dicen que los valores más apreciados al contratar son, entre otros, la responsabilidad, la constancia, la confianza y una actitud positiva en el trabajo. Hace pocos días que otro informe, este del Consejo de la Juventud de España, nos informaba de que con los salarios actuales (que no parecen ser el problema para las empresas), un joven vasco necesitaría ganar un 178% más para comprar un piso y que, como consecuencia, apenas el 18,7% de los menores de 30 años han dejado el hogar de sus padres.

Asombra la dificultad de nuestros empresarios para comprender ambas caras de la moneda: no puede extrañar a nadie que a un joven al que se le ofrece un nivel salarial que excluye cualquier esperanza de abandonar la adolescencia, lo que le falte sea justamente la confianza, la constancia y la actitud que el empresario busca. Que busca pero que no está dispuesto a pagar, claro.

Las empresas se quejan también de la falta de experiencia, cuando lo cierto es que a los jóvenes de eso les sobra: son expertos en contratos temporales, en trabajar como falsos autónomos, en saltar de una empresa a otra, en escuchar eso de que “esto son lentejas”. Es justamente la mucha experiencia de los jóvenes en cómo funciona el mercado laboral que las empresas han creado (y que defienden con fruición) lo que les hace ser fríos y desapegados hacia los deseos de la empresa que les quiera contratar. (El propio informe avisa de que una cuarta parte de los puestos de trabajo de los que habla serán sólo para cubrir bajas y vacaciones).

Los trabajadores temporales y pobres, que es la apuesta nítida y rotunda que ha hecho la patronal vasca y española para ganar competitividad, no necesitan tanta formación, ciertamente, pero suelen tener una actitud poco corporativa e inconstante. Y no vale ahora quejarse.

Pero no quiero terminar sin volver a  la cuestión de lo que hace o no falta estudiar. Sin universitarios no hay investigación pura (a lo sumo I+D+i, que no es lo mismo), no hay creación de cosas nuevas, no hay descubrimientos sobre los que hacer negocio en el futuro y no hay invención (si acaso mejora continua, que tampoco es lo mismo).

Cuando se abandona el conocimiento por sí mismo, creyéndolo gasto inútil, comienza el tobogán de la decadencia de una sociedad, que poco a poco, o mucho a mucho, se despeña, empezando por cosas como subtitularle “Magestad” al Rey de España en el Congreso Internacional de la Lengua Española, que un empresario procesado escriba “mi Sicólogo”, “e decidido”, “no e estafado” y  “mas solo” o que el propio informe de Confebask tenga varias faltas de ortografía sólo en la página 3.

Recuerdo a Felipe González contando que cuando su Gobierno convirtió la educación básica en un derecho subjetivo para todos, un empresario agrario de su tierra se lo reprochó diciendo: “Y ahora ¿de dónde vamos a sacar los braceros?”.  Pues eso mismo, pero con cuadros y estadísticas.

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