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LOS LANZALLAMAS

Kash Patel y el FBI, el espía que surgió de la nada

22 de mayo de 2026 22:00 h

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No es lo peor. Pensar en J. Edgar Hoover, el director del FBI durante décadas, ante la figura de Kash Patel, quien ocupa ahora el mismo cargo por designación directa de Donald Trump, no es la parte más sórdida de un episodio siniestro que se repite de otro modo pero con similar impunidad. Tampoco lo es, puestos a buscar analogías extremas, exponer al propio Trump en cotejo con el presidente Richard Nixon. Es más, aun siendo Hoover y Nixon paradigmas de la razón iliberal, la comparación es falaz. Porque lo peor es haber dado otro paso. Ahora hacia el más allá.

Hoover, como operador oscuro en una democracia supuestamente liberal, es difícil de superar. Espió a todos los presidentes, de Franklin D. Roosevelt a Nixon –con especial atención y desdén a los hermanos Kennedy– y a todos los defensores de los derechos civiles, desde Rosa Parks hasta Martin Luther King. Nunca confesó su homosexualidad pero persiguió a cuanto gay se moviera en el entorno del poder: los consideraba débiles, expuestos a la seducción del comunismo, su principal enemigo. Convivió con la mafia, tuvo vínculos con Frank Costello, y acabó enfrentado a Nixon, quien desde su propio exceso llegó a pedirle escuchas de prácticamente todos los periodistas de Washington. ¿Pueden superar esto Patel y Trump? Están en ello. Son igual de corruptos, amorales y carentes de mesura pero a diferencia de Hoover y Nixon son huérfanos de instrucción política, pericia técnica y capacidad ejecutiva. 

Es verdad que, tanto la antigua dupla como la actual pareja al mando comparten las extensas tierras del lado oscuro, pero Trump y Patel lo hacen asistidos solo por el instinto: como las mariposas nocturnas van hacia el fuego confundiéndolo con la luz. 

Donald Trump sabemos de dónde viene y eso lo explica, pero encontrarle un principio a Kash Patel, quien parece surgir de la nada, para justificar su destino actual es más complejo. Todo parece comenzar cuando Trump, agobiado en 2016 por la conexión rusa en el triunfo en sus primeras elecciones, gritó: “¿Dónde está mi Roy Cohn?”

El presidente invocaba a su antiguo abogado, colaborador de Hoover y al servicio de Joseph McCarthy en la caza de brujas al igual que del mafioso Anthony Costello, a quien Trump contrató con poco más de veinte años pero ya curtido en el negocio inmobiliario. El mapa del poder, como queda claro, exhibe múltiples vasos comunicantes. 

Kash Patel aparece entonces en escena cuando, a las órdenes de un congresista republicano, David Nunes, ayudó a identificar los atajos legales que el FBI había utilizado para intervenir los teléfonos de un asesor de la campaña de Trump en 2016 y exponer la trastienda del llamado Russiagate. Allí Patel se hace visible para Trump. Claro que no tanto como él cuenta en su libro de memorias, Government Gangsters, que publicó en 2023 (sí, parece risible, pero como se irá viendo Patel ya tiene mucho para rememorar): «acabó siendo el investigador principal“, dice de sí mismo en tercera persona, ”que destapó el mayor escándalo político de la historia de Estados Unidos». 

Katel, a pesar de haber convertido al FBI en una fuerza capital para la política de antinmigración y deportación ejercida por el gobierno desde el ICE, es hijo de indios e hinduista practicante. En la página oficial del FBI exhibe un currículum apócrifo ya que cambió el nombre de la universidad en la que se graduó por otra más prestigiosa y ostenta un título en derecho internacional de la Facultad de Derecho del University College London que no posee, según objeta Bennett Gershman, un profesor suyo en la Facultad de Derecho de la Universidad Pace. Algo similar al “posgrado” en Harvard del CV de Pablo Casado, expresidente del PP, que cursó durante cuatro días en una escuela de negocios de Madrid. 

Pero, metido en harina, y ya en su puesto de director de una organización policial de las dimensiones del FBI, Katel se planteó cuatro prioridades. La primera, a todas luces inconclusa pero que él da por terminada, es la investigación sobre los delitos sexuales de Jeffrey Epstein. El otro desafío, también sin resolver, es la filtración del Covid-19 desde un laboratorio (no da muchos más datos pero como posverdad tiene músculo). Aún hoy sigue investigando el papel que desempeñaron los agentes del propio FBI en el ataque al Capitolio el 6 de enero de 2021 y el emprendimiento más original –quizás alentado por Trump– es la denuncia de una nueva conspiración, según la cual el Partido Comunista Chino estaría matando sistemáticamente a estadounidenses con fentanilo como parte de un “plan a largo plazo” para “eliminar a decenas de miles de estadounidenses al año” que “podrían llegar a servir en el ejército de los Estados Unidos o convertirse en policías o profesores”. Esto lo declaró el propio Patel en una charla en junio del año pasado en un podcast con el periodista Joe Rogan. 

Cuando Hoover investigó y expuso ante el senador McCarthy, durante la caza de brujas, a Arthur Miller, Dalton Trumbo o Dashiell Hammett –por citar solo algunos–, ninguno negó su filiación: al contrario. En esto también era más eficaz que Patel en su cruzada reaccionaria. Ocurre también, como apuntó el escritor Jeet Heer, que nadie encaja mejor que Patel en su puesto ya que ha convertido el FBI en una agencia de venganza personal de Trump. Heer lo compara con Roy Cohn y lo considera un consigliere del presidente. 

Un consigliere con todo el apoyo de la Casa Blanca por su entusiasta participación en los esfuerzos de Trump por utilizar a las fuerzas del orden federales contra quienes el presidente consideraba sus enemigos políticos pero totalmente negligente. Patel carece del control de la organización por falta de experiencia que demostró, según consignó Marc Fischer, escritor y exeditor de The Washington Post, al destinar la cuarta parte de los agentes al control de inmigración en las ciudades que Trump ha señalado como objetivo. Ha despedido a todos los agentes, muchos de ellos los mejores, a quienes se habían asignado casos contra Trump. De igual modo, la periodista Sarah Fitzpatrick en The Atlantic informó que días antes de que Estados Unidos iniciara su guerra con Irán, Patel despidió a miembros de un equipo de contrainteligencia dedicado, en parte, a Irán. El director declaró ante el Congreso que los agentes habían sido despedidos porque su trabajo de investigación sobre el manejo de documentos clasificados por parte del presidente los había llevado a infringir las normas éticas de la agencia. Varios funcionarios, interrogados por Fitzpatrick, dijeron que les preocupaba que los despidos se hubieran precipitado y dejaran a Estados Unidos con falta de personal en un momento crucial.

Algo parecido ocurrió, según el senador demócrata Mark Warner, con un agente de contrainteligencia extranjera que sacaron de un caso relacionado con China para que patrullara por Washington D. C. y realizara detenciones por conducir bajo los efectos del alcohol. 

El alcohol, precisamente, es uno de los problemas a los que se enfrenta Patel. El reportaje de The Atlantic hizo públicos algunos episodios de embriaguez que tuvieron como consecuencia ausencias inexplicables en su puesto de trabajo. 

Su comportamiento ha alarmado en numerosas ocasiones a los responsables del FBI y del Departamento de Justicia. Al principio de su mandato, las reuniones y sesiones informativas tuvieron que reprogramarse para otra hora del día como consecuencia del consumo nocturno de alcohol. En varias ocasiones durante el último año, los miembros de su equipo de seguridad tuvieron dificultades para despertar a Patel porque, al parecer, se encontraba ebrio, según la información facilitada por funcionarios del Departamento de Justicia y de la Casa Blanca. El año pasado se solicitó un “equipo de asalto” —que suelen utilizar los equipos SWAT y de rescate de rehenes para acceder rápidamente al interior de edificios— porque no se había podido contactar con Patel, que se encontraba tras puertas cerradas con llave.

Cuando The Atlantic le pidió comentar los hechos, el FBI en una nota atribuida a Patel declaró: “Publíquenlo, todo es falso, nos vemos en los tribunales; traigan su chequera”. La demanda está en marcha, al igual que una serie de procesos legales del gobierno de Donald Trump contra medios de comunicación por artículos desfavorables.

Borges definía a la democracia como una dictadura de la estadística. Era su manera irónica de señalar la paradoja del ejercicio del poder de una parte de la sociedad sobre la otra voluntariamente. Lejos estaba de pensar en una conjura de necios aunque, posiblemente, no la descartara. ¿Cómo hacerlo hoy ante un régimen de legos? Esto es lo peor.