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Dos años de guerra

Vista de varias personas en el lugar de un bombardeo en el mercado de alimentos en Donetsk, Ucrania, en una fotografía de archivo. EFE/EPA/ALESSANDRO GUERRA

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El 24 de febrero de 2022 comenzó lo que el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, calificó de “operación militar especial”, un ataque en toda regla de las fuerzas armadas rusas a su vecina, Ucrania, incluida una invasión terrestre desde distintos frentes. La invasión había sido reiteradamente advertida por los servicios de inteligencia y la administración estadounidenses, pero muchos dirigentes occidentales, incluidos el presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, y el canciller alemán, Olaf Scholz, no creyeron que Putin fuera a dar ese paso hasta que se encontraron con el hecho consumado.

En realidad, se trataba de un salto cuantitativo y cualitativo en el escenario de cuasi guerra en el que se encontraban ambos países, desde que el golpe de estado de Maidan llevara al poder en Kiev a políticos antirrusos y desencadenara la rebelión de minorías prorrusas en el este y el sur del país, que desembocó en la anexión por Rusia de Crimea y Sebastopol, y la unilateral proclamación de dos repúblicas independientes en las provincias de Donetsk y Luhansk, en la región del Donbass. Durante los ocho años siguientes, hubo en esa zona una guerra de baja intensidad, con Rusia apoyando a los separatistas, que causó miles de muertos, ya que Ucrania se negó a implementar el acuerdo de paz Minsk II, auspiciado por Francia y Alemania. El día 23 de febrero, Rusia reconoció la independencia de las dos repúblicas rebeldes, lo que era un anuncio de que el enfrentamiento iba a pasar a otro nivel, sin que el régimen autocrático y ultranacionalista ruso liderado por Putin valorara adecuadamente las consecuencias, que han sido trágicas para Ucrania, pero también desastrosas para Rusia.

Una guerra de ida y vuelta

En los primeros días de la invasión, la iniciativa estuvo, lógicamente, en las fuerzas rusas que se aproximaron a Kiev desde varias direcciones, llegando hasta los alrededores de la capital, con el claro objetivo de intimidar al gobierno ucraniano, presidido por Volodimir Zelensky, y provocar su huida o su dimisión, en favor de otro que fuera más afín a Rusia y descartara una unión de Ucrania a la OTAN, además de reconocer la soberanía rusa sobre Crimea y conceder la autonomía o la independencia al Donbass. Pero esto no sucedió. Las fuerzas armadas de Ucrania, adiestradas y equipadas por países de la OTAN desde 2014, resistieron de forma admirable y causaron importantes daños a las columnas acorazadas rusas que se dirigían a Kiev tranquilamente, por las carreteras, sin ninguna protección. Rusia se vio incapaz de mantener ese esfuerzo en el tiempo contra una resistencia que no esperaba, y con unas líneas logísticas muy largas, y a finales de marzo abandonó el área de Kiev para replegarse hacia la zona del Donbass y el sur de Ucrania, y concentrar allí su esfuerzo bélico.

Durante varios meses, hasta el verano, las fuerzas rusas intensificaron sus operaciones en estas zonas hasta ocupar, además del territorio del Donbass en manos de los rebeldes, parte de las provincias de Járkov, Zaporiya, y Jerson, con algunos episodios realmente brutales como la toma de Mariupol. Pero en septiembre, las fuerzas ucranianas iniciaron una contraofensiva que, con ataques selectivos de unidades pequeñas y ágiles, contra posiciones rusas poco o nada organizadas, consiguieron recuperar casi toda la provincia de Járkov y buena parte de la de Jerson, de forma que las tropas rusas tuvieron que abandonar su capital. La reacción del Kremlin fue declarar territorio ruso a las cuatro provincias que controlaba parcialmente, con lo que demostraba su voluntad de continuar la lucha, a pesar del revés sufrido, y las fuerzas rusas empezaron a organizar la defensa del territorio que aún conservaban.

La ayuda militar occidental estaba llegando ya masivamente a Ucrania, a pesar de las reticencias de algunos gobiernos que temían provocar una reacción desproporcionada de Rusia y, por primera vez, se comprometió armamento ofensivo, como tanques de última generación, blindados de infantería, artillería y zapadores autopropulsados y otros, que debían permitir a Ucrania lanzar en la primavera de 2023 una contraofensiva potente para recuperar el territorio en manos rusas, o al menos la mayor parte posible. Pero la operación se retrasó, por dificultades de la llegada y puesta en servicio de los nuevos materiales, y cuando finalmente comenzó, en junio, las posiciones rusas estaban consolidadas y preparadas para resistir. 

Las unidades acorazadas ucranianas, sin la superioridad aérea imprescindible para ese tipo de ataque, chocaron con los obstáculos rusos y fueron neutralizadas por sus helicópteros de combate. La contraofensiva, tan esperada por los ucranianos como por sus aliados occidentales para dar un vuelco importante a la situación en el campo de batalla, no cumplió sus objetivos, Apenas unas decenas de kilómetros y tres o cuatro localidades menores fue todo lo que se consiguió. Ese ha sido hasta el momento el último intento ucraniano de revertir la situación y recuperar el territorio ocupado por las fuerzas rusas, aunque, por supuesto, sus dirigentes han declarado su intención de seguir intentándolo.

El balance de la guerra en estos dos años es terrible. Aunque ninguno de los contendientes ha publicado cifras de sus propias bajas -y ha tratado de inflar las del contrario-, hay varias aproximaciones al posible número de víctimas, bastante diferentes entre sí, pero todas espantosas. A finales de agosto pasado –es decir, hace seis meses–, fuentes oficiales de EEUU estimaban un número total de víctimas de la guerra en 500.000, 300.000 rusas y 200.000 ucranianas, de las que más de un tercio serían muertos, y el resto heridos. Ahora serán lógicamente muchos más. A ellos hay que sumar los más de 10.000 muertos civiles y 16.000 heridos en Ucrania. Hay más de cinco millones de desplazados dentro del país, y más de seis millones de refugiados en otros países. La destrucción ha sido de tal magnitud, que una agencia de Naciones Unidas ha evaluado en 500.000 millones de dólares el coste de la reconstrucción. Y la guerra sigue.

Una situación estancada

Desde el último otoño, cuando las lluvias -y con ellas el barro- hicieron impracticable el terreno fuera de las carreteras, la situación en la zona de operaciones se ha estabilizado y ha habido pocos cambios en las líneas. Asistimos ahora a una guerra de desgaste, parecida en algunos aspectos a las batallas de la primera guerra mundial, si no fuera por el amplio uso de la guerra electrónica, los satélites, los misiles y, sobre todo, los drones de todo tipo. Los dos bandos han priorizado la defensa de sus posiciones actuales, y solo en las últimas semanas hemos visto retomar cierta iniciativa a las fuerzas rusas, tanto en Kupiansk -provincia de Járkov- como en la provincia de Donetsk, donde han conseguido tomar Avdivka, con el propósito final de conquistar Kramatorsk para completar la ocupación del Donbass, pero este parece un objetivo demasiado ambicioso, al menos por ahora.

Zelensky se quejó en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich de la falta de armamento suficiente, en particular misiles de largo alcance y munición de artillería, que los países occidentales no pueden producir a la velocidad a la que Ucrania los gasta. Pero ése es solo uno de sus problemas. El otro es el del personal. Los militares ucranianos tienen una gran motivación ya que -al contrario de los rusos- están defendiendo su país, pero están agotados después de dos años de guerra. Su reposición implica un nuevo reclutamiento, estimado en 450.000 o 500.000 efectivos, lo que es muy mal recibido en una población también cansada de la guerra, y además implicaría su adiestramiento, es decir, tiempo. 

Y no son solo los ucranianos los que están cansados de la guerra. También comienzan a estarlo sus valedores occidentales, sin cuyo apoyo Ucrania no podría seguir combatiendo. Desde que empezó la guerra, los países que ayudan a Ucrania, encabezados por la UE y EEUU, han gastado ya más de 250.000 millones de dólares, de los cuales cerca de 100.000 son ayuda militar directa. Pero estos gastos desmesurados están perdiendo impulso, sobre todo a raíz de la fallida ofensiva de la primavera pasada, y ante la falta de perspectivas de éxito en un tiempo razonable. A la UE le ha costado mucho aprobar su nuevo paquete de ayuda -sobre todo financiera- de 50.000 millones para los próximos cuatro años, por las reticencias de Hungría, y en EEUU aún no ha podido ser aprobado uno de más de 60.000 millones -sobre todo militar - por la oposición del partido republicano. A pesar de los acuerdos de defensa que Kiev ha firmado con Londres, Berlín y Paris, y de las promesas de apoyo eterno, la realidad es que el entusiasmo internacional por ayudar a Ucrania empieza a desfallecer, aunque hay compromisos adquiridos que sin duda se cumplirán. 

La llegada a Ucrania de cazas F16 y de misiles ATACMS de última generación, junto con los tanques occidentales que aún no se han empleado, permitirían tal vez al ejército ucraniano intentarlo de nuevo en la próxima primavera, pero será difícil que los 60 aviones que se han comprometido -de generaciones bastante antiguas-, o unas baterías de misiles que pueden hacer daño en la retaguardia rusa pero no sirven para ocupar el terreno, sean suficientes para hacer retroceder a unas fuerzas rusas que parecen cada vez más sólidas y han preparado bien sus defensas. Lo más probable es que Ucrania se conforme en los próximos meses con mantenerse en las líneas actuales sin aventurarse a nuevas ofensivas.

También Rusia tiene problemas con el reclutamiento, pero su población cuadriplica la de Ucrania, además de emplear combatientes extranjeros, como también hace Kiev. Igualmente tiene problemas de reposición de equipos y munición, si bien está reforzando mucho su industria de guerra, y también recurre al apoyo logístico de otros países como Irán y Corea del Norte. En las últimas semanas, las fuerzas rusas han demostrado estar en mejores condiciones de recuperar posiciones que las ucranianas, pero cada kilómetro les está costando enormes pérdidas en hombres y equipos, y tampoco parecen en condiciones de dar un vuelco importante al curso de la guerra.

Las esperanzas de que las sanciones occidentales terminaran por doblegar a Rusia se han ido desvaneciendo, a medida que se constata que su efecto real es muy limitado. Moscú ha encontrado canales alternativos para vender sus hidrocarburos y la forma de eludir los efectos del bloqueo a través de terceros países. La economía resiste, incluso crece, aunque con un elevado índice de inflación. Putin se presenta a la reelección y ganará con un enorme apoyo, que ni siquiera hará necesario el posible fraude. Rusia está tal vez cerca del límite de sus capacidades, pero puede aguantar así mucho tiempo.

La situación está, pues, estancada. Los adversarios siguen haciéndose daño con fuego de artillería y misiles y, sobre todo, con drones aéreos y navales, pero ninguno parece capaz de lograr una victoria decisiva. La guerra se vuelve cada vez más absurda, a medida que va estando más claro que ninguno de los bandos puede ganarla.

Buscando un final

En este estado de cosas, solo se vislumbran tres posibles escenarios. Uno de ellos -el mejor- es la negociación para buscar una paz acordada que, aunque no satisfaga por completo a ninguna de las dos partes, sea mínimamente aceptable para ambas. Esto debería haberse hecho hace mucho tiempo para evitar las trágicas cifras de víctimas a las que no hemos referido, sin que probablemente hubiera cambiado sustancialmente el resultado de lo que ahora se pudiera conseguir. Tal vez ha habido algunos momentos que podrían haber sido más favorables para Ucrania de cara a una negociación, como en marzo de 2022, cuando comenzaron unas conversaciones preliminares que contenían ciertos elementos positivos y las tropas rusas se replegaron desde los alrededores de Kiev al Donbass; o en septiembre de ese año, después de la exitosa contraofensiva ucraniana que recuperó la provincia de Járkov y parte de la de Jerson, incluida su capital. Pero no se hizo. Tal vez Zelensky pensaba que podría recuperar el territorio perdido con la ayuda de los países occidentales, y seguramente los dirigentes occidentales -especialmente británicos y estadounidenses- no tenían ningún interés en que la guerra acabara con una victoria rusa -siquiera parcial- que reforzara a Putin. 

Por el contrario, les convenía un desgaste de Rusia que terminara de convertirla en un actor irrelevante en el futuro. De hecho, las negociaciones de marzo del 22 se interrumpieron por presiones, primero de Londres y después de Washington y otros aliados europeos. No se trata solo, como se dice habitualmente, de intereses de las empresas de armamento, aunque también, por supuesto. Se trata de intereses geopolíticos. La Rusia postsoviética ha seguido siendo una piedra en el zapato de ciertos estrategas anglosajones, que creen que necesitan el control exclusivo de Europa, y no quieren distracciones ante el único adversario que reconocen: China. Por su parte, Rusia pretende recuperar el papel de potencia mundial que tuvo la Unión Soviética y garantizar su seguridad a costa de dominar a sus vecinos.

A nadie se le ocultan las dificultades de poner en marcha una negociación que no podría ser solo entre Ucrania y Rusia. Una solución que pretenda una paz sólida y duradera, no solo en Ucrania sino en toda la región, debería incluir un acuerdo más amplio de seguridad para toda Europa que fuera aceptable para todos, también para Rusia, y ahí tendrían que negociar la Unión Europea y la OTAN, evidentemente. En ningún caso se daría a Moscú potestad sobre la soberanía de sus vecinos, sino ciertas garantías de seguridad que se incluirían en algo parecido a un nuevo tratado de armas convencionales que sustituyera al obsoleto CFE, con acuerdos medibles, verificables y transparentes, y estableciendo medidas de confianza. En todo caso, un acuerdo de este tipo tendría necesariamente que ofrecer garantías adicionales de seguridad a Ucrania para el futuro.

Con todo, la mayor dificultad estriba en la voluntad de los protagonistas. En Kiev se dice que Rusia no quiere negociar, en Moscú se dice que Ucrania no quiere negociar. Y puede que ambas cosas sean ciertas, porque las dos partes piensan que aún pueden ganar o, al menos, obtener una posición más favorable de la que tienen ahora. Por supuesto, si Zelensky pretende para iniciar una negociación que las tropas rusas abandonen todo el territorio ucraniano que ahora ocupan, o si Putin quiere que Ucrania reconozca sus conquistas territoriales para empezar a hablar, jamás se sentarán a una mesa de diálogo. La condición necesaria para que dos partes accedan a negociar es que ambas crean que van a obtener más ventajas de la negociación que de la no negociación. Es decir, que se convenzan de que no pueden ganar, y eso es duro de asumir, pero podría estar cerca. Además, los actores externos pueden incentivar la negociación. En el caso de Ucrania con el compromiso de su acceso a la UE y de una amplia reconstrucción. En el caso de Rusia con el levantamiento de las sanciones y la reanudación de relaciones comerciales en el futuro, además del acuerdo de seguridad al que nos hemos referido. 

Desde luego, una negociación lleva implícito que ambas partes cedan algo de sus aspiraciones máximas, y eso significa, en este caso, que Ucrania no recuperaría todo su territorio, al menos de manera inmediata, lo cual evidentemente no es justo, puesto que es la parte agredida, y además contraviene el derecho internacional. Esta es, sin duda, la principal dificultad. Se podrían encontrar fórmulas imaginativas; por ejemplo, referendos bajo supervisión internacional en los territorios ocupados. Pero al final, Zelensky se vería obligado a decir a su población que todo su sacrificio, todo su sufrimiento, no han servido de nada, o de muy poco. Y eso puede ser demasiado doloroso.

Pero es que el segundo escenario es peor, porque dibuja una cronificación de la guerra sin un final previsible, una guerra de desgaste, con pequeños éxitos locales de una u otra parte, pero sin consecuencias definitivas nunca, una guerra interminable, que impediría en la práctica la reconstrucción de Ucrania, y seguiría causando destrucción y muerte sin alcanzar ningún resultado positivo y permanente. La guerra tendrá que terminar en algún momento, y si prolongarla no va a conducir al éxito, seguir es inútil, no ayuda a Ucrania, sino que contribuye a que su destrucción y su dolor sean más atroces y dilatados. ¿Es esto derrotismo o debilidad? Muchas veces hemos dicho que no puede haber respuestas correctas si las preguntas no son las adecuadas. Y aquí la pregunta clave es si Ucrania puede derrotar a Rusia o no, con todo el material y dinero que se le quiera dar, pero con sus únicos soldados. No hay que olvidar tampoco que Rusia es una potencia nuclear que podría usar todos los medios a su alcance si se viera en un peligro existencial. O si sus dirigentes lo sintieran así.

La tercera posibilidad, tal vez la más factible y la menos dolorosa, es que se acuerde un armisticio, una suspensión de las operaciones militares, sin que ninguna de las partes reconozca las posiciones o reivindicaciones de la otra. Eso es lo que se hizo para terminar la guerra de Corea hace más de setenta años, y en ese tiempo nunca se ha negociado, ni se ha firmado la paz allí, pero las armas han callado. Se puede argüir que esa solución beneficiaría en este caso a los rusos, que son los agresores y los que ocupan territorio que no es suyo, pero si no se les puede echar siempre será mejor eso que continuar con la sangría. También EEUU y sus aliados podrían haber continuado combatiendo en 1953 para intentar ocupar toda Corea, pero se arriesgaban a una guerra nuclear con la Unión Soviética, y prefirieron parar. No es la mejor opción, no resuelve el problema de fondo, pero es menos mala que la situación actual.

Ayudar a Ucrania y condenar sin matices la agresión rusa no es incompatible con buscar un fin lo más rápido posible al conflicto. Los países occidentales se sienten comprometidos con la seguridad de Ucrania, lo que es muy loable, pero también son responsables de su sufrimiento porque no han hecho nada para detener la guerra, al contrario, la han alimentado con más bombas y más misiles, haciendo creer a Kiev que podía ganarla. Después de dos años, ya es hora de analizar fríamente la situación y emprender iniciativas serias y resolutivas que acaben con esta pesadilla, que está destrozando a las familias ucranianas y puede abocar a una escalada trágica para toda Europa.

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