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¿Corrupción o sociabilidad? 

26 de mayo de 2026 21:36 h

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Hay una confusión de partida que ha generado siempre muchos desconciertos. La especie humana es la única que puede ser “moral”, es verdad, pero no es una especie moral: es una especie sociable. Confundir ambas cosas induce a sorpresas y decepciones terribles. ¿Cómo es posible que nuestro vecino, tan simpático, tan generoso, tan cortés, se revele de pronto un asesino en serie con diez cadáveres enterrados en el jardín? O a más pequeña y frecuente escala: ¿cómo puede ocurrir que nuestro compañero de trabajo, chistosísimo y cariñosísimo, siempre dispuesto a hacernos un favor, nos delate a la policía del dictador o se niegue a escondernos en su casa cuando somos perseguidos por el nazismo?

Los humanos somos sociables pero no morales y como nuestra sociabilidad requiere amabilidad damos por sentado este paso. Pero no, no hay ninguna relación entre prestar un huevo a un vecino y oponerse a una dictadura. En abstracto, el mundo es sombrío; en concreto, alegre y tranquilizador. El 99% de la gente es maja, sin duda, pero no lo es por moralidad sino por sociabilidad. Qué extraño, ¿no? ¿Cómo no va a ser bueno alguien que nos cae bien? ¿Cómo no va a ser bueno alguien que nos hace reír tanto? Y nosotros mismos, ¿cómo no vamos a ser buenos si pagamos las cervezas, damos conversación a la viuda del sexto y lloramos sinceramente ante la dolorosa confesión de nuestra amiga Marta?

Eso que Hannah Arendt llama “pensamiento” no preside ni nuestra inteligencia ni nuestra vida cotidiana; como sólo sirve para desactivar los mecanismos rutinarios de la vida social, se activa únicamente en las grandes encrucijadas históricas y nadie puede saber de antemano de qué lado estará. Como dice la propia Arendt, el “pensamiento”, al contrario que la inteligencia, es una facultad potencialmente universal; todos somos capaces de pensar, en efecto, pero casi nadie piensa de manera habitual; y por eso, en los momentos decisivos, cuando todo depende de un gesto de coraje, puede ocurrir que el sabio no piense y el ignorante sí. Esto explica por qué la Historia la suele hacer el Mal radical mientras que la sociedad, en cambio, es obra del Bien banal.

La especie humana está preparada para reunirse, hablar, colaborar, pero no está preparada para la Historia, que a veces reclama de nosotros grandes decisiones “morales”, en sentido positivo o negativo. El Bien banal de la sociabilidad humana, quiero decir, preserva y reconstruye, pero no transforma; aún más: en momentos Históricos decisivos sucede con frecuencia que es él el que se transforma en su contrario: en ese Mal banal que colabora con el Mal radical y su obra de destrucción histórica. Los buenos alemanes, los buenos franceses, los buenos españoles en los que puedes confiar todos los días del año se vuelven nazis el único día en el que hay que decidir el destino colectivo. Y no lo hacen empujados por la inmoralidad sino por esa misma sociabilidad -compuesta de pequeñas virtudes comunes- que el resto del año nos salva a todos.

En todo caso, si no hay guerra o dictadura, en una democracia liberal normal (esa cosa cada vez más rara) nuestra vida discurre en los otros 364 días del año, cuando somos los mejores amigos y los mejores vecinos; y es esa la razón por la que la política tiene más que ver con la sociabilidad que con la moralidad. Su propósito, en efecto, no puede ser garantizar el imperio del Bien sino evitar la destrucción social. De hecho, sólo las dictaduras ofrecen patrones obligatorios de virtud y obligan a los ciudadanos a ser activa y probadamente “buenos”. Un sistema democrático, al revés, está compuesto de instituciones que, “pensando” por nosotros, nos permiten ser normalmente sociables: no tenemos que convertirnos en médicos para sobrevivir a un cáncer ni en policías para defender nuestras propiedades ni en jueces para dirimir la culpabilidad o inocencia de un acusado: no tenemos que ser Robinson Crusoe construyendo el mundo desde cero en soledad absoluta. Ahora bien, esas instituciones, porque conservan y accionan pensamientos coagulados, tienen que protegerse (y protegernos) de una sociabilidad excesiva. La política institucional, que garantiza nuestra sociabilidad, no puede ser, no, demasiado sociable.

Lo que quiero decir con todos estos rodeos es que la corrupción no es más que una perversión de la sociabilidad (especialmente la masculina). Todas esas malversaciones de capital, tráficos de influencias, sobornos, mordidas, contratos irregulares, etc., ¿no se deciden en mesas bien surtidas y mejor regadas, en conversaciones divertidas y a veces íntimas, entre gentes majas que se tienen verdadero afecto recíproco y que acaban robando a todos los españoles en el cumplimiento banal de sus pequeñas virtudes comunes? ¿No son y se sienten buenos los que manipulan una oferta de trabajo en beneficio de la hija de un amigo necesitado, los que piden o aceptan comisiones de un empresario simpatiquísimo experto en vinos, los que se reparten equitativamente, con filantrópico desapego, el dinero público? Aún más, ¿no son y se sienten también buenos los que, para salvar a España, “hacen lo que pueden” contra el gobierno desde la judicatura o la policía? ¿No se sienten buenos cuando se invitan a comer, se piden la segunda copa, se palmean los hombros con calidez sincera antes de lanzar un bulo, redactar una sentencia o destruir pruebas que podrían inculpar a los suyos? 

Quizás es esta la cuestión. Quizás los españoles somos más corruptos que los suecos o los alemanes porque somos más sociables. Quizás los casos de corrupción de las últimas décadas, de uno y otro lado, Rato, Rita Barberá, Montoro, Zaplana, Ábalos, Koldo, Cerdán, y ese larguísimo etcétera que nutre 261 sumarios del PP y 143 del PSOE (¿quoque tu, ZP?) se explican sencillamente por nuestras virtudes más constructivas: porque queremos más a nuestros amigos, somos más generosos con nuestras amantes, nos gusta más cantar, reír, comer y celebrar en compañía. Quizás la corrupción es sólo el efecto colateral de una sociabilidad (preponderadamente masculina) mal colocada, fuera de su lugar natural. 

Este desplazamiento no es un una cuestión baladí. Porque ocurre que si la sociabilidad se infiltra y compromete las instituciones que protegen nuestra sociabilidad, la sociedad acaba dañada sin remedio. De pronto las instituciones ya no piensan por nosotros. Ya no sabemos si podemos o no fiarnos del médico, del periodista, del político, del juez, del policía. 

La más destructiva es sin duda la sociabilidad de los jueces porque su independencia constituye el último baluarte de la democracia. Los casos reiterados de lawfare en España en esta última década han dejado la justicia hecha jirones a los ojos de parte del electorado, sobre todo en la izquierda, y esto hasta el punto de que ahora, por ejemplo, no sabemos dónde colocar la imputación del expresidente Zapatero. ¿Del lado de Begoña Gómez y el ex-fiscal general García Ortiz o del lado de Ábalos, Koldo y Santos-Cerdán? No saberlo nos vuelve desconfiados; nos impide ejercer nuestra sociabilidad natural. Nos ponemos a pensar por nosotros mismos, interrumpimos así los automatismos de las instituciones y, como no tenemos ni respuesta ni reemplazo, acabamos volviendonos misántropos, suspicaces, agresivos. 

Volvamos al principio: nadie quiere tomar decisiones morales; nadie quiere verse en el aprieto de decidir moralmente el destino colectivo; todos queremos seguir siendo sencillamente sociables. Para eso necesitamos un orden político realmente democrático. Lo que no podemos perdonar al PP es que, zapando de manera despiadada las instituciones con el objetivo de gobernar a cualquier precio, haya quebrado la confianza en el poder judicial. Lo que no podemos perdonar al PSOE es que, cuando más lo necesitamos, vuelva a ser tan sociable tan sociable tan sociable como sus rivales políticos; y de esa manera nos deje a todos más expuestos e inermes, mental, política y electoralmente, frente a los que quieren “moralizar” nuestra sociabilidad contra los inmigrantes, las mujeres, los “separatistas”, los vulnerables.