¿Qué narices es un NFT y por qué se habla tanto de ello?

La obra 'Crossroad' del artista Beeple, que en marzo vendió otra de sus creaciones por 69 millones de dólares.

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Mucha gente me pide que hable sobre NFT, es la palabra del mes. Me lo ponen fácil: eso es de mi trabajo, así que “juego en casa”. Yo en general no hablo mucho de videojuegos, porque ya me paso el día haciéndolos. Pero como parece que hay interés, aquí va una intro breve para clarificar el concepto.

NFT son las siglas de “token no fungible”. Básicamente, es un objeto virtual cuya propiedad está validada contra la blockchain. Simplificando mucho y por no aburrir: se sabe cuántos hay, y quién los tiene. Y, teóricamente, su propietario puede estar seguro de que no se los van a robar. Si usted no se dedica a esto de hacer videojuegos, me dirá: ¿y a mí qué? Normal. En mi industria nos dedicamos a inventar cosas cada vez más sofisticadas. Pero es que, no nos engañemos: si las inventamos es porque a mucha gente le encanta eso. Muchos. Millones. Ni se lo imaginan.

Hace años que los juegos ya no son eso de “pago 30 euros y me llevo el Tomb Raider”: en juegos en red, la gente quiere básicamente lucir status. ¿Cómo? Pues poniéndole un disfraz a su personaje, teniendo un arma especial, etc. Y exhibiéndose.

Sería como el clásico crío que en el patio del cole dice “tengo unas zapatillas Nike, y tú no”, pues eso. Bien. En los viejos tiempos, la industria vivía de vender juegos y ya. Lo dicho: 30 euros y te llevabas el Tomb Raider, y jugabas todo lo que tú quisieras.

Total, que a unos señores se les ocurrió que cobrar por los juegos era mala idea, porque no todo el mundo tiene 30 euros: la tan famosa “barrera de entrada”. Y pensaron: ¿por qué no damos el juego gratis? Es anti-intuitivo, pero fíense de mí, es una idea brillante. Si el juego es gratis, mucha más gente se lo descarga. Igual antes vendías 1 millón de copias a 30 euros. Bien, son 30 millones de euros. Pero es que ahora, como es gratis, igual se lo bajan 50 millones de personas. Vale, no has ganado pasta *aún*. Ahora, rellena el juego de cosas coleccionables. Trajes. Bailes. Armas. Lo que sea. 

A la gente le encanta la quincalla coleccionable, es un instinto urraca que todos tenemos. Total, que evidentemente no todo el mundo comprará algo (recuerda: el juego es gratis!). Pero algunos sí. Y esa gente que gasta, gasta mucho. Por vicio.

Total, que igual dando el juego gratis y vendiendo coleccionables ganas más dinero que antes. Bien, les acabo de resumir la industria de videojuegos en los últimos 10 años, desde Fortnite, League of Legends y casi todos los juegos de móviles. Fuerte aplauso para mí.

Y ustedes me dirán: esto de vender coleccionables explota mucho a los más compulsivos. Correcto, y por eso se está intentando legislar todo esto hace años, que si las loot boxes, las cajas de botín, y mil trucos más. Pero la industria se mueve rápido; y los políticos, lento.

Vale, entonces, ¿qué narices es un NFT? Sencillo: yo quiero que compres algo. Y quiero que te creas que vale un montón. Porque te lo voy a cobrar a precio de oro. La misma camiseta del Fortnite que te vendería a 10 euros, ahora te la quiero vender pongamos a 200 euros. 

¿Cómo lo justifico? Dios mío, parece que hayan nacido ustedes ayer: como se ha hecho siempre: diciéndote que hay pocas. ¿Y cuál es la forma de que haya pocas? Tenerlas numeradas. ¿Y cómo las numero? Validándola contra algo seguro, como es la blockchain.

Vale, ya entienden la primera mitad del truco: escasez. Como las obras de arte. ¿A que si tú tienes una fotocopia de un Picasso no vale lo mismo que una edición limitada de 100 copias? Pues eso, un NFT es una edición limitada, solo que digital.

Bien, vamos a la segunda mitad del truco. Si te quiero cobrar una pasta, otra forma de vendértelo es decirte que lo podrás revender y que subirá de precio. Es lo que pasa con los Mercedes-Benz: son caros, pero se venden de muerte de segunda mano.

Pues aquí lo mismo: si el objeto de marras es mío, oye, me lo revendo, sube de valor, oferta y demanda… vamos, como la bolsa. Sé que si no son gamers están alucinando, pero hoy en día un negocio bastante bueno es una tienda online de skins (aspectos) de videojuego. Que me dirán: menuda tontería. Cierto. Pero no menos absurdo que la gente que se compra una camiseta blanca y paga 100 euros porque pone CHANEL. O mil otras memeces que llevamos la vida haciendo y nos parecen normales.

Vale, entonces, un NFT es un objeto escaso y revendible. Y va a permitir a la industria ganar más pasta al poder venderlo más caro por estos dos motivos a gente con alto poder adquisitivo y un patrón de gasto más o menos compulsivo. 

También hay otros usos (arte digital y demás), pero yo hablo de lo mío que es lo que entiendo. ¿Qué pasa? Que a los miembros de la industria todo esto nos da algo de repelús. ¿Por qué? Porque se supone que yo cobro por entretener, por hacerlo pasar bien. 

A mí aún me paran por la calle y me recuerdan los Invizimals, un juego que hice hace años. Es genial ser parte de la vida de la gente. Pero a una parte de nuestra industria le importa un pimiento la calidad del entretenimiento, y busca ganar mucho dinero rápido.

Y claro, a estos, los NFT les parecen un invento genial. Cuando en sí no creo que sean buenos ni malos, como cualquier tecnología: todo está en el uso. A mí, hacer coleccionables me parece genial. Yo he coleccionado de todo: Warhammer, LEGO, cromos de Panini… El problema es que estos sistemas digitales son muy fáciles de “retocar” para, en las manos equivocadas, explotar conductas compulsivas. Y claro, de ahí a algo que se parezca a una casa de apuestas o una lotería hay un paso. Sectores todos ellos regulados gubernamentalmente.

Además, esto de los NFT tiene algo de engañoso, porque se le está vendiendo a los chavales una idea que no es cierta. En la mente húmeda de la chavalada, los gamers creen que se podrán comprar una camiseta de pongamos Star Wars, gastar dinero en ella y, como es un NFT, “mágicamente” ponérsela en todos los juegos, e ir siempre con la camiseta, como pasaría en el mundo real. Pero eso no va suceder, jamás. Primero, porque técnicamente cada juego es de su padre y de su madre, y no se pueden mover personajes entre un juego y otro así como así. Y segundo, porque esto, que es lo que a los jugadores les molaría, a la industria no le conviene. Me recuerda a aquel episodio de Twilight Zone de un tío que inventaba el traje indestructible. Y acababa arruinado cuando todo el mundo ya tenía uno y no vendía ni uno más. Chavales: abrid los ojos. No quieren que compréis un NFT y os lo pongáis por todos lados. Eso no da dinero. Quieren que compréis uno, y otro, y que el anterior pase de moda y sí meteros en una rueda de hámster de gasto en infinitos NFT. 

¿Qué pasa? Que en todo esto, como siempre, habrá usos buenos y malos. Yo, que diseño juegos, estoy pensando formas interesantes de usar esta nueva tecnología de los NFT, y se me ocurren mil. No olviden que cuando hice Invizimals hicimos muchísimo curro en coleccionables, con Panini. Vi el otro día un youtuber vendiendo NFT de Realidad Aumentada. Qué majo. Eso lo hice yo hace *10 años*. Vamos, que sí, que se pueden hacer cosas chulas.

Pero hacer cosas chulas requiere esfuerzo y talento, cosas que no abundan. En cambio, con unos NFT hechos en cinco minutos vendidos a mentes tiernas con poco autocontrol del gasto, estoy seguro de que más de uno se forrará. Y es una pena.

Ya saben qué es un NFT, una de las palabras del año. Espero que se haya entendido. Le auguro éxito rotundo: los malos inventos triunfan, es el destino de la humanidad. Y si les da miedo, ya verán el día que les cuente qué es el metaverso.

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