De AfD a Aliança: el viento a favor de la extrema derecha
Los dirigentes de Aliança Catalana, empezando por Silvia Orriols, niegan que su partido pueda calificarse de extrema derecha. No es que les moleste, lo cierto es que tienen tanto viento a favor que les molestan pocas cosas, pero su etiqueta, con la que ellos se sienten identificados, es con la islamofobia.
Se puede ser islamófobo y no ser de extrema derecha (solo hace falta mirar a Dinamarca o a una parte del laborismo británico), pero también es cierto que si hay una característica común a todos, absolutamente a todos, los partidos de extrema derecha es el rechazo al Islam y los musulmanes.
Aliança y Vox han enseñado sus cartas claramente cuando han salido a felicitar públicamente a la AfD por su resultado en Sajonia-Anhalt. Ambos asociaron la victoria de la ultraderecha alemana a la “esperanza”. No es la primera vez que muestran sus simpatías respecto a una formación que relativiza el nazismo y cuyo programa electoral debería poner en alerta a cualquier que se considere demócrata. Debería hacerlo, pero no pasa, y solo hace falta ver cómo están subiendo en las encuestas.
Los sondeos detectan un incremento sostenido de Aliança en Catalunya. Suben y suben, encuesta tras encuesta. Ese ascenso demoscópico se confirma en conversaciones de sobremesa en las que sus futuros votantes ya no se esconden. Al igual que sus dirigentes rehúyen la etiqueta de extrema derecha y se escudan en el orden y en la necesidad de recuperar una Catalunya que solo existe en su imaginario.
Ulrich Siegmund, el líder de AfD, vende políticas ultras con una sonrisa, del mismo modo que Orriols lo hace con un catalán de dicción perfecta y atribuyendo las desigualdades a la presencia de migrantes. En el caso de Aliança hay una espita, los atentados del 17-A, que explica el éxito de Orriols en Ripoll. Es la semilla de un proyecto que puede convertirse en la tercera fuerza del Parlament.
En las elecciones del domingo se confirmó que no existe un único perfil de votante de la extrema derecha. AfD se impone en todas las franjas de edad y en especial entre aquellos que tienen entre 35 y 59 años, entre los que logra más de la mitad de los votos. Es especialmente destacable el apoyo que recibe por parte de sectores obreros, con un 59%. También son el partido preferido para aquellos votantes con bajo nivel de estudios (57%).
AfD ha conseguido que ciudadanos que se abstenían vuelvan a las urnas. Eso es algo que también puede pasar con Aliança, en su caso, independentistas desencantados con el resto de formaciones. Prometen la independencia aunque tampoco explican cómo la conseguirán. Tanto AfD como Aliança son euroescépticos y a quien más votantes le quitan es a la derecha y el centroderecha (si es que ese espacio aún existe). Llámale CDU, llámale Junts.
No será por libros y artículos que intentan explicar las causas del avance de la extrema derecha. Hay quien defiende que la historia es lineal (normalmente es argumento de la izquierda) y quien considera que es cíclica. En ambos casos, si hubiese que buscar un origen a por qué no ha parado de avanzar, probablemente la explicación, o una de las más evidentes, habría que buscarla en la crisis financiera del 2008, cuya onda expansiva ha durado décadas. En tres palabras: vivienda, salarios y servicios públicos.
Se ha roto el tabú. Los votantes de extrema derecha ya no se esconden, incluso presumen de ello. Los hay que incluso justifican que se niegue comida y un lecho a una persona que lleva semanas viviendo al raso en Ceuta o en una de nuestras calles. “Cómo se han tenido que quebrar los vínculos con algo que antes llamábamos ética o moral universal para que puedas creerte bueno mientras estás participando en un linchamiento”, alertaba el filósofo Santiago Alba Rico en una entrevista en este diario.
Hemos llegado a ese punto. Personas que se consideran buenas y cuyo enfado con el sistema les lleva a negar la atención sanitaria, la educación o un hogar a otras por su raza u origen. Asusta, pero está pasando.