Las tragedias colectivas abren siempre un tiempo suspendido. En las horas posteriores a un accidente como el ocurrido recientemente en Andalucía, el dolor, la confusión y la necesidad urgente de respuestas conviven con un vacío informativo inevitable. Cuando todavía no se conocen las causas y las investigaciones técnicas apenas han comenzado, la prudencia debería marcar el debate público. Sin embargo, ese espacio de incertidumbre se ha convertido, cada vez más, no solo en España sino en buena parte del mundo, en un terreno fértil para la confrontación política y la explotación deliberada del malestar.
Lo sucedido tras el accidente ferroviario andaluz no es una anomalía ni un exceso puntual. Forma parte de una práctica política cotidiana que se intensifica en contextos de crisis y conmoción social. Vox la despliega de manera recurrente, como ya ocurrió durante la Dana o en episodios como Torrepacheco, pero esta lógica conecta con una tendencia más amplia del nuevo ciclo político global, en el que la extrema derecha convierte cada situación de incertidumbre en una oportunidad para reforzar su relato de colapso y decadencia institucional.
Allí donde faltan datos y sobran emociones, emerge un relato inmediato que identifica culpables políticos antes incluso de que existan elementos contrastados. El Gobierno de Pedro Sánchez, el “Estado central” o una supuesta negligencia estructural aparecen como responsables evidentes de una tragedia cuya complejidad técnica se borra deliberadamente. La gestión concreta deja de importar: lo relevante es que el accidente encaje en una narrativa previa que presenta a las instituciones como incapaces, ajenas o directamente hostiles a la ciudadanía.
Desde el punto de vista del análisis político, este mecanismo encaja con lo que la literatura denomina framing de crisis: la capacidad de determinados actores para imponer un marco interpretativo cerrado en momentos de alta carga emocional. No se trata tanto de explicar qué ha ocurrido como de decidir cómo debe entenderse lo ocurrido. Frente a la incertidumbre, se ofrece un relato simple, moralizado y fácilmente compartible, en el que la tragedia deja de ser un hecho a esclarecer y pasa a funcionar como una prueba más de un supuesto colapso general del sistema.
En este contexto, la desinformación actúa como catalizador. En las horas posteriores al accidente circularon mensajes que vinculaban directamente el siniestro con una supuesta decisión del Gobierno de “enviar dinero a Marruecos para sus trenes” mientras se abandonaba la red ferroviaria española. Se trata de una afirmación falsa, repetida y amplificada por dirigentes y redes afines, que mezcla hechos inconexos para construir un agravio emocionalmente eficaz. No es un error aislado, sino una estrategia conocida: introducir elementos de política exterior y confrontación identitaria para reforzar la sensación de traición y abandono.
Este tipo de bulos se suma a interpretaciones interesadas de partidas presupuestarias o a insinuaciones de negligencia deliberada sin respaldo técnico alguno. Lejos de ser episodios espontáneos, forman parte de un ecosistema de desinformación que se activa de forma casi automática en situaciones de crisis y que combina mensajes lanzados desde tribunas políticas con su amplificación coordinada en redes sociales.
Las consecuencias de esta dinámica son profundas. En el corto plazo, el impacto es especialmente doloroso para las víctimas y sus familias. El uso político de la tragedia contribuye a aumentar el miedo, el enfado y la sensación de abandono, desviando la atención del acompañamiento, la reparación y la búsqueda serena de responsabilidades. El sufrimiento se convierte en munición y el duelo en un espacio contaminado por la confrontación.
A medio plazo, el efecto es más estructural. La reiteración de estos frames de crisis va sedimentando una visión abiertamente antipolítica que erosiona la confianza en las instituciones democráticas. No se cuestiona solo la gestión concreta de un gobierno, sino la legitimidad misma del Estado como garante de seguridad y bienestar. La política deja de percibirse como un espacio de solución de problemas y pasa a ser presentada como parte del problema, un rasgo compartido por las nuevas derechas radicales en distintos países.
La demoscopia ayuda a entender por qué esta estrategia encuentra un terreno fértil. Los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas muestran de forma consistente que el electorado de Vox es el que expresa mayores niveles de desconfianza hacia el sistema político. En los últimos barómetros, más del 70% de sus votantes considera que los políticos son el principal problema del país, una proporción muy superior a la del resto de electorados. También es entre estos votantes donde se observa una percepción especialmente negativa del papel de las instituciones públicas.
Esta correlación no implica que cada campaña de desinformación genere automáticamente nuevos apoyos, pero sí revela una afinidad estructural entre este tipo de discursos y un determinado perfil político. La estrategia no busca tanto convencer mediante propuestas como alimentar un clima de desafección permanente, en el que cada crisis confirma una narrativa previa de decadencia y colapso.
Conviene subrayar que la crítica institucional es legítima y necesaria en cualquier democracia. Exigir responsabilidades, transparencia y mejoras en la gestión pública forma parte del debate democrático. El problema surge cuando esa crítica se adelanta a los hechos, se apoya en información falsa o engañosa y persigue deliberadamente debilitar la confianza colectiva en lugar de fortalecerla.
La tragedia ferroviaria en Andalucía merece tiempo, rigor y respeto. Convertirla en un instrumento de agitación política no solo daña a quienes han sufrido directamente sus consecuencias, sino que contribuye a normalizar un clima de antipolítica y desafección democrática que se alimenta del miedo y la indignación. Identificar este encuadre del desastre —y asumir que no es un fenómeno aislado, sino parte de una estrategia recurrente— es una condición necesaria para proteger el espacio público y preservar la calidad del debate democrático en un contexto cada vez más marcado por la desinformación y la polarización.