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Ceuta, coartada perfecta para seguir siendo racista

5 de agosto de 2026 21:56 h

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Imágenes de miles de jóvenes marroquíes exultantes entrando en España y llamando por el móvil a su casa (no estarán tan desesperados si tienen teléfono), besando el suelo (¡este no es su hogar!), rezando (impondrán su cultura musulmana), haciendo el símbolo de la victoria (ves como nos quieren conquistar), 'tomando' las calzadas ante el desconcierto de peatones y conductores (no respetan nada). Han sido gasolina para prender más aún el debate principal en el que se dirime el mundo: ser o no racista, querer o no migración, temer o no al otro cuando es pobre y de otra raza o religión. Ser o no humanista. Si América para los americanos, ¿Occidente para los occidentales?

La utilización de las imágenes, tan plásticas y aplastantes, era una tentación demasiado golosa como para ponerse a abrir un debate serio y profundo, de muchas aristas. Gobiernos de todo el mundo, incluso los que no colocan bien en el mapa la minúscula Ceuta, se lanzaron a usarla para demostrar que solo la mano dura sirve con la inmigración o que los gobiernos socialistas, en concreto el de Pedro Sánchez, ha provocado un efecto llamada con su guante de seda. Sorprende que, entre ellos, hayan estado democracias europeas que participan de un proyecto común. Solo un estado muy conservador no ha caído por la pendiente racista y de agitación del miedo: el Vaticano.

La primera idea se desmonta con datos: por ejemplo el gobierno de ultraderecha y antiimigración de Italia lidera las entradas irregulares. La segunda se desmonta dándole solo una pensada. La regularización ha acabado, tenía unos plazos de residencia demostrada y nada indica que se vaya a abrir otro proceso. Son las mafias, el altavoz masivo y privilegiado de las redes, la desesperación, las condiciones meteorológicas y las posibilidades de tener éxito lo que impulsa las llegadas desde el continente africano. Imponer un régimen de terror y encarnizamiento para frenar las ganas de venir es un experimento que está llevando a cabo Donald Trump. Es una bestialidad impropia de una democracia que habrá que ver si consigue el objetivo que se propone.

Lo cierto que el único efecto llamada demostrado por el momento fue el de unas redes sociales que monitorizan, por ejemplo, pezones y desnudos, pero no supieron/quisieron ver o avisar de que había un llamamiento a ir a España con bulos y desinformación. Si hay dudas sobre las consecuencias de llevar una dieta infotóxica, un centenar de personas muertas por una supuesta apertura de la frontera. Hay otra duda: si España monitoriza estos mensajes y si había recibido señales de lo que podía pasar, algo que está investigando un juzgado.

La siguiente tanda de vídeos y fotos de la crisis en Ceuta no ha sido tan espoleada por aquellos a quienes les encajaban mejor las primeras imágenes. Un niño desesperado que no quiere volver a Marruecos (cómo será allí su vida que prefiere estar solo en un país del que no entiende el idioma), menores malviviendo en colegios prestados, madres de luto a la espera de noticias de la morgue, jóvenes futbolistas deseosas de que Europa les preste la atención que no reciben pese a sus esfuerzos.

Después de convertir Ceuta en un ring donde dirimir qué parte del mundo tiene razón. Después de que el negocio de la atención haya hecho caja con la capacidad de las imágenes tan brutales de transmitir incredulidad, miedo, odio, empatía o desacuerdo, quedan Ceuta y los ceutíes (al 100% españoles y al 50% musulmanes), que no se han dejado instrumentalizar por los ultras que han acudido a rebañar las migas de la desgracia y han salido escaldados con su visión tan simplista y prejuiciosa de la ciudad y sus nacionalidades.

Queda pendiente hacer aquel análisis profundo y complejo: quién lo sabía, por qué no avisó, si se atendió suficiente, si se reaccionó tarde, qué pasa con Marruecos y con las app por las que se lanzó el mensaje masivo, qué se va a hacer para reforzar las fronteras, cómo integrar y qué respuesta dar al fenómeno imparable de las migraciones por el mundo desde su parte empobrecida hacia la del bienestar, como reparar las heridas en Ceuta y el colapso humanitario allí.

Es el debate que se hurtó y que quedó arrinconado cuando cada cual quiso arrimar rápido el ascua a su sardina, justificando con el desgraciado episodio el racismo que ya abrazaban antes de que asomara el primer flotador en la frontera.