Los complots existen
El bárbaro empujón por la espalda de un policía a una profesora jubilada valenciana se ha convertido en una imagen tan elocuente como significativa del actual momento de España. Sí, hay un movimiento en marcha para arrojar por tierra nuestras libertades y derechos, y sus participantes son crecientemente agresivos. Están envalentonados, se sienten impunes.
No me extraña, pues, que algunos socialistas denuncien la existencia de una campaña en su contra; lo que me asombra es que hayan tardado tanto en hacerlo y que lo hagan con tanta timidez, con pellizquitos de monja, no se vayan a enfadar los poderes fácticos. Hace mucho calor, ¿verdad? Pues tan indiscutible como esto es que existe una cruzada para machacar a Pedro Sánchez y derribar su Gobierno antes de las próximas elecciones legislativas, las de 2027.
Parece mentira que haya que recordarles lo obvio a algunas almas de cántaro: para promover un complot no hace falta la celebración pública de una asamblea fundacional, la dirección de un comité ejecutivo, la existencia de actas que lo certifican, la creación de un grupo de WhatsApp de sus participantes. Por su propia naturaleza, toda conjura es secreta o, cuanto menos, muy discreta.
Entonces, ¿qué es un complot? Pues un conjunto de gente que, procurando pasar lo más desapercibida que pueda, actúa al unísono para influir abruptamente sobre el curso de la historia. Ha habido muchos a lo largo de los siglos. Julio César fue asesinado en un complot. Bruto, Casio y los demás no acudieran armados de puñales al Senado por casualidad en la mañana de los Idus de Marzo. Watergate fue otro complot como un pino. Los fontaneros de Nixon no fueron con nocturnidad a la sede del Partido Demócrata para pasar el fin de semana.
Es ridículo negar que existe una campaña orquestada para que Sánchez no culmine esta legislatura. Como la hubo contra Felipe González en los años 1990. Los escándalos de entonces, por cierto, eran bastante más graves que los de ahora: los GAL mataban, Roldán robaba a los huérfanos de la Guardia Civil, el gobernador del Banco de España era un sinvergüenza. Uno de los más activos miembros de la conjura de los 1990, Luis María Ansón, terminó confesándola, reconociendo, además, que se situó en el mismísimo borde de la legalidad.
Los socialistas de ahora están pagando el precio de su credulidad: terminaron creyéndose el cuento del carácter irreprochable de nuestra democracia, aquello de que todos los policías y todos los jueces jamás actúan en función de su ideología, mayoritariamente derechista. Seguían repitiéndolo cuando ya eran obscenas las campañas para desacreditar a los independentistas catalanes, a Podemos, a Mònica Oltra, a un amplio número de raperos, tuiteros y humoristas, a cualquiera que osara criticar el régimen del 78.
Pensaron que jamás irían contra ellos, pero, cuando Sánchez giró a la izquierda, el PSOE entró de lleno en el punto de mira de los salvapatrias. La cruzada contra Sánchez, solución final de la cacería de zurdos, existía antes de las causas judiciales que ahora embarran a los socialistas. De hecho, estas causas, muchas sobreactuadas y hasta disparatadas, son episodios de esta campaña.
Comenzó en 2023, cuando el PP y Vox no lograron conquistar La Moncloa y decidieron que no iban a esperar cuatro años, que iban a derrocar lo antes posible a un Gobierno que tildaban de ilegítimo y convirtieron en diabólico cuando amnistió a los independentistas catalanes. La consigna fue el que pueda hacer que haga, de Aznar, recién confirmada por un Feijóo que proclama que hará “todo lo posible” para derribar al Ejecutivo antes de los comicios reglamentarios.
No hay necesidad de celebrar reuniones de coordinación en esta conjura, cada cual tiene autonomía para hacer lo que esté a su alcance. Los medios derechistas para difundir bulos y las organizaciones ultras para fabricar querellas. Los policías militantes en la causa de la salvación de España para confeccionar dosieres contra los zurdos, mejor o peor hilvanados. Los jueces conservadores para tramitar las denuncias como si estuvieran bien fundadas y hasta para concluirlas con condenas sin pruebas, véase el caso del fiscal general.
¿Conspiranoia? No, amigos. Existe una gran diferencia entre la saludable puesta en cuestión de las versiones oficiales y la enfermiza adopción de una teoría conspirativa. Esta diferencia la fija la duda razonable, la razón crítica. Y, atención, es importante precisar que la versión oficial en la España de hoy no es la gubernamental, sino la mayoritaria en los medios y los aparatos del Estado.
Siempre han existido las teorías conspirativas sin pies ni cabeza, pero es cierto que en nuestro tiempo brotan como los hongos en otoño. Conspiranoica fue la versión de Aznar y El Mundo asegurando que los atentados del 11M no fueron obra de yihadistas. Conspiranoico es creer que lady Di no murió en un accidente, que el alunizaje de 1969 fue una falsedad rodada por Stanley Kubrick, que el COVID-19 jamás existió y que la Tierra es plana.
Pero esto no desmiente que siempre hayan existido complots, que no todos sean fantasmales. A la categoría de lo real pertenecen la operación de falsa bandera del incendio del Reichstag en 1933, la conjura de Grandi, Ciano y el rey Victor Manuel para destituir a Mussolini en el Gran Consejo Fascista de 1943, la trola de las armas de destrucción masiva de Irak en 2003, los acuerdos empresariales para la obsolescencia programada y muchas otras cosas contantes y sonantes.
Al llegar aquí, me parece escuchar el reproche facilón: Javier, no todos los policías son como el que empujó a la profesora valenciana, no todos los jueces son como Peinado. Sin duda. Pero los funcionarios políticamente militantes son numerosos y están muy motivados. La anécdota del policía de Valencia pasa a ser categoría cuando los sindicatos policiales lo apoyan y advierten a la ciudadanía de los riesgos de salir a la calle a manifestarse. La de Peinado, cuando el Consejo General del Poder Judicial vuelve el martes a reconvenir al Gobierno por sus blandengues críticas a la actuación de algunos magistrados y no dice ni mu sobre las actuaciones de tantos togados.
No me parece fantasioso y extravagante albergar sospechas razonables sobre el carácter orquestado de la campaña para derribar al Gobierno de Sánchez y adelantar unas elecciones que le den una mayoría absoluta al PP y VOX. Al contrario, lo estrambótico me parece creer en el carácter angelical de todos los participantes y de todas las acciones de este nuevo movimiento nacional.