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Un Congreso falocéntrico y dominado por varones

María Eugenia R. Palop

Hace un par de días supimos, gracias a este diario, que solo una de cada cuatro comisiones de las Cortes está presidida por una mujer (24% en el caso del Congreso y 27% en el caso del Senado); que el porcentaje de presidentas en comisión no se corresponde con la representación global de las mujeres en el Congreso; y que no hay paridad en ninguno de los puestos de responsabilidad de los órganos básicos de organización de las Cámaras (más allá de la Mesa del Congreso en la que hay más mujeres que hombres).

Tras la entrada en vigor de la Ley para la Igualdad Efectiva de Mujeres y Hombres (2008-2011), el porcentaje de mujeres en el Parlamento pasó de 36% a 36,3%. La escasísima subida se debió entonces a que las mujeres estaban situadas en posiciones en las que eran más difícilmente elegibles, y esto es algo que todavía no se ha logrado superar del todo. La cuestión es que, aunque la LOIMH obliga a todas las formaciones políticas al equilibrio del 60%-40% en cada tramo de cinco candidatos y candidatas en sus respectivas listas electorales, no dice nada en relación a los/las cabezas de listas, de manera que en un sistema político tan patriarcal como el nuestro, las mujeres acaban encontrando aquí un auténtico handicap en las elecciones legislativas. La prueba es que hoy, después de varios años y algunos ajustes, la representación de las mujeres en el Congreso no supera un ridículo 39%, y sigue siendo resistida por algunos partidos antiparidad, como el Partido Popular, que recurrió la LOIMH ante el Tribunal Constitucional porque, a su juicio, violaba la autonomía de los partidos (sí, sí, esas máquinas oligárquicas lideradas por varones antes y después de la nueva política).

Los adalides del PP son de esos que pretenden que las mujeres vean injusto y hasta vergonzante que haya sitios donde es obligada su presencia; quieren que pensemos que se nos está regalando algo por el simple hecho de ser mujeres, por una ciega política de cuotas, cuando es exactamente al revés: son los hombres los que, por el simple hecho de ser hombres, han manejado a su antojo gobiernos y empresas de todo el mundo.

Vean. A escala mundial, en junio de 2016, solo un 22.8% de los parlamentarios nacionales eran mujeres, lo que significa que la proporción de mujeres parlamentarias ha aumentado muy lentamente desde 1995, cuando se situaba en un 11.3%. Únicamente dos países tenían un 50% o más de mujeres en el Parlamento, ya sea en cámara individual o baja: Ruanda con el 63.8% y Bolivia con el 53.1%.

En esa misma fecha había 38 Estados donde las mujeres representaban menos del 10% del total de los parlamentarios en cámaras individuales o cámaras bajas, incluyendo cuatro cámaras sin presencia femenina, y en 46 cámaras individuales o bajas representaban en torno al 30%. Curiosamente, en 40 de esos 46 países se habían aplicado sistemas de cuotas para abrir ese pequeño espacio a la participación política de las mujeres; tímidas políticas todavía, como las que ha intentado articular esa LOIMH que tanto ha resistido el Partido Popular.

Y es que el PP, como Ciudadanos, es de los que creen que en una sociedad machista e injusta socialmente el éxito sigue coronando la virtud, de modo que los que han alcanzado el poder están ahí simplemente porque son más listos, más sagaces, más capaces; porque han jugado bien sus cartas en un mercado de competencia perfecta del que, por supuesto, no excluyen el gran negocio que representa la política. Para ellos, la pobreza o la subalternidad no es más que un indicador de torpeza, pereza o degradación moral. Que estos poderosos sean mayoritariamente varones, blancos, heterosexuales, y ricos de familia, que, casualmente, sean, además, sus amigos, no les hace dudar ni un ápice de sus fantasías y bonitos sueños neoliberales (auténticas pesadillas distópicas para las mayorías sociales). Es más, este hecho solo refuerza su idea netamente conservadora de que la desigualdad entre hombres y mujeres, ricos y pobres, listos y tontos, emprendedores y vagos, es tan natural como inevitable, y que resulta positiva porque genera élites clarividentes dotadas de experiencia y predestinadas a pastorear a una masa compuesta de mujeres, hambrientos, “desviados” y vulnerables.

En fin, está claro que el proceso histórico de la incorporación de la mujer a la política, iniciado hace ya más de 80 años, no se puede dar por acabado ni normalizado. Desde luego, no ayudan estos partidos ni sus gobiernos, y no ayuda tampoco la socialización machista que hemos interiorizado, la división sexual del trabajo, ni la doble explotación a la que están sometidas las mujeres, víctimas por igual del patriarcado en el ámbito doméstico, donde se ocupan de los cuidados, y del abuso capitalista en el mercado, que las precariza con trabajos interinos y mal pagados.

Según el Informe Sombra de la CEDAW, por cada 26 mujeres que compatibilizan su jornada a tiempo parcial con la atención a los miembros de su familia, tan sólo un hombre lo hace (el mismo que crece como un hongo peinado, planchado, alimentado y reproducido, en su despacho, su cubículo o su escaño en el Congreso). La ley de dependencia situó en la agenda política a 2,3 millones de personas que son cuidadas en un 81% por sus familias (mujeres en el 85% de los casos: madres, cónyuges, hijas o hermanas), en un 13% por servicio doméstico (95% mujeres, 60% inmigrantes) y en un 6% por unos servicios sociales feminizados. Si a esto se añade el total desmantelamiento de la ley, Partido Popular mediante, pueden calcularse sin esfuerzo las escasísimas posibilidades reales que tienen las mujeres de dedicarse a algo tan terriblemente complejo y absorbente como la política.

Así que, como resultado de todo esto, la política sigue siendo hoy un espacio dominado por camarillas de varones testosterónicos, cuyo liderazgo verticalista se aprecia claramente en las propias dinámicas del Congreso (el anterior y el actual), sus jinetes del apocalipsis, y sus juegos de tronos y de tronas. En España, las pocas mujeres que se han dedicado a la política han tenido que moverse en ese tejemaneje de caudillos, padrinos y mentores, y las que han sobrevivido han sido desacreditadas, banalizadas e insultadas por personajes de todo pelaje, como León de la Riva, Arias Cañete, Félix de Azúa, Eduardo García Serrano, o Antonio Burgos…alcaldes, concejales, tuiteros, tertulianos, periodistas, sindicalistas, compañeros, amigos y enemigos: “tiorras feas”, “puta”, “zorra”, “gordita”, “malfollada”, “vieja”, “fondona”, “puta barata podemita”, “retrasada”, “estúpida”, “corta”…entre otras lindezas. Unos señores que, por cierto, todavía siguen en sus puntos de engorde sin que se les haya movido una ceja.

Evidentemente, ya sabemos que, aunque la articulación de políticas igualitarias es, sin duda, efectiva, una mayor o menor presencia de mujeres en tal o cual lugar no garantiza automáticamente la mirada de género, ni una transformación en la manera de hacer política. Es más, la sumisión y la complacencia con las que actúan algunas mujeres cuando alcanzan el poder, la domesticación que somatizan en el proceso, no hace más que fortalecer el machismo en política y el dominio viril. Por eso, la presencia femenina en el Congreso, y el acceso a las estructuras de poder, no es solo una cuestión cuantitativa sino que ha de tener, sobre todo, una dimensión cualitativa.

En definitiva, para que la política tenga un impacto positivo en la vida de las mujeres y coadyuve al progreso de una sociedad, hay que asumir una relectura femenina y feminista del mérito, la capacidad y las propias reglas internas del sistema, y hay que hacer una apuesta seria por la democracia paritaria que no solo consiste en lograr la presencia equilibrada de hombres y mujeres en los órganos de decisión, sino en eliminar de raíz el falocentrismo que penetra en todas las fases depurativas por las que hay que pasar para acceder a un escaño.

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