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18 de febrero de 2026 22:24 h

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Esta semana hizo cuatro años desde que publiqué mi primer artículo de opinión y pronto hará cuatro años desde que publiqué mi primera entrevista, mi primera crónica y mi primer reportaje. También hará, dentro de poco, cuatro años desde que publiqué mi primera noticia. Había terminado la universidad hacía ocho meses y conseguido mi primer trabajo como titulado superior siendo analista de datos espaciales en una empresa tan manchada por la corrupción que había tenido que cambiar de nombre dos veces. El primer sueldo que cobré con ellos amortizó todo el dinero que había gastado en mi educación los cinco años anteriores y tenía pinta de que, si conseguía mantener el puesto, en menos de dos años podría comprarme una casa. Quizá, pensé, si se daba bien y me apetecía, hasta podría sacarme el carné de conducir y comprar un coche. Solo a cambio de pasar doce horas diarias delante de un ordenador viendo números volar como jilgueros por la pantalla y de tragarme a regañadientes los fastuosos contratos que conseguía mi jefe a base de sobornar a técnicos municipales, algo que nunca pude, o mejor dicho, no quise comprobar, pero era más que evidente para mí y para mis compañeros, y de cabalgar sobre una depresión que estaba en proceso de devorar lo poco que quedaba del muchacho que empezó a estudiar geografía el lustro anterior. 

Decir que no me quedaba otra sería faltar a la verdad. Podría haber trabajado en cualquier otro sitio porque mi perfil profesional estaba excepcionalmente demandado por entonces. Pero ganaba al año lo que mis dos padres juntos y, además, podía ir andando al trabajo, y uno tiene principios, pero también tiene fines, y mi fin era intentar jubilarme lo antes posible y de paso jubilarles a ellos también. Hacía ya varias semanas que recordaba una conversación con mi madre en primavera del 2014, cuando le dije que no tenía ganas ni intenciones de seguir estudiando en la universidad; le dije que quería dedicarme a escribir y me dijo, asertiva y amorosamente que me metiese esas ideas por donde la espalda pierde su santo nombre. No la culpé, porque qué madre querría para su hijo la vida que he llevado posteriormente a esa charla, pero el peso de la vocación perdida me lastraba y empeoraba mi depresión y cada día que pasaba veía más viable el dejar de estar que el seguir estando.

Entonces, esta semana han pasado cuatro años desde que tuve la idea de mandar un artículo de opinión y desde que recibí con entusiasmo un ‘me ha encantado’ y desde que me propusieron escribir un artículo semanal. Esa es una de las formas de decir que esta está siendo mi ducentésima nonagésima octava columna de opinión y mi tricentésimo quincuagésimo cuarto artículo periodístico en general y no me arrepiento de ninguno de ellos porque toda mi vida ha cambiado, para siempre y para mejor, desde que escribí el primero. Después de haber sido camarero, reponedor, cajero, profesor, jugador de póker, vendedor, captador de socios de ONG, ferretero, albañil, delineante y menudista de productos cannábicos, por fin era escritor. Entonces descubrí que ser escritor solo significa levantarse cada mañana sin saber si ese mes podrá pagarse el alquiler y a pesar de eso sentarse a escribir como si de ese gesto dependiese la estabilidad del mundo; descubrí que no hay horarios porque la cabeza no ficha ni a las ocho ni a las seis y que una frase mal cerrada puede perseguirte durante días igual que lo hacía el banco cuando no podían cobrarme la factura de la tarjeta de crédito. También, por cierto, descubrí lo que era vivir a crédito.

Descubrí que la libertad tiene un precio y no se paga de una tacada; que es una suscripción que se paga mes a mes. Descubrí que escribir es también aceptar que habrá días en los que no tengas nada que decir y, aun así, tengas que decir algo. Que la inspiración no es un fenómeno místico sino una disciplina y que la disciplina no siempre basta. Que convertir la vocación en oficio implica degradar un poco la pureza de la vocación. Que cada experiencia, incluso las más íntimas, empieza a ser sospechosa de convertirse en párrafo. Que uno ya no vive del todo lo que vive, sino que lo observa con la distancia fría del que calcula si aquello servirá para una columna futura.

Pasan los años y entiendes cómo funciona el mundo de las letras y asumes algo que nunca ocurrirá. Que un día te levantes por la mañana y veas un mensaje del editor de un gran grupo editorial proponiéndote escribir un libro; ha pasado ya el tiempo suficiente como para aceptar que esas cosas no pasan. Pero pasan. Un día te levantas por la mañana y tienes justo ese mensaje en tu bandeja de entrada; miras a los lados buscando la cámara oculta y descubres con descrédito que te acaba de pasar justo eso que no pasa nunca, como si el reloj se detuviera justo el día en que acabas de aceptar que vas a llegar tarde. Pero entonces entiendes, de golpe, otras tres cosas.

Entiendes que sí, que acaba de pasar lo impensable y que acaba de llegar justo eso que durante años fingiste no desear para no sentir la frustración de no tenerlo; entiendes que la oportunidad llega cuando ya no queda margen y cuando cada hora que no pasas trabajando de cualquier cosa es una hora que te arremete contra el abismo de la pobreza extrema; que te acaban de ofrecer un futuro cuando lo único que necesitas es liquidez; y descubres, con una claridad que no deja espacio para el consuelo, que en este oficio de mierda los sueños no se cumplen cuando estás preparado para ello, sino cuando ya no puedes permitirte cumplirlos.