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Cuando su derrota es tu única victoria, mal vamos el resto

18 de mayo de 2026 21:34 h

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Ya conocemos los resultados de las elecciones en la Comunidad Autónoma de Andalucía. Como siempre, hay datos de mucho interés, sobre todo de cara al futuro inmediato en esta Comunidad y también, ¡cómo no!, sobre otros procesos electorales que se van a celebrar con total seguridad en mayo de 2027 – autonómicas “comunes” y municipales – y, seguramente también en dicho año, aunque aún sin fecha, claro – elecciones generales -.

De todas las constataciones que pueden extraerse – y son cientos de ellas, todo depende dónde pongamos el foco y cómo vayamos leyendo los resultados y cruzando elementos y datos -, yo quisiera resaltar unos pocos, muy pocos y, como verán, nada originales, en absoluto.

La primera gran y obvia constatación es que el PP no ha obtenido la tan y tan legítimamente ansiada mayoría absoluta y que tendrá que luchar por conseguir sacar adelante su investidura. Veremos con qué apoyos, si con VOX - con un apoyo parlamentario de investidura o de legislatura o conformando un Gobierno de coalición - o si quiere y puede conseguir otros apoyos distintos.

La segunda obviedad es el rotundo éxito de “Adelante Andalucía”, cuadruplicando escaños y estabilizando su posición y su a priori arriesgada decisión de no concurrir con otros grupos políticos de izquierdas. Creo que conocen muy bien el terreno que pisan y que tenían muy bien pulsado lo que la ciudadanía opina de la situación en general y de la izquierda en particular y de su actuación en los últimos años.

La tercera constatación es el claro estancamiento y, por tanto, fracaso, de las fuerzas políticas de izquierda “estatal” que han confluido en la candidatura “Por Andalucía”, de entre las que destacan por su relevancia real en el Estado Izquierda Unida, Movimiento Sumar y Podemos – pónganlas en el orden que prefieran -. Con la trascendencia que tiene para el resto del Estado. Y ello, pese a haber realizado una campaña “ordenada”, sin estridencias ni contradicciones ni desencuentros públicos, lo que tampoco era fácil, si bien considero que el liderazgo de Antonio Maíllo ha tenido mucho que ver en ello y también, seguramente, en haber mantenido la posición. 

Esto es lo principal que yo extraigo de lo ocurrido el domingo. Queda mucho tiempo para las siguientes elecciones – o eso parece, al menos – y para digerir estos resultados y la formación del Gobierno andaluz, así como para mover las fichas del tablero político. Yo, personalmente, no me atrevo a pronosticar nada.

Pero hay algo que me ha llamado mucho más poderosamente la atención. Ya sé que no es la primera vez que ocurre, pero quizá en esta ocasión la he percibido más clara y crudamente.

De los varios discursos y valoraciones que se hicieron el propio domingo y se siguen haciendo aún – ¡y lo que irá cayendo! -, destaco esa sensación tan agria de que quienes no han ganado – incluyendo quienes han perdido estrepitosamente – celebran como una victoria la “derrota” del PP, que no ha obtenido la pretendida mayoría absoluta y habrá de vérselas con VOX.

Que no haya mayorías absolutas no es malo en sí mismo. Yo misma me he alegrado muchas veces de ello, tanto en el Estado como en Euskadi. Es sano, pues obliga a negociar, a pactar y, sobre todo, a escuchar e incorporar otras ideas distintas de las propias. 

Pero esta idea general no siempre sirve. No sirve, desde luego, cuando ese diálogo, esa negociación y esos pactos se tienen que hacer con quien desde una gran parte de la ciudadanía y desde determinadas fuerzas políticas se rechaza de plano. Esto es, no es sano terminar pactando con quien quiere imponer ideas que repugnan a la mayoría, aquí y en otros lugares.

Es lo que ocurre con VOX. Yo no soy partidaria de ignorarlos ni de evitar que hablen, sino más bien lo contrario: considero que solamente hay una vía para detener ideas repugnantes y es que las escuchemos, razonemos y las filtremos hasta que, con convicción, las rechacemos.

Y ¿qué hacer entretanto? 

De un lado, y para comenzar, no celebrar la “derrota” ajena como victoria propia. Menos aún cuando la “derrota” no es tal y aún menos cuando ello genera una indeseada situación de que la extrema derecha pueda condicionar la formación de Gobierno y, con ello, imponer las tan rechazadas ideas y propuestas. 

De otro lado, si tan negativo es para la ciudadanía que la ultraderecha llegue al Gobierno o lo condicione en los términos que llevamos tiempo escuchando – que lo es, sin duda -, y si tan gran compromiso tienen todas las fuerzas políticas con la democracia y con los derechos humanos – que lo tienen, sin duda también -, no debiera ser tan complicado intentar facilitar una negociación y un pacto para la investidura de Moreno Bonilla con un programa de mínimos aceptable por todos o por algunos. No sería en modo alguno fácil, pero debiera ser posible. Sobre todo, para el PSOE, que sabe bien y ha sufrido en sus propias carnes lo que es negociar y pactar incluso con fuerzas políticas muy dispares en términos que incluso han generado grandes contradicciones internas, además de varios y relevantes “cambios de opinión”.

No soy partidaria de impedir el debate de ideas, pero sí de “cordones sanitarios” que permitan alianzas políticas para evitar que partidos políticos extremistas lleguen a gobernar. Se han practicado, con éxito, en varios países de nuestro entorno sociopolítico. En Francia, sin ir más lejos, a la hora de votar, dado su sistema electoral de doble vuelta, que permite que, en la segunda de las rondas las fuerzas que a ella acceden apoyen la candidatura mejor situada para evitar la victoria de la ultraderecha. Aquí, podríamos considerar que la segunda vuelta es, en realidad, la investidura, de modo que podríamos exigir ese “cordón sanitario” que solamente podría funcionar si hay un acuerdo para votar al partido que, en razón de los resultados electorales, tenga las mayores posibilidades de formar gobierno – no necesariamente el partido vencedor, sino el que pueda tejer más y más potentes alianzas -.

Llámenme ingenua si quieren, porque seguramente lo soy, pero no veo, hoy por hoy, otra manera de impedir que ocurra lo que nadie quiere – o lo que todo el mundo dice no querer -. No es seguro, pero sí muy posible que la ciudadanía termine por agradecer a quien ofreciera un pacto en tal sentido y a quien lo aceptara.

Todo lo demás son palabras huecas y prioridades partidistas.