Donald Trump ya no disimula. Su codicia es insaciable. Cada vez se parece más a Adenoid Hinkel, el dictador creado e interpretado por Chaplin para escarnecer a Hitler. Al igual que el dictador de Tomania, Trump es grotesco, narcisista y manipulador. La escena en que Hinkel juega con un globo terráqueo es una de las secuencias míticas de la historia del cine. Después de escuchar a Garbitsch, uno de sus hombres de confianza, Hinkel se deja llevar por ese infantilismo que también caracteriza a Trump y ensaya distintas piruetas con un globo terráqueo hinchable. Interpretado por Henry Daniell, Garbitsch le ha animado a atacar al imaginario Austerlich, asegurándole que esa agresión provocará un shock global: “Después no habrá que luchar. Será suficiente amenazar. Una nación tras otra capitulará. En un par de años el mundo estará bajo tu dominio y te adorarán como a un dios”. Embriagado por estas palabras, Hinkel pide unos momentos de soledad y comienza a jugar con el globo terráqueo: lo hace girar como una peonza sobre un dedo, lo impulsa con el pie, las rodillas, el trasero, lo abraza. Su sueño de ser emperador del mundo está al fin al alcance de su mano, pero cuando menos lo espera, el globo explota. Desolado, Hinkel se desploma sobre la mesa de su despacho y solloza como un niño. No sé si Trump lloraría en esa situación, pero sí está claro que sus delirios imperialistas están colocando al mundo al borde del abismo.
El secuestro de Nicolás Maduro en Caracas y unos bombardeos selectivos que han dejado cien muertos —muchos civiles— apenas difieren de la Blitzkrieg o “guerra relámpago” de Hitler: golpear sin previo aviso, abusar de la fuerza contra un adversario más débil, ignorar el derecho internacional. Como explica Garbitsch a Hinkel, después de una acción tan devastadora, quizás ya no será necesario volver a recurrir a la violencia. Bastarán las amenazas. El Garbitsch de Trump se llama Stephen Miller. Jefe adjunto de Gabinete de la Casa Blanca, hijo de un especulador inmobiliario y amante de los trajes a medida, habló con el mismo cinismo que Garbitsch durante la entrevista que le hizo Jake Tapper en la CNN: “Vivimos en un mundo en el que podemos hablar todo lo que uno quiera sobre sutilezas internacionales y demás, pero vivimos en un mundo, el mundo real, que está gobernado por la fuerza, gobernado por la dureza, gobernado por el poder”. Estados Unidos no necesita excusas para apoderarse de Groenlandia. “Somos una superpotencia” y, “desde el principio de los tiempos”, las “férreas reglas del mundo” se basan en la fuerza y no en principios morales o legales.
Groenlandia, Cuba, Irán, México y Colombia están en el punto de mira de Trump, que no se molesta en disfrazar sus agresiones de intervenciones humanitarias. Solo le interesa apoderarse de los recursos (petróleo, litio, oro, diamantes, tierras raras) y evitar que Rusia y China puedan invertir o negociar en SU hemisferio. Aficionado a las mayúsculas, Trump enfatiza todas sus declaraciones con hipérboles o con signos superlativos. Su rapacidad ha dejado desnuda a la derecha, que ya no puede emplear eslóganes como “civilización o barbarie” para justificar guerras como las de Iraq o Afganistán. Trump piensa que puede bombardear y secuestrar a líderes, siempre y cuando respete las áreas de influencia de Rusia y China. El final de la historia del que hablaba Fukuyama no consiste en una nueva “Pax Romana” con dos siglos de duración, sino en un escenario terrorífico similar al de 1984, la célebre novela distópica de George Orwell, donde tres superpotencias (Oceanía, Eurasia y Estasia) mantienen una guerra eterna.
Las buenas relaciones entre Trump y Putin parecen garantizar que no habrá una guerra entre Rusia y Estados Unidos, aunque se repitan nuevas incursiones como la de Venezuela. La próxima podría ser en Groenlandia, con los Delta Force o los SEALS ocupando el Parlamento, los medios de comunicación y las comisarías de policía, una “operación militar extraordinaria” que dinamitaría definitivamente el derecho internacional. Aunque Putin y Trump han utilizado la misma expresión para encubrir una indigna agresión bélica, como ha señalado el profesor e historiador estadounidense Timothy Snyder, su buena sintonía podría romperse, pues ambos son imprevisibles y desleales. El pacto de no agresión entre Hitler y Stalin, que ocultaba cláusulas secretas para repartirse Europa Oriental, saltó por los aires un año y diez meses después de su firma, cuando la Wehrmacht inició la Operación Barbarroja, una “operación militar extraordinaria” que costó treinta y cinco millones de vidas, según algunos historiadores. Otros rebajan el número de víctimas a solo veintisiete, lo cual no altera la valoración moral de una invasión concebida como una guerra de exterminio.
Quizás algún lector pensará que estoy jugando a Casandra, la sacerdotisa de Apolo que predijo el engaño del caballo de Troya, pero ya nadie se ríe cuando Trump habla de sus ambiciones sobre Groenlandia y otros países. No hay que olvidar que al comienzo de su segundo mandato también habló de anexionarse Canadá. Y en cuanto a Putin, no parece conformarse con la República Popular de Donetsk, la República Popular de Lugansk, y los óblast de Zaporiyia y Jersón. Al margen de sus depredaciones en Ucrania, ya ha comenzado a provocar a Finlandia, Estonia, Polonia y Moldavia. China tampoco esconde sus intenciones sobre Taiwán. Nos encontramos, pues, en una situación que recuerda los preámbulos de las dos grandes Guerras Mundiales, cuando los imperios luchaban entre sí para controlar los recursos y las rutas comerciales del mundo. Alemania fue la gran perdedora del reparto colonial en el XIX y Hitler intentó corregir ese descalabro, colonizando Europa oriental. Si Francia e Inglaterra no le hubieran declarado la guerra tras invadir Polonia, quizás se habría limitado a ocupar los países del Este. De hecho, elogió al Imperio Británico en varias ocasiones y mostró simpatía por Estados Unidos. Los anglosajones le parecían un pueblo digno de respeto, no como los eslavos, los latinos o los judíos.
Las declaraciones de Stephen Miller sobre “las férreas reglas del mundo” y el derecho de las superpotencias a anexionarse otros países evocan una sobrecogedora frase de Hitler: “Quien renuncia a luchar en un mundo cuya ley es una lucha constante, no merece vivir”. El fascismo de Trump no se refleja solo en su política exterior. El pasado 7 de enero un agente del ICE mató a una mujer en Mineápolis. Se llamaba Renée Nicole Good, tenía 37 años y era ciudadana estadounidense. Se ha alegado que intentó atropellar al agente que le disparó, pero las imágenes solo muestran que el vehículo, tras bloquear el paso a la policía, intentó huir. Trump y Vance ya han responsabilizado del crimen a la extrema izquierda. Sin embargo, parece más creíble afirmar que la limpieza étnica promovida por el movimiento MAGA ha propiciado esta tragedia.
La política interior y exterior de Trump se basa en el mismo principio que la Alemania nazi: el derecho del más fuerte. Es un principio que implica el ocaso de la civilización, tal como se definió después de 1945 con la creación de Naciones Unidas y la Declaración Universal de Derechos Humanos. En su breve ensayo titulado El hundimiento, el historiador alemán Joachim Fest escribe a propósito de Hitler: “Fue esa completa falta de escrúpulos en cuanto a medios y en cuanto a fines lo que le ayudó durante algún tiempo a conseguir sus sensacionales éxitos”. Hitler se comportaba como “el jefe de una cuadrilla de bandidos”, sin otro objetivo que acumular poder y riquezas. ¿No es la forma de obrar de Trump, un megalómano que presume de haber creado la “Doctrina Donroe”, una nueva mística imperial que resucita la teoría del Destino Manifiesto? En 1845, el periodista John L. O'Sullivan escribió en la revista Democratic Review de Nueva York que la Providencia había asignado a Estados Unidos la misión de extenderse por todo el continente americano: “Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para su desarrollo”. Trump no esconde su afán expansionista, alardea de nacionalismo y explota la retórica cristiana para atribuir a sus decisiones un carácter casi sagrado.
Para condenar la Blitzkrieg de Trump, no es necesario defender a Nicolás Maduro, que ha cometido graves violaciones de los derechos humanos —según organizaciones como Amnistía Internacional o Human Rights Watch— y perpetró un fraude en las elecciones presidenciales de 2024. El porvenir siempre es incierto, pero ahora se ha vuelto particularmente inquietante. Con la segunda presidencia de Trump, podemos decir que estamos asistiendo a la decadencia y caída de Occidente, hasta hace poco símbolo de la democracia y la libertad. Hoy más que nunca, los demócratas deben trabajar conjuntamente para evitar que el mañana no se parezca a la distopía orwelliana, donde “la guerra es la paz, la esclavitud es la libertad y la ignorancia es la fuerza”.