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Enfermar en la España vaciada... y en la llena

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Mi amiga de toda la vida, Rosamari, septuagenaria ya, con una salud de hierro hasta ahora, está enferma. El primer parte de urgencias –hace tres semanas- remitió a la evaluación de dos especialistas. El segundo, unos días después, también. Como no la han visto todavía, no hay diagnóstico ni por tanto tratamiento curativo. En tanto llegan las esperadas citas, le han recetado ibuprofeno para aliviar los fuertes dolores. Y ahí está mi amiga tomando a diario un antinflamatorio - que no cura - mientras la sanidad pública puede atenderla como debe ser.

Las historias pequeñas nos llevan a menudo a las grandes y a enormes carencias. Rosamari reside en un pueblo de Huesca, el mismo en el que nació. En los recios Monegros. Recaló allí por voluntad propia tras labrarse una profesión y un sólido bagaje en Londres, donde vivió varios años. Su pueblo no tiene dispensario médico. En la cabeza de partido, una médica pasa consulta dos veces por semana durante un par de horas. Para urgencias y gestiones hay que acudir a Grañen –a 23 kms- o en su caso, a Huesca capital –casi 32 en otra dirección-. En Grañen, como en tantos pueblos de España, los sanitarios se multiplican. No se cubren las bajas ni por enfermedad ni por vacaciones. La pandemia ha cambiado los protocolos. Y en conjunto hay demasiada burocracia que ralentiza y una endémica falta de recursos. No hay cita de especialista sin volante, los volantes siguen su recorrido, y las consultas continúan sin llegar. Pese a la buena voluntad de los profesionales.

Si hay una España vaciada es Aragón –fuera de la ciudad de Zaragoza- y si en la comunidad puede hablarse de zonas desérticas, una de las más destacadas es la comarca de los Monegros. Son casi 3.000 km² de superficie para albergar apenas a 20.000 personas, distribuidas en núcleos poblaciones mínimos. Igual rentaba más –como le ha dicho algún lumbreras y más de mil y ciento pensarán- agrupar a los vecinos todos juntos en una urbanización de la capital. Cómo se le ocurre vivir en su pueblo y sin coche (pidiendo favores). Sin los buitres que surcan el cielo, sin las piedras que toman formas, sin ese aire limpio, vivir.

Leo que en la provincia de Teruel, en Utrillas, han hecho una carrera de relevos corriendo para pedir médicos. Hace falta mucha vocación para trabajar en esas condiciones. ¡Una carrera de relevos! Y buena parte del pueblo pasó de la reivindicación.

Las carencias de la sanidad pública en la España más o menos vaciada son asumidas como un mal inevitable, casi obligado por osar residir donde cuidar de la salud ocasiona más gasto. Todo, hasta la salud y la vida, se rige por la rentabilidad. ¿Cómo se ha consentido este destrozo? ¿Qué nos hemos dejado hacer con la Sanidad Pública? Lo grave es que, en el otro extremo, en la España llena, la desatención procede de tener saturados los cada vez más debilitados servicios sanitarios en múltiples lugares. Cada queja que se expone en público recibe un aluvión contando casos similares. Y las noticias publicadas se esparcen en un reguero que apenas causa ya impacto. "El que puede tiene un seguro privado", dicen. Y lo asumen como normal.

 Es como que el PP robe a manos llenas allí donde hay caja con fondos públicos donde hacerlo, si me permiten el inciso.

La pandemia de coronavirus no ha aportado lección alguna sobre la importancia vital de la Sanidad Pública. Muchos enfermos crónicos se resintieron, los diagnósticos se ralentizaron. Una amalgama fatal que ha condicionado el desarrollo de dolencias graves como la que este mismo viernes se ha llevado finalmente a Olatz Vázquez, la periodista vasca que "lloraba fotografías" para explicar su drama y que ha muerto con solo 27 años.

Sin piedad, sin lógica, en las comunidades más depredadores han seguido los recortes. Madrid en cabeza suprime los impuestos a las máquinas tragaperras, y perdona casi mil millones de euros a 19.000 contribuyentes que poseen un patrimonio de 10 millones por cabeza. Los impuestos pagan servicios públicos, pagan la sanidad, pero las políticas ultraliberales y de exceso de desfachatez prefieren dejar el dinero recaudado en algunos bolsillos.

Celia Blanco, Latanace, es una periodista que se trasladó a vivir a Almería cuando fue despedida en un reajuste de la Cadena SER. Hasta allí le ha llegado una carta de la Comunidad de Madrid explicándole la suerte que han tenido porque su querida Tere muriera el año pasado en Madrid, y los impuestos que se han ahorrado con ello.

Cuesta creer que una sociedad haya llegado a tal grado de anestesia de conciencia y deshumanización para aceptar que sea más importante ahorrar en impuestos al patrimonio que destinar recursos al cuidado de la salud. Una sociedad que se resigna a las dilaciones en su atención y consiente que médicos y personal sanitario en general se vean en tantos casos mal pagados y sobrecargados de trabajo. Hay que anotar que cuando, durante lo crudo de la pandemia se han quejado, lo han hecho de sus limitaciones para cumplir su misión con los pacientes, nunca del sueldo.

Y todavía más. España también aceptó el brutal triaje de ancianos en la pandemia. Más que triaje en algunos casos, con un resultado aterrador de sufrimiento y muerte. Dando tan poco valor a la vida humana como para premiar a responsables del desastre con un número de votos próximo a la mayoría absoluta para que sigan perpetrando sus fechorías. A los desalmados que han propiciado una insoportable carga emocional a los mayores que se ven orillados por improductivos debería faltarles tierra para correr y marcharse.

Mi amiga Rosamari empieza a experimentar que hay algo en las normativas y burocracias que pasa por encima del dolor de las personas: la carencia de recursos. Elegida por unas directrices que no priorizan lo fundamental. Detrás vamos la mayoría. Ojalá la curen pronto y vuelva a subir por los montes, mirando el cielo, como le gusta hacer. Tal vez en algún momento la mayoría de la sociedad entienda que lo primero es… la vida.

Mi amiga de toda la vida, Rosamari, septuagenaria ya, con una salud de hierro hasta ahora, está enferma. El primer parte de urgencias –hace tres semanas- remitió a la evaluación de dos especialistas. El segundo, unos días después, también. Como no la han visto todavía, no hay diagnóstico ni por tanto tratamiento curativo. En tanto llegan las esperadas citas, le han recetado ibuprofeno para aliviar los fuertes dolores. Y ahí está mi amiga tomando a diario un antinflamatorio - que no cura - mientras la sanidad pública puede atenderla como debe ser.

Las historias pequeñas nos llevan a menudo a las grandes y a enormes carencias. Rosamari reside en un pueblo de Huesca, el mismo en el que nació. En los recios Monegros. Recaló allí por voluntad propia tras labrarse una profesión y un sólido bagaje en Londres, donde vivió varios años. Su pueblo no tiene dispensario médico. En la cabeza de partido, una médica pasa consulta dos veces por semana durante un par de horas. Para urgencias y gestiones hay que acudir a Grañen –a 23 kms- o en su caso, a Huesca capital –casi 32 en otra dirección-. En Grañen, como en tantos pueblos de España, los sanitarios se multiplican. No se cubren las bajas ni por enfermedad ni por vacaciones. La pandemia ha cambiado los protocolos. Y en conjunto hay demasiada burocracia que ralentiza y una endémica falta de recursos. No hay cita de especialista sin volante, los volantes siguen su recorrido, y las consultas continúan sin llegar. Pese a la buena voluntad de los profesionales.

Si hay una España vaciada es Aragón –fuera de la ciudad de Zaragoza- y si en la comunidad puede hablarse de zonas desérticas, una de las más destacadas es la comarca de los Monegros. Son casi 3.000 km² de superficie para albergar apenas a 20.000 personas, distribuidas en núcleos poblaciones mínimos. Igual rentaba más –como le ha dicho algún lumbreras y más de mil y ciento pensarán- agrupar a los vecinos todos juntos en una urbanización de la capital. Cómo se le ocurre vivir en su pueblo y sin coche (pidiendo favores). Sin los buitres que surcan el cielo, sin las piedras que toman formas, sin ese aire limpio, vivir.

Leo que en la provincia de Teruel, en Utrillas, han hecho una carrera de relevos corriendo para pedir médicos. Hace falta mucha vocación para trabajar en esas condiciones. ¡Una carrera de relevos! Y buena parte del pueblo pasó de la reivindicación.

Las carencias de la sanidad pública en la España más o menos vaciada son asumidas como un mal inevitable, casi obligado por osar residir donde cuidar de la salud ocasiona más gasto. Todo, hasta la salud y la vida, se rige por la rentabilidad. ¿Cómo se ha consentido este destrozo? ¿Qué nos hemos dejado hacer con la Sanidad Pública? Lo grave es que, en el otro extremo, en la España llena, la desatención procede de tener saturados los cada vez más debilitados servicios sanitarios en múltiples lugares. Cada queja que se expone en público recibe un aluvión contando casos similares. Y las noticias publicadas se esparcen en un reguero que apenas causa ya impacto. "El que puede tiene un seguro privado", dicen. Y lo asumen como normal.

 Es como que el PP robe a manos llenas allí donde hay caja con fondos públicos donde hacerlo, si me permiten el inciso.

La pandemia de coronavirus no ha aportado lección alguna sobre la importancia vital de la Sanidad Pública. Muchos enfermos crónicos se resintieron, los diagnósticos se ralentizaron. Una amalgama fatal que ha condicionado el desarrollo de dolencias graves como la que este mismo viernes se ha llevado finalmente a Olatz Vázquez, la periodista vasca que "lloraba fotografías" para explicar su drama y que ha muerto con solo 27 años.

Sin piedad, sin lógica, en las comunidades más depredadores han seguido los recortes. Madrid en cabeza suprime los impuestos a las máquinas tragaperras, y perdona casi mil millones de euros a 19.000 contribuyentes que poseen un patrimonio de 10 millones por cabeza. Los impuestos pagan servicios públicos, pagan la sanidad, pero las políticas ultraliberales y de exceso de desfachatez prefieren dejar el dinero recaudado en algunos bolsillos.

Celia Blanco, Latanace, es una periodista que se trasladó a vivir a Almería cuando fue despedida en un reajuste de la Cadena SER. Hasta allí le ha llegado una carta de la Comunidad de Madrid explicándole la suerte que han tenido porque su querida Tere muriera el año pasado en Madrid, y los impuestos que se han ahorrado con ello.

Cuesta creer que una sociedad haya llegado a tal grado de anestesia de conciencia y deshumanización para aceptar que sea más importante ahorrar en impuestos al patrimonio que destinar recursos al cuidado de la salud. Una sociedad que se resigna a las dilaciones en su atención y consiente que médicos y personal sanitario en general se vean en tantos casos mal pagados y sobrecargados de trabajo. Hay que anotar que cuando, durante lo crudo de la pandemia se han quejado, lo han hecho de sus limitaciones para cumplir su misión con los pacientes, nunca del sueldo.

Y todavía más. España también aceptó el brutal triaje de ancianos en la pandemia. Más que triaje en algunos casos, con un resultado aterrador de sufrimiento y muerte. Dando tan poco valor a la vida humana como para premiar a responsables del desastre con un número de votos próximo a la mayoría absoluta para que sigan perpetrando sus fechorías. A los desalmados que han propiciado una insoportable carga emocional a los mayores que se ven orillados por improductivos debería faltarles tierra para correr y marcharse.

Mi amiga Rosamari empieza a experimentar que hay algo en las normativas y burocracias que pasa por encima del dolor de las personas: la carencia de recursos. Elegida por unas directrices que no priorizan lo fundamental. Detrás vamos la mayoría. Ojalá la curen pronto y vuelva a subir por los montes, mirando el cielo, como le gusta hacer. Tal vez en algún momento la mayoría de la sociedad entienda que lo primero es… la vida.

Mi amiga de toda la vida, Rosamari, septuagenaria ya, con una salud de hierro hasta ahora, está enferma. El primer parte de urgencias –hace tres semanas- remitió a la evaluación de dos especialistas. El segundo, unos días después, también. Como no la han visto todavía, no hay diagnóstico ni por tanto tratamiento curativo. En tanto llegan las esperadas citas, le han recetado ibuprofeno para aliviar los fuertes dolores. Y ahí está mi amiga tomando a diario un antinflamatorio - que no cura - mientras la sanidad pública puede atenderla como debe ser.

Las historias pequeñas nos llevan a menudo a las grandes y a enormes carencias. Rosamari reside en un pueblo de Huesca, el mismo en el que nació. En los recios Monegros. Recaló allí por voluntad propia tras labrarse una profesión y un sólido bagaje en Londres, donde vivió varios años. Su pueblo no tiene dispensario médico. En la cabeza de partido, una médica pasa consulta dos veces por semana durante un par de horas. Para urgencias y gestiones hay que acudir a Grañen –a 23 kms- o en su caso, a Huesca capital –casi 32 en otra dirección-. En Grañen, como en tantos pueblos de España, los sanitarios se multiplican. No se cubren las bajas ni por enfermedad ni por vacaciones. La pandemia ha cambiado los protocolos. Y en conjunto hay demasiada burocracia que ralentiza y una endémica falta de recursos. No hay cita de especialista sin volante, los volantes siguen su recorrido, y las consultas continúan sin llegar. Pese a la buena voluntad de los profesionales.

3 de septiembre de 2021 - 23:13 h