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La generación Z y la trampa de la incertidumbre

9 de mayo de 2026 22:07 h

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El último bestseller de ficción en EEUU es Yesteryear, de Caro Claire Burke. Cuenta la historia de Natalie, una influencer madre de cinco hijos y tradwife (esposa tradicional) que vive en una bonita granja en Idaho donde cultiva verduras orgánicas, cría gallinas y prepara suculentas comidas para su marido vaquero, Caleb, y sus retoños, mientras graba tiktoks para millones de seguidores cautivados por su cosplay, incluidos nacionalistas blancos (trumpistas) que la consideran el “verdadero sueño americano”. La idílica vida de Natalie se tuerce cuando un día se despierta en la época que dice adorar y añorar, esto es, en 1855. La influencer descubre que el pasado no es tan maravilloso para las mujeres (y para los hombres) como ella lo pinta en su teatralizada vida. El pasado es duro, es inhóspito, es cruel y además no tiene redes sociales. 

Las peripecias de Natalie (a la que pronto encarnará Anne Hathaway en la versión cinematográfica) podrían muy bien ilustrar las continuas quejas de una parte de la generación Z (afortunadamente pocos, pero con notable éxito mediático) sobre la época que les ha tocado vivir y la guerrita generacional que han iniciado contra generaciones anteriores, especialmente contra los egoístas y malvados boomers que tienen piso en propiedad y se niegan a dejar de cobrar la pensión que se han ganado y a morirse para que ellos hereden. Ojo, no digo que no tengan razones para quejarse: la vivienda, la precariedad y la desigualdad son problemas reales. Problemas reales que ya existían antes de que ellos nacieran y que han sufrido todas las generaciones de la historia, cada una con sus particularidades, algo que algunos se niegan a admitir con un notable adanismo, esto es, la falsa creencia de que lo que le pasa a uno no le ha pasado nunca a nadie en la historia. 

Anna Louie Sussman es autora del libro de próxima publicación en EEUU “Inconceivable: The Impossibility of Family in an Age of Uncertainty” (Inconcebible: la imposibilidad de una familia en la edad de la incertidumbre). En este ensayo que resumió en un reciente artículo en The New York Times, Sussman defiende a esa generación Z y concluye que nunca se ha vivido una época tan incierta para los jóvenes como la actual. No estoy de acuerdo con la conclusión pero sí apunta claves muy interesantes para entender por qué, por ejemplo, las parejas de treintaytantos son tan reticentes a tener hijos en todos los países occidentales, un “problema” demográfico que no depende de la clase social, los estudios ni de si el país en el que viven da muchas ayudas a la natalidad o no da ninguna. Estas razones tienen que ver más con la percepción de los problemas que con la vivencia real: los jóvenes actuales están más aislados socialmente, crecen en entornos que pierden la noción de comunidad y de bien común y, al mismo tiempo, socializan mayoritariamente a través de redes sociales que sesgan su visión del entorno y los demás. Dos fenómenos, el auge de los movimientos populistas y la IA, tienden a agravar esas percepciones sesgadas, y a contemplar con terror preventivo fenómenos como la inmigración, tan antiguos como la Humanidad. 

Sussman habla de que vivimos en una era de “policrisis”, de interacción de muchas crisis a la vez. El término fue acuñado en los años 90 por los filósofos Edgar Morin y Anne Brigitte Kern, lo que viene a decirnos que en el siglo pasado ya se vivieron crisis múltiples y similares a las que estamos padeciendo ahora mismo. ¿Por qué a algunos les interesa el enfrentamiento generacional ahora? La respuesta corta es simple: el capitalismo en su versión (aún) más malista, populista y reaccionaria prepara recortes del estado del bienestar y en ese contexto es mejor tenernos enfrentados y polarizados que unidos. Como chivo expiatorio culpable de los males derivados de la creciente desigualdad no vale solo el inmigrante, hay que recurrir también al abuelo pensionista. Para difundir el mensaje cuentan con economistas y divulgadores que venden como datos fríos y objetivos lo que es pura ideología ultraliberal. A los chicos y chicas de la generación Z que compran sus discursos, les vendría bien una cura tipo Natalie, la influencer protagonista de Yesteryear: que un día se levantaran en el siglo pasado viviendo de verdad la vida de sus abuelos. La vida de los que vivieron las reconversiones de la siderurgia de Altos Hornos de Sagunto y Vizcaya, de las cuencas mineras en Asturias y León, de la industria naval del Cantábrico, del sector textil de Cataluña. Quizá, pese a los que solo quieren vender su libro, se den cuenta de que se progresa a hombros de las generaciones anteriores, pero jamás se avanza pisoteándolas.