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Opinión - 'Elogio del buen patriotismo', por Javier Valenzuela
11 de marzo de 2026 22:08 h

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Según una encuesta reciente de 40db, el 68% de los españoles rechaza la guerra en Irán desatada por Estados Unidos e Israel. Como era predecible, el grado de oposición a la intervención es mucho mayor entre los votantes de izquierdas, con un 96% en el caso de SUMAR y un 91% en el caso del PSOE. Pero entre los votantes de Vox la oposición es también significativa, aunque minoritaria, alcanzando el 47%. Lo más interesante ocurre entre los votantes del PP, ya que allí los que contestan que están «nada de acuerdo» o «poco de acuerdo» con la guerra son amplia mayoría: el 64%. Sin embargo, ¿han visto a algún dirigente del PP criticar la guerra? ¿por qué?

En España nos hemos (mal)acostumbrado a que la oposición política se posicione sistemáticamente en contra de lo que haga el Gobierno, prácticamente con independencia del contenido. ¿Son malvados? En absoluto: detrás de este comportamiento existe una estrategia que entiende cómo funciona la política contemporánea. 

En el campo de la competición electoral, los partidos saben que no todos los temas les son igualmente favorables. La izquierda, por ejemplo, prefiere hablar de desigualdad, justicia social y derechos laborales. La derecha, en cambio, se sabe ganadora cuando el tema de conversación son las banderas o la corrupción (de otros). La fase crucial de una batalla política es la delimitación de lo que se habla en el foro público, lo que técnicamente se conoce como Agenda Setting. Si los temas con los que podrías ganarte a la población no están en la conversación pública —porque no aparecen en los grandes medios, por ejemplo— es probable que te toque hablar de los temas que a otros les convienen. En ese sentido, cada partido intenta arrimar el ascua a su sardina, y al mismo tiempo procura no alimentar los fuegos que darán de comer al rival. 

El ejemplo paradigmático fue la pandemia. Una razón de Estado hubiera recomendado que todos los partidos se pusieran de acuerdo con una estrategia consensuada con la que hacer frente a un enemigo común y, en principio, desideologizado, como era el coronavirus. Pero los asesores políticos de la derecha sabían muy bien que si se hubiera optado por ese camino entonces habría tenido lugar un Efecto bandera, es decir, un momento donde el líder del país ganaría popularidad al mostrarse como la persona capaz de cohesionar al país en un momento duro. Consecuentemente, el presidente hubiera ganado mucho apoyo para las siguientes elecciones. Por eso la recomendación de los asesores políticos fue clara: torpedear esa opción retirando cualquier tipo de reconocimiento al líder del país, a sus ministros e incluso a los científicos que asesoraron las medidas sanitarias. Por competición electoral —y no por razón de Estado— ni el PP ni Vox debían conceder ningún mérito al Gobierno; al contrario, debían seguir atizándole para continuar el desgaste hasta las siguientes elecciones.

Esa lógica política es la que se ha repetido sistemáticamente hasta la actualidad. Y como el Gobierno sigue resistiendo a pesar de la adversidad, incrementan la presión hasta que las hipérboles contra él se convierten en caricaturas. El caso de la guerra en Irán es sintomático de lo absurdo de llevar este punto al extremo, pues es obvio que el PP sabe que su base social también se opone a la guerra. Eso explica por qué el presidente de Galicia ha salido a defender que la posición pro-israelí de Díaz Ayuso no representa al PP gallego. Pero, al mismo tiempo, no pueden conceder nada positivo a la estrategia del gobierno de coalición; y mucho menos cuando la extrema derecha les pisa los talones en las encuestas. 

En ese terreno resbaladizo se encuentran, y esto es lo que explica que Feijóo no se haya atrevido a apoyar a Estados Unidos con el mismo entusiasmo que la presidenta de la Comunidad de Madrid. Intenta hacer equilibrismo diciendo cosas como que «España ha de situarse junto a sus aliados» o que «antes del derecho internacional están los derechos humanos» y, sobre todo, criticando a Sánchez por las formas y sin atreverse a entrar directamente en el fondo. Un panorama básicamente similar al que sucedió durante los primeros impasses del genocidio en Gaza.

Consecuentemente, en el PP están deseando que cambie el campo de juego para no seguir hablando de la guerra en Irán. Mientras tanto, a sacar tantos balones del área como se pueda. Pero todo ello obedece a puro electoralismo, no a razón de Estado y, ni siquiera, a principios y valores compartidos por sus votantes. Se trata de un cálculo electoral que convierte en verdaderamente incómodo para sus dirigentes tener que hablar de la guerra en Irán. Todo lo contrario de lo que ocurre con la izquierda, cuyos dirigentes dan muestras de sentirse cómodos e incluso excitados con un discurso pacifista que es social e internacionalmente legitimado por el apoyo de millones de personas de todo el mundo. 

Por todo ello resulta aún más llamativa la reacción de muchos medios y comentaristas conservadores. Incapaces de admitir que la posición del Gobierno puede ser la opción correcta, prefieren reducirlo todo a una supuesta maniobra electoral de Pedro Sánchez destinada a movilizar a la izquierda. Es posible que esta cuestión beneficie políticamente al Gobierno —precisamente porque la mayoría de la población comparte su postura—, pero ese argumento dice más sobre quienes lo esgrimen que sobre el propio gobierno. Porque evita afrontar lo evidente: que la guerra es profundamente impopular y que buena parte de los votantes de derechas también la rechaza.

Al final, la paradoja es clara. Mientras el Gobierno puede defender su posición con relativa comodidad, la derecha política y mediática se ve obligada a rodeos argumentales cada vez más peregrinos para no reconocer algo muy simple: que, en este caso, el problema no es la estrategia electoral del Gobierno, sino su propia incapacidad para decir con claridad que la guerra es un error, un desastre y un crimen.