Un hombre ha matado a tiros a su exmujer en una vía: ¿dónde están los de la violencia en las calles?
Si te metes en las redes sociales de Abascal verás varios posts sobre sentidas promesas de protección de los españoles a través de deportaciones masivas para evitar la “invasión” (su término predilecto) de inmigrantes y la extensión de la inseguridad en las calles (su preocupación preferente). Para sorpresa de nadie, no hay ninguna mención al incidente más violento ocurrido en una calle española en lo que llevamos de año: el asesinato a tiros de una mujer en Zaragoza por parte de su expareja. Tan violento que la mujer se disponía a abrir su peluquería a primera hora del sábado cuando él la agarró del pelo y trató de arrastrarla hacia el interior del local. Ella consiguió zafarse y huir por la calle, pero la expareja la persiguió, la disparó y la remató en el suelo con varios tiros más. Luego se suicidó. En plena calle. A plena luz del día. Esta violencia atroz, por lo que sea, no encaja en el relato dominante sobre la inseguridad en las calles.
Horas antes, el viernes, era asesinada una niña de 3 años, presuntamente por su padre, que también se ha suicidado, en lo que apunta a un nuevo crimen de violencia vicaria. Estos dos últimos casos han coincidido en el tiempo con la indignación generalizada por la muerte de un turista estadounidense, James Gracey, en Barcelona. Las cámaras de seguridad muestran que se cayó al agua de forma accidental, pero en infinidad de cuentas de ultraderecha se habló y teorizó detalladamente sobre la inseguridad de las calles ligada a la inmigración. Por supuesto, sin hacer ninguna mención posterior a la inseguridad provocada por la violencia de género.
Resulta insoportable la normalización e invisibilización de estas noticias asociada a la profunda disonancia cognitiva colectiva ante la violencia de género. En lo que va de año, 14 mujeres y tres menores han sido asesinados. No es el peor arranque estadístico, pero sí uno especialmente terrible por la saña de varios casos, como el de Miranda de Ebro con un hombre incendiando el edificio y matando a su expareja y dos mujeres más. El incremento en la brutalidad también lo están pagando los niños. En menos de tres meses de 2026, tres menores han sido asesinados con el objetivo explícito de infligir el mayor daño posible a sus madres. El mismo número que en todo 2025.
La violencia contra las mujeres forma parte del paisaje. Ahí está, integradísima en la arquitectura cotidiana como una farola, un paso de cebra o un banco. Se diluye su especificidad, se habla de simples “tragedias privadas”, se comenta que es que el tipo estaba pasando “un muy mal momento personal” o se apuntala con negacionismo o blanqueamiento, todos los días, en todas partes. Por poner un ejemplo: Natalia Chueca, alcaldesa de Zaragoza del PP, escribía en Twitter que estaba muy impactada por el asesinato de la mujer de Zaragoza a tiros. Pero, a continuación, añadía: “Condenamos cualquier forma de violencia y esperamos que la investigación permita esclarecer cuanto antes los hechos”. “Violencia machista”, no, utilizó el genérico e inocuo “cualquier forma de violencia” no vaya a ser que se enfaden los socios de VOX, hay que tenerlos tranquilos.
Insisto porque hay que insistir, es desalentadora y emética la insensibilización ante el asesinato sistémico de mujeres a manos de hombres, de sus parejas y exparejas. La reiteración de los casos no despierta una alarma sostenida, de hecho, parece que despierta justo todo lo contrario, una especie de fatiga por saturación. Y, mientras para algunos la cosa no requiere más que indiferencia, la mayor amenaza para la seguridad de bastantes mujeres continúa siendo el hombre con el que comparten o compartieron su vida.