Huir
Antes de Haymarket fue Carstairs, y antes Lamark. El tren se desliza con la paz de un finado por los estribos occidentales de la costa escocesa y no se recuerda un solo traqueteo al vagón desde que salimos de Glasgow al mediodía. Sin embargo, las tres personas con las que comparto mesa: una chavala de mi edad, un abuelo y uno que andará entre medias de unos y de otros, tienen la percepción de que todo es un desastre.
Siempre que voy a Madrid me ocurre lo mismo con el metro. Todo el mundo se queja de las frecuencias, las interrupciones y los precios, pero a mí me parece un servicio que funciona más o menos bien; al menos si lo comparamos con el servicio de transporte de Murcia. Pero como no soy de aquí, ni de allí, no voy a defender lo bien que ha funcionado el sistema conmigo hasta ahora.
Hay algo que me fascina de viajar y es el intrusismo silencioso en la intimidad de los demás. Al llegar a Glasgow vi a un tipo negro con equipo deportivo y pensé en que estaría de camino al gimnasio, pero claro, eso lleva a tantas preguntas. Qué gimnasio, por qué ese, qué planes tienes para tu vida, dónde conoces el mejor sitio para desayunar, quién es la persona más extraña de la ciudad. Siempre que viajo me hago un mapa de lo más turístico y a partir de ese mapa evito esos lugares. ¿Qué me va a enseñar la Torre Eiffel en persona que no lo haga un modelado 3D por Internet? ¿Qué clase de lección vital voy a extraer de una cola de seis horas para entrar al Coliseo de Roma?
Así que Carstairs, Haymarket y, entremedias, la tierra escocesa, la Galicia infinita, ovejas que pastan en los prados como una bolsa de malvaviscos desparramada en la lejanía sobre la hierba. Acá todo lo que es amarillo lo es por voluntad propia, porque entra en los planes de Dios que desentone con el verde que lo copa todo.
Todo se siente pasado de rosca. Los raíles, las campiñas, las casitas a lo lejos, todo lo que veo parece importante. Las vacas no parecen tener ninguna función, aunque tratándose del país del calvinismo no me extrañaría que les hayan dado el día libre antes de llevarlas al matadero. El tiempo cambia la cara cuando cae la tarde y es ahí cuando Escocia se convierte en esa madriguera mítica bajo un tapiz eterno de nubes. De Feroe a Cork, a Northumbria el blanco rapta al azul como un Sorolla de luces apagadas.
Tuve suerte en el avión. El único asiento libre estaba a mi izquierda, así que le guiñé el ojo a mi compañero de fila, le dije “we lucky, aye?” y me respondió con otro guiño. Al verme sentado en el asiento de más para allá, me dijo, en broma, creo que era en broma, que si tenemos un accidente no van a saber qué huesos enterrar. “Bones are bones”, le dije, a lo que respondió con una carcajada; “you’re right, wee man” (tienes razón, hombrecillo). A mitad de vuelo me invitó a un vino.
Estoy en Escocia, pero no estoy viajando. Ayer a mediodía no tenía ni la más remota idea de que iba a pasar la noche del viernes a la sombra eterna del castillo de Edimburgo, esto ha sido descualquierar el destino pegando una patada a la mesa y a la puerta. Nunca en toda mi vida he necesitado pasar con tanta urgencia los próximos 3 días a dos mil kilómetros de mi casa. Me he ido lo más lejos posible para que las cosas que pasan en casa se sientan tan lejanas que no les quede otro remedio que doler un poco menos. Solo hay algo peor que tener que huir y es mirar hacia atrás mientras lo haces.