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El mayor peligro del eclipse: que te decepcione

Varias personas observan el sol con unas gafas especiales en el Monto de San Pedro, en A Coruña, en una imagen reciente. EFE/Paula Fernández

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Una vez en la vida. Un eclipse como no ha habido otro en un siglo. España ha sido agraciada, es un premio para todos. No hay nada comparable. No te lo pueden contar, ningún vídeo ni foto puede recogerlo. Una experiencia sobrenatural. Tendrás sensaciones que no podrás explicar. La luz, el silencio, el aire cambia, la temperatura, los animales reaccionan. Hay gente que llora, grita, tiembla. Como cantar un gol de tu equipo en la final, como un concierto de tu grupo favorito. Un orgasmo. Recordarás toda la vida dónde estabas y con quién. Intenta acompañarte de las personas que más quieres, porque os unirá para siempre. Elige bien el lugar, no solo con buena visibilidad: un paisaje especial, que recordarás toda la vida. Olvídate de hacer fotos, que nunca harán justicia; concéntrate en recibir el eclipse con todos sus sentidos y todo tu cuerpo. No tengas prisa, no te muevas una vez concluido, date tiempo para asimilarlo y procesar todas las sensaciones. Enhorabuena.

He recogido en el párrafo anterior buena parte de lo que estos días repiten a todas horas los medios y las redes. Todo eso y más, dicho por expertos, astrónomos, cazadores de eclipses, testigos de otros, místicos de medio pelo. Todo acompañado con infografías, consejos para verlo bien, errores a evitar, instrucciones para usar las gafas, mapa de las mejores zonas de la península, listado de puntos de observación, parte meteorológico, avisos de tráfico y de prevención de incendios, precios récord de alojamientos, noticias de eventos especiales, retiros espirituales, raves, relatos históricos y mitológicos, películas, libros y canciones con eclipse, y por supuesto mil y un artículos como este.

Con todo lo anterior, cabe una posibilidad, un riesgo, un peligro que no estamos considerando, algo peor que las nubes, las aglomeraciones o los atascos: que el eclipse nos decepcione. Que no sea para tanto. Que nos quedemos igual. No porque no sea único, especial, bellísimo y asombroso; sino porque es imposible que esté a la altura de las descomunales expectativas, las propias y sobre todo las ajenas, las creadas, las obligadas.

La espectacularización del fenómeno, la hipérbole mediática, el negocio de algunos, las redes sociales, el FOMO, los añadidos místicos y la abundante tontería (inofensiva, por supuesto) surgidas en torno al eclipse, pueden concluir en un resultado inesperado para algunos observadores: que no lo sientan como dice el primer párrafo, como dicen los medios y redes que hay que sentirlo, como luego dirán tantos que lo han sentido. Como dirás tú, y yo también, que lo hemos sentido, porque nadie reconocerá que se quedó a medias, que le gustó, incluso que le gusto mucho, muchísimo, pero no experimentó lo prometido. Nadie lo reconocerá para no sentirse menos, para no quedarse fuera de la fiesta y del acontecimiento histórico. Si encima has pagado un sobreprecio para viajar y alojarte, menos aún lo vas a reconocer en caso de que sea más tibio de lo anunciado. Expectativas desmesuradas, resultado decepcionante, esa es la historia de nuestra vida en las últimas décadas, sobran los ejemplos.

No vengo aquí de aguafiestas, que no. Yo también veré el eclipse, no voy a ser el amargado que no se come las doce uvas, que rechaza los días de felicidad obligatoria, que no disfruta las victorias deportivas y que se queda en casa el día del eclipse para distinguirse de la masa, para ir a contracorriente, para ser el más listo. Yo por supuesto quiero verlo, deseo verlo, no pienso perdérmelo. Además me alegra la felicidad sincera de tantos amigos que lo esperan con ganas. Y aunque no viajaré a zonas de 100%, lo veré en buena compañía en una playa de atardeceres habitualmente bellísimos, y lo disfrutaré y recordaré. Y si no es así, tampoco pasará nada. Que lo disfrutes, o no.

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