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Ocho apellidos españoles

29 de abril de 2026 22:10 h

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Tengo ocho apellidos españoles, el arraigo en estas tierras de mis ancestros paternos y maternos se mide en siglos, quizá incluso en milenios. Así que, como ya escribí en otra ocasión, llevo muy mal las lecciones de españolidad de ultras que se apellidan Zoppellari, Tertsch, Smith o Vaz de Conceição. No les niego, sin embargo, a estos ultras su condición de españoles. Mi visión de la españolidad es absolutamente incluyente, en las antípodas de la suya, que pretende negársela a los que se hayan instalado aquí después de que lo hicieran sus padres o madres.

Esto es una columna periodística, no una tesis doctoral, así que me veo obligado a simplificar. Dicen los genealogistas que mis apellidos son de raíz latina, vascuence o goda, pero servidor de ustedes quiere dejar claro que considero compatriotas míos a gente que los tenga de raíz árabe, judía, anglosajona, germánica, francesa, precolombina, subsahariana o asiática. Mi amigo Ian Gibson es un español ejemplar, se ha ganado a pulso nuestra nacionalidad. También lo son los deportistas de piel oscura Nico Williams, Lamine Yamal y Ana Peleteiro.

Y es que, en esta materia, también existen las dos Españas, qué le vamos a hacer. Una, la mía, considera compatriota a quien viva y trabaje aquí de modo permanente, se esfuerce por hablar alguna de las lenguas de la piel de toro, respete las leyes, aunque crea que son mejorables, y pague religiosamente sus impuestos. Esta España mía considera inaceptable la pretensión de discriminar a alguien por el color de su piel o el lugar de su nacimiento o el de sus padres.

Por el contrario, la otra España lleva siglos intentando identificar nuestra patria con una raza concreta -la caucásica-, una religión concreta -la cristiana-, una lengua concreta -el castellano-, una ideología concreta -la derechista- y una organización territorial concreta -la centralista-. Solo acepta aportaciones externas si están relacionadas con la monarquía -los reyes de la dinastía de Borbón son de origen francés y se han casado con alguna que otra italiana, inglesa o griega- o, por supuesto, con los grandes negocios -los Terry, los Domecq, los Osborne, los Andic y compañía-.

Esta España excluyente pone ahora sobre el tapete el concepto de “prioridad nacional”, es decir, el supuesto derecho de los españoles a ser atendidos en primer lugar en los servicios públicos pagados con los impuestos de todos, incluidos los que aún no disponen oficialmente de nuestra nacionalidad. Y los voceros de esta España ultra se han embarullado enseguida a la hora de precisar quiénes son españoles para ellos. Los hijos de padre español y madre española, ha señalado uno de Vox, olvidando que esto descarta a sus compañeros de partido Tertsch y Garriga Vaz de Conceição… y al mismísimo Felipe VI.

Ay, esto es lo que tiene asociar las palabras prioridad y nacional, que de inmediato te vienen a la cabeza los nazis, sus leyes de Núremberg y la primacía de “la sangre alemana o afín”. Como al doctor Strangelove de la película ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, a nuestros envalentonados ultras de ahora les cuesta impedir que se les dispare la mano derecha en el saludo fascista de Mussolini, Hitler y el Franco de la Gloriosa Cruzada Nacional.

Yo lo tengo claro, en cambio. No me disgusta una España en la que se hablen varias lenguas vernáculas, en la que convivan en paz gentes con apellidos originarios de todo el planeta, en la que cohabiten todas las ideologías que no quieran imponerse por el insulto, la mentira y la fuerza, en cuya prosperidad trabajen al alimón ciudadanos blancos, negros, café con leche y cobrizos.

Mi España, a la que otrora algunos de sus hijos llamaron Sefarad y Al Andalus, siempre ha sido un país plural. Aunque, ciertamente, haya vivido demasiados periodos en los que algunos imponían a garrotazos una determinada uniformidad. Como cantaba El Lebrijano, en la España que me gusta algunos le rezan a Dios, otros le rezan a Alá y otros se quedan callados, que es su forma de rezar. Pero en ella todos aspiramos a tener la libertad de los pájaros de las marismas.

Libertad, esta es la palabra clave. No la falsa libertad de los que quieren imponerse con la motosierra y el lanzallamas, sino la auténtica libertad de pensar y amar como queramos si no hacemos daño a nadie. La libertad para acudir a la sanidad pública si enfermamos. La libertad para enviar a nuestros hijos y nietos a una escuela pública. La libertad para aspirar a una vivienda de promoción oficial.

Sí, ya lo sé, somos cada vez más, pero nuestra densidad demográfica aún es baja, aún cabe más gente, sobre todo en la España despoblada. ¿Por qué nuestros ultras ni tan siquiera se plantean aumentar el gasto público para repoblar la España interior y mejorar los servicios sociales en todas partes? ¿Por qué solo piensan en bajarles los impuestos a los ricos y hacerles la vida imposible a los trabajadores recién llegados? Ah, sí, ya lo sé. Se llama el orden del día, se llama Berlín 1933.