El precio del jardín

El presidente de Francia, Emmanuel Macron.

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¿No avanzas tú, Rusia, como una troika a la que nadie consigue alcanzar? Se levantan nubes de polvo por donde tú pasas, se estremecen los puentes y todo lo vas dejando atrás

Nikolái Gógol. Almas muertas

“Hemos entrado en una nueva era”. Macron es probablemente el líder al que con más interés hay que seguir en estos momentos y, sin embargo, en el frenesí de las imágenes y las informaciones de urgencia aparece bastante desdibujado. No solo es el presidente actual de la Unión Europea y no solo es el único líder europeo que puede apretar un botón nuclear, sino que es el interlocutor que aún Putin busca,–la última llamada del autócrata ruso se produjo el jueves por la mañana y fue la séptima conversación– y el que con un trazo más claro y más firme está cogiendo las riendas y explicando a la ciudadanía lo que se va pedir de ella. No he oído a ningún otro líder exponer de forma tan abierta y clara el hecho incuestionable de que “Europa será sacudida” ni las consecuencias que la defensa de los valores sobre los que se construyen nuestras democracias –paz, libertad, igualdad, derechos humanos– va a tener para cada uno de nosotros. 

El presidente francés, tras su séptima conversación con Putin llevó a cabo una larga alocución a sus conciudadanos. Los medios españoles han destacado de ella, casi sin excepción, esa frase rotunda y tenebrosa: “lo peor está por llegar” que, en realidad, contiene una obviedad, sin entrar en la parte más necesaria de este discurso que, más allá de a los franceses, concierne a todos los europeos y del que resulta el diseño de la contribución a la defensa de nuestras democracias que se va a pedir de todos nosotros. Estamos llamados a ser soldados pasivos, en el sentido de que todos vamos a tener que asumir la incidencia que este esfuerzo conjunto defensivo de Europa va a tener en nuestras vidas. “No solo el crecimiento se verá afectado”, habrá “pérdida del poder adquisitivo”, pérdida de beneficios para las empresas y “aumento del precio de los combustibles” y para paliarlo “promovemos un nuevo modelo económico fundado sobre la independencia [de Europa] y el progreso”. Nunca los anti globalización pensaron escuchar ese mensaje de forma tan decidida y perentoria. “No podemos depender de otros para alimentarnos, para cuidarnos, para informarnos o para financiarnos”, dijo taxativamente el líder francés. No es solamente el gas ruso para parte de Europa o el argelino para el sur sino, como hemos visto en la pandemia, el material médico, los medicamentos o los componentes y repuestos. No es buena idea que nuestro bienestar dependa de estados autoritarios porque la historia no se ha detenido –tal y como pensaba Fukuyama– y las relaciones comerciales o el capitalismo no han propiciado la instauración automática de democracias ni han apagado el afán de poder o expansión de muchos líderes. 

“Tenemos que aceptar pagar el precio de la paz, de la libertad y de la democracia”, dijo contundente Macron. Algún día supongo que el presidente del Gobierno español tendrá la valentía de contarnos las cosas con tanta crudeza. Algo parecido hizo el otro día Josep Borrell –Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad– cuando mediante una imagen muy clara afirmó que Europa y su estilo de vida no son sino un jardín francés –ordenado, limpio, bello– en un mundo que sigue siendo una jungla. Cierto es que en el jardín francés hay algo de cochambre oculta bajo macizos o desperdigada por el césped y que, incluso, algunas de las formas de los setos se comienzan a desdibujar por falta de un cuidado efectivo, incluso hay cierta herrumbre en las estatuas o unos desperdicios en el fondo de las fuentes, casi nadie lo niega, pero sigue siendo un lugar privilegiado y alejado de la jungla y de su ley, del desorden, que sigue enseñoreado del mundo. Mantener el jardín, seguir disfrutando de él, defenderlo de los que quieren asolarlo, tiene un precio que nos compete a todos. La guerra emprendida por Putin en Ucrania “marca una ruptura para nuestro continente y nuestras generaciones” que “nos obligará a tomar decisiones” y a ser consecuentes con ellas, añado yo. S’engager. Comprometerse. 

Esta misma semana, jueves y viernes, Macron va a servir de anfitrión de los jefes de Estado europeos que llegarán a Versalles, el lugar emblemático en el que se firmó la paz de la Primera Guerra Mundial y cuyas consecuencias desataron la Segunda. En ese encuentro están llamados a decidir sobre esa nueva era. Estamos asistiendo al nacimiento de una unión de Europa aún más profunda: “Europa ha mostrado unidad y determinación” y esa es la senda. “Tenemos que invertir en depender menos de otros continentes y convertirnos en una potencia (Europa) más independiente y más soberana” –dijo– “no podemos depender de los demás para defendernos sea en tierra, en el mar, en el aire, en el espacio o en el ciberespacio”. De todo ello van a hablar en Versalles. 

Solo los poco avistados pensaban que el jardín era perpetuo, intocable, y que salía gratis. Ni siquiera el Edén carecía de condiciones para habitar en él. Y hay que dejar claro que intentar mantenerlo es un afán muy noble, por mucho que haya quien pretenda que si no somos capaces de convertir en jardín toda la jungla no tenemos derecho a ello. No solo podemos sino que debemos. 

Europa será sacudida y los europeos trataremos de mantenerla en pie. 

Ese era el mensaje. Ese es el futuro.

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