El problema no es Starmer
Keir Starmer lleva solamente un año y 315 días en Downing Street. Dispone de una abrumadora mayoría en los Comunes: 403 de los 650 escaños. Y, sin embargo, el primer ministro laborista se ve amenazado por su propio partido y su popularidad (uno de cada cuatro británicos le apoya, dos de cada cuatro creen que debe dimitir) no deja de hundirse.
Starmer es tímido, lento y mal comunicador. Eso es cierto. Pero, hay que insistir en ello, el problema no es Starmer.
Desde el Brexit, en 2016, el Reino Unido consume primeros ministros a una velocidad creciente. La sucesora de David Cameron, Theresa May, duró tres años. Boris Johnson duró tres años. Liz Truss duró 50 días. Rishi Sunak duró menos de dos años. Entre todos ellos, en especial la catastrófica Truss, hundieron al Partido Conservador. El laborista Starmer, ahora, parece quemado antes de los dos años.
¿Qué está pasando? Que el Reino Unido ha perdido el rumbo.
La victoria en referéndum de quienes querían romper con la Unión Europea se debió a varios factores no del todo compatibles entre sí: la nostalgia del imperio, el rechazo a la inmigración, el malestar por la decadencia económica y la sensación de que, sin la atadura de Bruselas, el Reino Unido podría convertirse en un paraíso fiscal financiado por la Bolsa de Londres y respaldado comercialmente por Estados Unidos.
El imperio no va a volver, la inmigración sigue siendo problemática, la decadencia económica persiste, el sueño del paraíso fiscal resulta incompatible con el mantenimiento de los servicios públicos (por mínimos que sean ya) y Donald Trump ha acabado con el mito de la “relación especial” con Estados Unidos.
A eso hay que añadir unas infraestructuras envejecidas y otros problemas compartidos con el resto de Europa: vivienda inaccesible, salarios bajos, combustibles caros y sanidad mediocre.
Y, además, un malestar creciente, multiplicado por las redes sociales y relacionado con la convivencia: parte de la comunidad musulmana (unos cuatro millones, menos del 7% de la población total) muestra dificultades, o falta de interés, para integrarse en el “British way of life”; mientras tanto, la comunidad judía se siente más y más amenazada.
Reform, el partido nacido con el Brexit y moldeado según el populismo trumpista y el cinismo sonriente de su líder, Nigel Farage, no deja de avanzar. En las recientes elecciones municipales, desastrosas para el laborismo, Reform dio un salto gigantesco. Creció el nacionalismo inglés y crecieron los otros: el escocés, el galés, el irlandés.
También crecieron los Verdes, hábiles (como los Insumisos en Francia) en el cortejo del voto musulmán, mayoritariamente joven, activo y muy predispuesto a seguir las consignas de sus líderes comunitarios.
La cuestión no es si Starmer logrará resistir o si, como parece, le sustituirá el actual alcalde de Manchester, Andy Burnham (en caso de que logre un escaño de diputado). La cuestión es otra. Otras, en realidad, porque se trata de dos. Una: ¿se ha metido el Reino Unido en un callejón sin salida desde el Brexit, mande quien mande? Dos: ¿es el Reino Unido, debilitado por el Brexit, la avanzadilla de una confusa marea desintegradora, de una desorientación política y social que en realidad amenaza a toda Europa?