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Reír la gracia

3 de abril de 2026 22:02 h

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La violencia machista deja de ser un privilegio en el momento en que es nombrada como tal. La impunidad en las violencias machistas es una construcción social que se sostiene sobre el anonimato, sobre la normalización, sobre el silencio de quienes saben y miran hacia otro lado, de quienes relativizan, de quienes ríen la gracia, de quienes piensan en sus propios intereses y alianzas antes que en la integridad y el dolor de las mujeres que son víctimas de esas violencias. La impunidad también se sostiene sobre la negación del daño, sobre la idea de que no pasa nada, por eso empieza a resquebrajarse cuando los nombres dejan de protegerse y se dicen en voz alta rompiendo la certeza de intocable. Que un agresor sepa que su nombre puede acabar en una denuncia, en un expediente, en una investigación interna, rompe la certeza de intocable.

Esta misma semana, el Tribunal Supremo ha ratificado la condena a un sargento del Ejército de Tierra que llevaba años humillando a una soldado con comentarios de contenido sexual delante de sus compañeros. El sargento gozaba, según recoge la sentencia, de cierta simpatía entre la tropa. Era de los que se dejaban llamar “calvo” o “gordo” y a cambio repartía motes al resto, un compañero era el “hobbit” por su baja estatura y otro el “capataz” por su parecido con un personaje de Toy Story. Para el sargento condenado, todo formaba parte de un ambiente distendido, de camaradería, de familiaridad… A ese supuesto ambiente de camaradería masculina llega una mujer, y lo que para el grupo es rutina, para ella se convierte en exposición, en señalamiento, en degradación. 

Nada más llegar descubre que entre sus compañeros circula un sticker hecho a partir de una foto suya comiendo. Ella se queja, el capitán tiene noticia de lo sucedido, interviene y ordena borrar la imagen. Meses después, al finalizar un ejercicio de tiro, cuando solo faltaba ella por subir al camión, el sargento le grita delante de todos sus compañeros: “Sube al camión, que tus compañeros te van a hacer un bukake”. Más tarde, después de que ella se cortara el pelo, el sargento le preguntó públicamente si se había vuelto lesbiana y si ahora utilizaba penes de goma. La soldado acabó de baja por ansiedad; “cada vez estaba más deprimida y muy quemada”, recoge la sentencia. El sargento recurrió la primera condena alegando su carácter bromista, el ambiente de familiaridad, que aquello no era un delito sino, a lo sumo, una falta disciplinaria. El alto tribunal le responde que el que los demás le rían “la gracia” no convierte la humillación en broma, que el grupo tolere no convierte lo intolerable en aceptable y que la dignidad de la soldado quedó irremediablemente dañada, no temporalmente ni levemente, sino irremediablemente. 

Pero hay una pregunta que la sentencia no responde del todo: qué responsabilidad tienen quienes ríen, quienes consienten con su silencio. Es esa complicidad del entorno la que realmente sostiene a los agresores, no solo la ausencia de condena judicial sino la ausencia de reproche, de límite, de incomodidad. En otro caso que llegó también al Supremo, un comandante del Ejército del Aire fue sancionado con pérdida de destino no por agredir directamente sino por tolerar y reír los comentarios de un subordinado que humillaba a una teniente. 

Quienes niegan la violencia machista no discuten solo un concepto, necesitan que esa violencia parezca lo normal, lo tolerable, lo que siempre ha existido y por tanto no merece nombre propio ni respuesta penal. La estrategia tiene dos movimientos complementarios, negar el daño y construir la sospecha sobre quien denuncia. El objetivo no es la justicia sino el silencio; y el objetivo de quienes ríen la gracia, de quienes miran hacia otro lado, de quienes anteponen la lealtad al grupo o a la institución a la integridad de la víctima, es la propia supervivencia en el orden patriarcal, machista, misógino, racista y capacitista que les beneficia y que también temen.