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La tragedia de los ministros-candidatos

5 de julio de 2026 21:42 h

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La política será muchas cosas, pero no es un concurso de popularidad, ni tampoco Miss Universo. En la elección de quién nos representa a nosotros, ciudadanos, intervienen muchísimas cosas, factores abundantes: por no ser, la política no es tampoco meritocrática. No llegan a muchos puestos ni los más listos ni los más preparados. No existen cuotas para asegurarse de que la representación sea realmente representativa: la clase política y la mediana o moda española se parecerán, seguramente, lo que un huevo a una castaña. Hay muchos más rentistas entre los políticos que entre la población, los políticos tienen orígenes más elitistas que el español promedio, han tenido más contactos, agenda, recursos, oportunidades. Han conocido desde pequeños, y frecuentado, ese mundo o mundos alternativos, los círculos de la política profesional; por sus afinidades y amistades los conoceréis. Como se gritaba “el hijo del obrero, a la universidad”, también podría gritarse “al Congreso”; Podemos surfeó esa ola de la representación en 2015, cuando Pablo Iglesias vestía camisas de Alcampo con tal de parecerse mucho más al pueblo llano. Dejó de surfearla con la polémica del chalet: se quebró cierto pacto de identidad.

Como las cosas son así, no ha dejado de llamarme la atención un hecho, frecuente en estos últimos tiempos, que viene repitiéndose a pesar de sus resultados demostrados: la política es capaz de tropezar muchas veces con la misma piedra —como el mono o como Julio Iglesias— y seguir en negación. Los resultados que ha cosechado el PSOE al enviar a contiendas autonómicas a ministros-candidatos no han sido particularmente brillantes, en casi ninguno de los casos. No lo fue María Jesús Montero en Andalucía, ni lo fue Pilar Alegría en Aragón, y eso que ninguna de las dos me parece particularmente una mala candidata; ¿fue su cercanía al Gobierno un lastre, influyó en la mediocridad de lo logrado? Se puede saber solo a medias. Con lo que es posible especular es con los motivos de ese mandato, el paso del Consejo de Ministros a la candidatura, y apurando al máximo los plazos, siempre, para no dimitir de lo primero: no darle la vuelta a las elecciones aprovechando el altavoz estatal, sino asegurar cierto control territorial. No ganar en lo institucional: conservar, más bien, el control de lo orgánico.

Cuando se presentó Reyes Maroto a la alcaldía de Madrid en 2023, tras una ilustre sucesión de candidatos sin demasiado tirón, le sirvió al PSOE para salvar los muebles en el Ayuntamiento, pero no para evitar que Más Madrid, capitaneado en la plaza municipal por Rita Maestre como candidata sucesora de Carmena, quedara decididamente por delante. A día de hoy, a ningún electorado puede ilusionarle más Reyes Maroto que Enma López, que ya en 2023 habría sido una candidata mucho más potente, como también Mar Espinar, que Reyes Maroto; a nadie, por supuesto, salvo al propio aparato que apoyaba a Maroto.

No es igual preparar tu candidatura haciendo de oposición a prepararla, a 2026, desde los micrófonos de un Consejo de Ministros cuya valoración ha caído en esta última legislatura. Los liderazgos del presente ya no se construyen ahí, aparecen fuera: si no, que alguien consulte por qué es Gabriel Rufián el político mejor valorado a la izquierda del PSOE, sin que nadie sepa una sola ley o proposición o informe que haya redactado; que alguien pregunte por qué le fue tan bien a Adelante Andalucía y José Ignacio García en las andaluzas, si no es por la distancia con el nuevo establishment de la izquierda y lo ya formulado, su cercanía.

La tragedia de los ministros-candidatos es que no tienen por qué ser peores dirigentes políticos que los candidatos sin ministerio. Pueden, en ocasiones, de hecho, ser mejores, generar mejores equipos, trabajar mejor o tratar mejor a su gente; en 2026, sin embargo, no son los ministerios trampolines a ningún sitio. Diana Morant pone en bandeja a Compromís el sorpasso, allí donde una candidata como Pilar Bernabé, si fuera autonómica y no municipal, lo habría remediado; Óscar López se bate en la izquierda con otra ministra, Mónica García, pero Mónica García al menos cuenta con los galones de haber liderado la oposición a Ayuso. Si la explicación para los resultados pobres a nivel autonómico de la izquierda es la misma elección tras elección, algún día habrá que preguntarle a los dirigentes por qué nadie piensa en variar la fórmula. Hasta entonces, mucho me temo que seguiremos repitiendo, una y otra vez, las mismas cosas, y así con el eterno retorno de ministros estrellados.