La desgracia de Adamuz nos eriza la conciencia. Ir en un tren es un hecho común y transversal que nos convierte a todos en posibles víctimas. Pobres padres, pobre hija, pobres hermanos. Pobres de nosotros que nos creemos inmunes cuando todos, de alguna manera, nos estamos acercando a la muerte por el paso del tiempo y, a veces, esquivando el destino por segundos, por una decisión fortuita, por una genética más o menos agradecida, por cambiarse el tren o de vagón en el último minuto.
La suerte funciona de manera reversible. Quien se puso malo ese día, vivió. Quien quiso volver a Huelva el domingo en vez del lunes a primera hora, murió. Cómo encontrar explicación a una vía rota que esperaba cruel e indolente el fatal destino de un tren y su pasaje. Justamente a ese pasaje y no a otro. Cómo explicar que el fatal cruce de dos trenes justo en ese momento mató la posibilidad de que todo quedara en un susto. Cómo desaparecer sin aviso y sin que los que te quieren puedan acomodar sus sentimientos y expectativas.
Vivir es un milagro. Lo saben los astrónomos o los pilotos de avión y los propios maquinistas. Todos aquellos que miran espacios y tiempos desde lejos y a diario. Lo sabe también quien observa las vidas ajenas en un patio de interior, en el que cada persona y sus complejidades es apenas una luz que escapa de una ventana al otro lado. Que el mundo exista es un milagro y, con él, todas las personas que lo habitamos, aunque olvidemos nuestra fragilidad escondiéndola detrás de agendas ocupadas, compras, enfados o gestiones cotidianas.
Para que el mundo exista tuvieron antes que suceder muchas casualidades inexplicables durante millones de años. O, como decía el poeta Ángel González, “fue necesario un ancho espacio y un largo tiempo: hombres de todo mar y toda tierra, fértiles vientres de mujer, y cuerpos y más cuerpos, fundiéndose incesantes en otro cuerpo nuevo”. Vivir y morir pueden ser casualidades extremas de la misma moneda. Lo sabemos siempre, lo supimos siempre. Es desagradable e inoperante estar siempre recordándolo, pero Adamuz ha sido un aldabonazo.
“Hay que decir más te quiero”, reflexionaba Fidel a través de la ventana del Telediario después de perder a su madre en el choque. Su hermano sacó a sus hijos empujándolos con los pies hacia la ventana. Fidel quería aprovechar para decir al mundo quién era su madre, porque cuando alguien se va queda el consuelo de que sea recordado, de que su paso por el mundo haya servido o haya inspirado, que un trozo de esa persona se haya quedado dentro de otra. Como un carácter trasplantado: con sus dichos, manías y gestualidades. Como si pudiera una madre quedarse dentro de un hijo o un hermano y así repetirse sin desaparecer absurdamente del todo. Ser para siempre a través de otros.
Pensar en morirse es pesado, por eso la mente tiende a encerrarse en pequeñas cuitas que nos espanten la ansiedad de un final abrupto e indeseado. Los familiares de las víctimas de Adamuz se han chocado de bruces con la tragedia de manera gravosa e inesperada. Nos han hecho a todos plantearnos qué hacemos y adónde vamos. Por qué ellos y quién dijo que nosotros no, pese a coger los mismos trenes que pasan por las mismas vías que pudieron esperarnos con un trágico destino.
Adamuz es la rabia y es la angustia. Es la fatalidad silenciosa viajando en los raíles de nuestra ignorancia.
Adamuz ha cohesionado a los gestores políticos y es de agradecer, pero también ha roto la confianza en que todo funcionaba y era seguro. No pueden pasar meses. Es necesaria la verdad y el diagnóstico para reparar la herida de la muerte, el desconcierto, el temor y la desconfianza.