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15% de arancel y 100% de dudas

Osvaldo González Reyes

23 de septiembre de 2025 16:29 h

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El verano de 2025 dejó en evidencia la fragilidad de las relaciones comerciales entre la Unión Europea y Estados Unidos. Tras semanas de tensas negociaciones, Ursula von der Leyen y Donald Trump anunciaron un acuerdo que, sobre el papel, debía contener la escalada de represalias arancelarias.

La UE aceptó un arancel del 15 % sobre cerca del 70 % de sus exportaciones hacia EE. UU., mientras prometía compras de energía por 750.000 millones de dólares y flujos de inversión de otros 600.000 millones. Números que, a primera vista, parecían contundentes, pero que en realidad son inviables: Europa tendría que multiplicar por tres sus importaciones energéticas en apenas tres años, algo imposible de llevar a cabo por Bruselas ni por Washington debido a que supondría redirigir casi la totalidad de las exportaciones mundiales estadounidenses exclusivamente a Europa, ignorando a otros países con los que EE. UU. mantiene acuerdos energéticos en la actualidad. En cuanto a las inversiones, la dificultad es aún más evidente: dependen de decisiones privadas de empresas y fondos, no de directrices políticas, por lo que prometer cifras concretas fue más un ejercicio de retórica que un compromiso real.

El pacto es un artefacto político más que un acuerdo económico. Trump lo exhibió como triunfo propagandístico: logró que Europa cediera, reforzando su narrativa de que la presión funciona. Bruselas, por su parte, buscó ganar tiempo, evitar un choque frontal y calmar a los sectores más expuestos. Sin embargo, ni siquiera esa estrategia resultó eficaz: la automoción, uno de los pilares de la industria europea, siguió enfrentando aranceles por encima del 15 %, lo que mantuvo intacto el nerviosismo en este sector estratégico. El resultado proyectó una imagen de debilidad y un liderazgo europeo impotente.

La ratificación del acuerdo dentro de la UE tampoco será sencilla.

En el Consejo de Ministros, Alemania empujará casi seguro para blindar su industria automotriz, mientras Francia liderará la resistencia desde la agricultura y el acero. En el Parlamento Europeo, la correlación de fuerzas es similar al precedente del CETA con Canadá: populares y liberales suman, pero necesitan arrastrar a parte de los socialdemócratas o a conservadores atlantistas, de lo contrario, no salen los números. El riesgo de bloqueo es real, sobre todo porque la inclusión de capítulos de inversión obliga a ratificaciones nacionales.

A este complejo escenario se suma un elemento decisivo: la Corte Suprema de Estados Unidos debe evaluar en noviembre si Trump se han excedido en sus poderes como presidente en su política arancelaria al ampararse en la “Ley de Poderes Económicos Especiales” para llevarla a cabo. Dicha ley no incluye por ninguna parte la posibilidad por parte del presidente de imponer aranceles a otras naciones, tal como argumenta Trump. Una sentencia contraria podía invalidar de raíz los aranceles, dejando sin efecto el acuerdo mucho antes incluso de completarse el proceso de ratificación en Europa.

Si la Corte Suprema de Estados Unidos decidiera tumbar los aranceles de Trump, el desenlace evidenciaría que la Unión Europea se precipitó al aceptar un acuerdo comercial en condiciones tan desfavorables. Quedaría la imagen de un bloque débil e incapaz de resistir presiones externas, un mensaje político que ya pesa sobre Bruselas.

Si, por el contrario, los aranceles sobrevivieran al examen judicial, el verdadero campo de batalla se situaría en la ratificación europea. En el Consejo de Ministros, los Estados miembros ya no podrían culpar a la Comisión de una mala negociación: el voto dejaría claro quién apoya y quién rechaza el pacto, obligando a cada líder a asumir directamente el coste político de su decisión. Y si el acuerdo se encallara tanto en el Consejo como en el Parlamento, la falta de un liderazgo fuerte de Ursula von der Leyen y de la Comisión sería más que evidente, debilitando todavía más la posición europea ante un mundo convulso donde los retos se multiplican a diario.

Sea cual sea el desenlace, el cálculo detrás de la firma parece haber estado profundamente equivocado. Cualquiera de los finales más probables de esta travesía política tendrá un impacto negativo tanto en la actual Comisión como en el estado de ánimo actual de la UE.