Amores de verano
Cuando éramos pequeños el amor se encontraba en la figura de nuestros padres, abuelos o hermanos. Con ellos, la eterna semana de vacaciones en la playa nos lanzaba a la cara un sinfín de experiencias emocionantes, nuevas, y sobre todo, en compañía de nuestro cosmos más preciado.
De adolescentes, los amores de verano eran como efímeras. De una vida breve y fugaz que hacía resplandecer nuestra existencia hasta lo incasdecente pero que se apagaban con la misma velocidad por razón de la distancia, la rutina o el más liviano de los olvidos.
Es ahora, de adultos, en esta larga etapa, en la que aprendemos que los amores de verano se encuentran más allá de lo lisérgico de la pasión.
El amor se experimenta en unas vacaciones compartidas con amigos que nunca ves, que de alguna manera vuelves a conocer y donde recuerdas por qué te enamoraste de ellos. También se halla en ese tiempo que dedicas a ti mismo, a reencontrarte y recordarte que, de alguna manera, eres el amor de tu vida. El amor se encuentra en esos días en los que tú y tu compañera o compañero de vida os escapáis de la cruel tiranía del reloj para volver a haceros sentir que vais por el camino correcto. Que si un día decidisteis emprenderlo es porque sabéis y supisteis que nada puede deteneros si permanecéis unidos. Los amores de verano nos alertan de que, frente a las urgencias de la vida diaria, la serenidad de un tiempo en calma nos permite abrir los ojos y encontrar lo que de verdad importa.
Reivindiquemos los amores de verano frente a un mundo que se precipita sin remedio por los precipicios de la sinrazón.